viernes, 26 de noviembre de 2010

Barroco: Calderón y la Vida es Sueño

Pedro Caldrón de la Barca

ARGUMENTO

La obra comienza con la violenta entrada en escena de Rosaura que, disfrazada de hombre y acompañada por el gracioso Clarín, llega a Polonia con el propósito de probar su origen noble tras haberla abandonado Astolfo debido a su origen ilegítimo. Cae de un caballo junto a una torre en la que escucha a alguien quejarse de su condición miserable. Se trata de Segismundo. Al descubrirla éste intenta matarla, pero llega en ese instante Clotaldo, tutor de Segismundo y padre de Rosaura (que lo ignora), quien acoge a la joven en el palacio cercano del Rey Basilio. Asistimos entonces al discurso del rey, ante toda la corte y sus sobrinos Astolfo y Estrella, en donde da cuenta del verdadero origen de Segismundo, su hijo, a quien encerró desde su nacimiento por la predicción de un horóscopo en el que se anunciaba que acabaría rebelándose contra él y destronándolo. Ha decidido narcotizarlo y hacerle traer a palacio para poner a prueba su comportamiento. Estrella y Astolfo serán declarados herederos tras casarse si Segismundo prueba la verdad del horóscopo. Rosaura pasa a ser en la corte dama de compañía de Estrella y, a través de diversas estratagemas descubre el doble juego de Astolfo y la identidad de Clotaldo. Entre tanto Segismundo adopta en primera instancia un comportamiento tiránico, avasallando a todos y arrojando a un criado por la ventana. Basilio y Clotaldo deciden dar fin al experimento encerrándole de nuevo bajo los efectos de un narcótico y haciéndole creer que todo ha sido un sueño. El ejército, sin embargo, en nombre del pueblo, se niega a aceptar a un heredero extraño y se rebela, accediendo a la torre para liberar al príncipe Segismundo, al que confunden en primera instancia con Clarín, encerrado también por Clotaldo al intentar chantajear a éste. Segismundo se pone al mando del ejército y Rosaura acude en su ayuda pidiéndole que le ayude a reparar su honor frente a Astolfo. En la lucha muere Clarín. Segismundo, proclamado rey, y aprendida la lección de la prudencia que exigen las circunstancias, manda encerrar en la torre al soldado rebelde que proclamó la revuelta contra el monarca, perdona a Basilio y Clotaldo, casa a Rosaura con Astolfo y él mismo contrae matrimonio con Estrella.

FECHA Y CIRCUNSTANCIAS DE COMPOSICIÓN

La vida es sueño se publica en la Primera parte / de / comedias / de / Don Pedro Calderón de la Barca / Escogidas por Don Ioseph Calderón / de la Barca su hermano/ [...] En Madrid. Por María de Quiñones / A costa de Pedro Coello y de Manuel López. Mercaderes de libros, 1636. En el mismo año de 1636 aparece otra edición de la obra en Parte / treynta, / de comedias / famosas de / varios Autores. / En Çaragoça, / En el Hospital Real y General de Nuestra Señora de / Gracia, con variantes y supresiones, a veces sustanciales. En 1992 José Mª Ruano de la Haza publica un interesante estudio: La primera versión de "La vida es sueño" de Calderón en donde propone que ésta es, en realidad, la versión de la obra escrita por Calderón, quien después, en el momento de preparar su hermano la editada por Maria de Quiñones, atendería a las correcciones definitivas. Las variantes son muy acusadas y Ruano concluye que la edición de Zaragoza puede tomarse como referente para aclaraciones o para suplir determinados pasajes, pese a que, en general, la edición de Madrid ofrece, por el contrario, parlamentos y diálogos más completos y redondeados. ¿Que razones le llevan a ello? Ruano echa mano de la experiencia de la práctica escénica. Al creer demostrado que una suelta de la obra, aparecida en Sevilla (Imprenta de Francisco de Lyra), puede datarse entre 1632-34, y aplicando el hecho habitual de que transcurrían unos cuatro o cinco años entre el estreno efectivo de una obra y su primera impresión --lapso del tiempo en el que una compañía agotaba el potencial comercial de la comedia-- deduce que La vida es sueño bien pudo escribirse entre 1627-1629. En dicha suelta, atribuida por cierto, según la impresión, a Lope de Vega, se declara que la representó Cristóbal de Avendaño, muerto antes de 1635. Además, todas las obras incluidas en esa Primera Parte de Madrid al cuidado de Joseph Calderón pueden ser fechadas antes de 1630. De resultas de esta hipótesis, seis o siete años después de que Calderón escribiera La vida es sueño, y aprovechando que en 1635 se levanta la prohibición de imprimir comedias en Castilla, Calderón decide imprimir sus comedias. Ruano cree que Calderón no contaba con el manuscrito original, que habría vendido al autor de comedias (es decir, al director de una compañía) Cristóbal de Avendaño, y que tendría que usar alguna impresión primeriza de la obra, como la citada suelta de Sevilla. El resultado fue que él introdujo ya variantes sustanciales, no ya simples correcciones de errores sino, a juicio de Ruano, variantes conscientemente ideológicas, como la supresión de ciertas referencias a la justicia divina, a la ley natural etc. Vamos a asumir esta hipótesis: dar por hecho una doble redacción o, al menos, una cuidada reflexión de Calderón entre lo que deja escrito y vende apresuradamente a una compañía teatral para que explote comercialmente La vida es sueño en torno a 1629 y el texto que vuelve a reescribir o corregir hacia 1636 con motivo de la publicación del primer voumen de sus obras.

Al cotejar la cuidada edición de José Mª Ruano de la Haza de esa primera versión que se imprimiría en Zaragoza con la que se integró en la Primera Parte de Comedias (Madrid, 1636) podemos encontrar variantes, en efecto, significativas:

a) Una clara basculación hacia la precisión del mapa pasional y, hasta cierto punto, del énfasis y victimismo románticos del sujeto protagonista. Lo que antes de 1630 era "desierto laberinto" (v. 8) en 1635 es "confuso"; la Rosaura que se define "sola" (v. 13) antes de 1630, en la segunda versión se revela "ciega". El Segismundo que en la primera versión clamaba simplemente "en llegando a esta ocasión" se sustituye con mayor tino de mismidad subjetiva en la versión posterior por "en llegando a esta pasión". El abismo pasional se subraya y extrema en la elección del léxico, como se observa en variantes del tipo "con cuya soberbia dijo" (v. 707) por "con cuya fuerza dijo" (v. 705 de la segunda versión). Variantes que, en ocasiones, son perturbadoramente pesimistas, como cuando se modifican more Schopenhauer ciertas adjetivaciones referentes a la naturaleza que deja de ser "madre (v. 1027) para ser "muda" (v. 1020 de la segunda versión), indicando el desplazamiento hacia una visión hostil de una naturaleza contraria y aislante. Estas variantes que tienen por cometido poner el acento en la condición romántico-heroica del protagonista culmina en las palabras finales de Segismundo. En la primera versión (vv. 3285-97) éste diluye la metáfora de la vida que pasa como sueño en la del theatrum mundi (metáfora que habría de desplegar dramáticamente en torno a 1633 fecha del auto sacramental El gran teatro del mundo), mientras que en la versión definitiva (vv. 3305-19) Segismundo se demora en el sentimiento abismal y angustiado del sujeto

estoy temiendo en mis ansias
que he de despertar, y hallarme
otra vez en mi cerrada prisión.

La mera constatación didáctica del theatrum mundi (pues en 1635 Calderón ya ha escrito el auto y no desea insistir en un emblema ético ya gastado) da paso a una suerte de nostálgico "collige, virgo, rosas" para apurar el instinto vital al que quiere aferrarse:


Sabed si el verme hoy espanta,
que fue mi maestro un sueño,
que me dice y desengaña
que es una dulce mentira
cuanto en esta vida pasa:
porque cuando desperté,
todo es viento, todo es nada.
Bien como el representante,
que habiendo sido un Monarca,
vuelve a ser esclavo vuestro,
cuando la Comedia acaba;
y humildemente os suplica,
que le perdonéis las faltas.
¿Qué os admira? ¿Qué os espanta?
si fue mi maestro el sueño,
y estoy temiendo en mis ansias,
que he de despertar, y hallarme
otra vez en mi cerrada
prisión, y cuando no sea
el soñarlo solo basta:
pues así llegué a saber
que toda la dicha humana
en fin pasa como sueño;
y quiero hoy aprovecharla
el tiempo que me durare,
pidiendo de nuestras faltas
perdón, pues de pechos nobles
es tan propio el perdonarlas.


b) Asimismo encontramos una marcada voluntad por subrayar en Segismundo (y en los personajes, en general) una mayor inclinación a convertirse en sujetos de un experimento pedagógico o ético, de un problemático y costoso mejoramiento de su carrera vital con el objetivo de la elevación al plano de la racionalidad. En la versión anterior a 1630 (v. 137) Segismundo reclamaba "tener más instinto" que las criaturas que le rodean, mientras que en la escrita en torno a 1635 reivindica no el "instinto" sino "el distinto". Es decir, proclama la capacidad de distinción, vale decir, de discernimiento para involucrar al individuo en sus necesidades comunicativas con el entorno, con el logos y lo sentidos en general: si en la primera versión Segismundo expresaba su aislamiento nocional a través de las palabras "aunque yo jamás traté" (v. 219), en la segunda especifica: "y aunque nunca vi ni hablé".

c) El tercer elemento comparativo de las variantes (entendidas, claro está, en su concreción semántica) es consecuencia del anterior. A saber, Segismundo es un sujeto predispuesto a adquirir la condición distintiva (que no meramente instintiva ) a través del camino de la iluminación y de la renuncia. La segunda versión de La vida es sueño mostrará la plena impregnación del pensamiento calderoniano de la vía ilustrada de la teoría platónica del conocimiento. Un factor esencial (el ver y conocer a Rosaura) va a tratarse de manera más ampliada y trabada en el desarrollo retórico de la trama y del diálogo. Si antes de 1630 (vv. 239-40) Segismundo decía:

Y cada vez que te veo
mucho veneno me das,

después (vv. 223-4),substituye:

Con cada vez que te veo
nueva admiración me das.

La luz, como nuevo factor, acentúa la problematicidad romántica del individuo. En la primera versión Segismundo insiste en "escuchar" a Rosaura (v. 249); en la segunda (v. 243) en "mirarte". El valor de la mirada y de la luz, impacta directamente sobre el Calderón de 1630 a 1640: un factor que determinará el efímero equilibrio ilustrado que hace rozarse levemente, por un instante, la inestabilidad calderoniana con el optimismo goethiano de una parte del Fausto .

d) En otras variantes se abre ante nosotros una de las estrategias fundamentales del que habría de ser maduro Calderón: su inquietante y magistral dominio del lenguaje como sistema ordenador del universo racional que el sujeto quiere construir. Cuando en la primera versión Clotaldo nos da cuenta del aprendizaje, adánico y natural, que ha tenido Segismundo dice:

A las doctas soledades
en cuya rústica cueva
la política aprendió (vv. 1028-1030).

Pero en la versión definitiva introduce una variante de suma eficacia significativa:

...de los montes y los cielos, en cuya divina escuela
la retórica aprendió (vv. 1030-32).

Es otro de los factores que convergen en la modernidad calderoniana de la década: el descubrimiento de la práxis retórica como matriz esencial de la educación, pero también de su mundo verbal escénico.

e) Finalmente, y aunque en orden más secundario, no parece ingenuo que Calderón subraye en la figura de Basilio, en lo que va de una versión a otra, no sólo un astrólogo delirante o un padre fracasado sino a un hombre de estado ambicioso y culpable. Lo que antes de 1630 se describía como "vejez cansada" que reclamaba un caballo "contra un hijo inobediente" por cuanto "lo que el consejo erró pueda la espada", en 1635 se precisa como "vencer el acero" y la solicitud de un caballo "en defensa ya de mi Corona". Calderón asimila así en estos años (en los que también escribe Los cabellos de Absalón) que la tragedia ética acaba casi siempre en tragedia política.

Todo ello haría probable la tesis de Ruano. Pero la probabilidad no engendra siempre seguras posibilidades. Calderón, que sigue estrechamente la impresión autorizada y oficial de sus obras en 1636 es el que da forma completa a la obra, introduciéndola, existiera una primera versión o no, en su propio sistema tanto de concepción textual como dramatúrgica e ideológica. Este es el punto crucial. Porque las numerosas variantes subrayadas por José Mª Ruano inciden en dos aspectos: por un lado (y sin perjuicio del matiz de consolidación ideológica que yo misma he establecido más arriba) en una lectio facilior que ofrece la versión supuestamente anterior (la de Zaragoza, 1636), es decir, lecturas que facilitan más la comprensión, la recepción por parte del espectador: sería el caso de palabras tan cargadas del sistema ideológico calderoniano como "ocasión" por "pasión" o "política" por "retórica". Son deslizamientos que trivializan y facilitan conceptos más abstractos, menos entendibles por el público. Este acercamiento a una mejor recepción justificaría asimismo la supresión de fragmentos excesivamente largos o cargados de retórica. Pero sobre todo, y como el mismo Ruano, excelente conocedor de la puesta es escena del Siglo de Oro, señala, las variantes que se refieren a las acotaciones indicativas de espacio escénico, movimientos, vestuario, acentúan enormemente, en la versión zaragozana, la mano directa de unos actores, de quienes tuvieron realmente que enfrentarse a la representación de la obra. Y esto puede ser muy revelador: porque entonces se entiende que ambas versiones sean impresas casi simultáneamente: en Madrid la cuidada y autorizada por Calderón y en Zaragoza la proviniente de un manuscrito o copia utilizada por unos actores para una representación concreta. Representación concreta en la que, por ejemplo, se prescinde de la referencia al monte en la acotación inicial, quizá por la obviedad de tal artilugio escénico quizá, por qué no, porque en el corral o lugar escénico en donde se produjo no se contaba con ello y, simplemente, Rosaura entraba violentamente por una de las puertas o cortinas laterales. Si, en efecto, es constatable esta mayor y mejor aproximación a los indicios de movimiento de los actores, como se desprende de acotaciones del tipo (seguimos utilizando el sistema de la doble columna dando la versión zaragozana y la madrileña):

¿No es más sensato pensar que la impresión de Zaragoza corresponde a un texto preparado ad hoc para una representación y no a una primera versión (atrevida y eminentemente teatral, según Ruano) de un Calderón que hasta los años treinta no comienza a sedimentar su madurez ideológica? La primera versión no ha de ser necesariamente, como dice Rauno, "más efectiva desde el punto de vista teatral". Para asegurar esto tendríamos que encontrar asimismo la versión de cuaderno de dirección del autor y la compañía que representaron La vida es sueño en otros lugares, en otras circunstancias, con otros actores. Pero sí que Ruano tiene razón en un hecho insoslayable: la versión que Calderón quería que pasase a la posteridad es la publicada en Primera parte de sus comedias, en Madrid, en 1636.

PRINCIPALES FUENTES ARGUMENTALES Y TEMÁTICAS DE LA VIDA ES SUEÑO

Ante La vida es sueño se han efectuado los más diferentes pronunciamientos críticos; incluso los más negativos y desalentadores. Por ejemplo, escriben Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris M. Zavala en su Historia social de la literatura española (en castellano) (Madrid, Castalia, 1978, vol. I, p. 343):

El dilema entre predestinación y libre albedrío, resuelto a favor de este último a través de un penoso camino de autonegación y desengaño, es decir, la típica constatación barroca de que en efecto la vida es sueño, ha llegado a ser calificado como de auténtica teoría del conocimiento. Extraña teoría y no menos extraño conocimiento que lleva, precisamente, al rechazo de toda realidad, en un proceso razonador --que no racionalista--, verdadero y frío silogismo neotomista.

Lo que Calderón ha resuelto no es sino la aceptación por parte del hombre barroco de un concepto del mundo totalmente irracional, idealista y negador de los valores humanos.

Frente a este reduccionismo parcial, cabe reflexionar sobre las fuentes respecto a las que se ha construido el tema y en las que se inspira Calderón. Esas fuentes muchas veces conducen a una trascendencia nihilista y barroca. Pero también ayudan a comprender la complejidad con que La vida es sueño asume también significados universales. Depende, naturalmente del énfasis que pongamos en unas fuentes o en otras para obtener una lectura parcial o más escorada hacia un solo significado. El estro bíblico-estoico puede determinar, sin duda, una lectura moral y sapiencial; las huellas de la cuentística oriental y medieval cristalizan en un libro de educación política y las complejas interrelaciones de varios mitos platónicos implican los rudimentos de una teoría del conocimiento. En esquema las fuentes esenciales del argumento y estructura temática del conflicto de La vida es sueño serían:

a) La filosofía hindú sienta las bases del descrédito de la experiencia sensible, de su condición ilusoria a través de la imagen del sueño.

b) Asimismo entre los sufíes de la mística persa eran harto frecuentes las imprecaciones a la vida y las quejas por haber nacido.

c) El cuento del durmiente despierto o del sueño del campesino: de raigambre oriental, parece partir de la versión de Las mil y una noches (Noches 620-641): Harúm Al-Raschid, agradeciendo la hospitalidad del comerciante Abul-Hassan, lo narcotiza y lo traslada al palacio. Abul despierta en la propia cama del califa y, mientras ocupa su papel, se comporta con exquisito tacto y prudencia. Al despertar todo el mundo lo toma por loco hasta que el propio Harúm-Al-Raschid aclara la situación. Derivaciones de este motivo en la literatura castellana serán, por ejemplo, la incluida en el códice de Puñoenrostro de El Conde Lucanor. "De commo la onrra deste mundo no es sinon commo suenno que pasa", en donde el Rey y un herrero borracho intercambian provisionalmente sus papeles. Luis Vives en una carta dirigida al Duque de Béjar en 1556 recuerda la anécdota que, a su vez, es recuperada por Agustín de Rojas en El viaje entretenido (1603) atribuyéndola a Felipe el Bueno de Borgoña y en la Jornada III de su comedia El natural desdichado. El cuento o leyenda es bien conocido en Europa y, por supuesto, en algunas obras teatrales de los jesuitas.

d) La leyenda de Buda y su adaptación cristiana en la de Barlaam y Josafat. Según el texto sánscrito del Lalita Vistara al padre de Buda (rey) le predice el brahmán Anta que su hijo llegará a ser un monarca poderoso o, por el contrario, se convertirá en ermitaño. Para evitar la segunda posibilidad, le encierra en los jardines de su palacio, manteniéndole alejado de toda inquietud y de las miserias mundanas. Pero, logrando salir de su prisión, se encuentra con un viejo enfermo, con un entierro y con un mendigo asceta: acaba, en efecto, en la vida retirada. La traslación cristiana de la leyenda se localiza originalmente en el siglo VI en Afganistán: al padre del príncipe Josafat (temible enemigo del cristianismo) se le profetiza que su hijo acabará convirtiéndose. Pese a su aislamiento es educado en secreto por el eremita Barlaam y, de manera semejante a lo que sucede en la leyenda de Buda, acaba asumiendo el cristianismo. El tema, como expresión de la educación del príncipe mediatizado por el motivo del horóscopo, accederá en el siglo XIII a versiones como el Sendebar o Libro de los engannos et asayamientos de las mujeres y, posteriormente, al Libro de los Estados, de don Juan Manuel. Se considera un desarrollo dramático de la leyenda la versión que vio la luz en el Colegio de los Jesuitas de Sevilla (Tragicomedia Tanisdorus) a finales del siglo XVI y, por supuesto, la obra lopesca Barlaam y Josafat, de 1612.

e) La tradición de los textos bíblicos, especialmente de los libros sapienciales y proféticos. Así en el Libro de Job, XX, 8 y en Isaias, XXIX, 7-8.

f) Desarrollo teórico y pedagógico del mito de la caverna de Platón (República, Libro VII).

g) La doctrina espiritualista del estoicismo senequista, fomentada por la escuela jesuita que acerca a las fronteras de la mentalidad cristiana, por ejemplo, la valoración de la voluntad del hombre por superar el fatalismo, ya que "más fuerte que cualquier fortuna es nuestra alma" y "algo se dejó al libre albedrío del hombre". Junto a este tejido de fondo, los núcleos de tópicos que han recogido diversos críticos, como la concepción de la vida como cárcel o sueño o el delito del nacimiento.

h) La visión barroca de la vida como sueño y como tragedia. Tema heredado, por lo demás, de la meditación medieval sobre las postrimerías. En el siglo XVII todas las artes se sienten atraídas por esta visión atormentada y trascendente, como sucede en el cuadro de Pereda, El sueño del caballero.

i) Cabe añadir, a la luz de interpretaciones más contemporáneas las fuentes que descansan en la reflexión sobre mitos primarios (no sólo del rango filosófico de la caverna platónica) como el de Urano y Edipo, y su ordenamiento del conflicto padre vs. hijo. En opinión de Maurice Molho aunque Calderón no tuviera conocimiento directo y literal de la tragedia de Sófocles Edipo Rey (que desarrolla dramáticamente el mito del enfrentamiento de Edipo, abandonado al nacer por su padre Layo y que acaba en un enfrentamiento trágico) la leyenda pertenecía ya a un legado cultural accesible, aunque fuera a través de las traducciones latinas. Su rigurosa formación intelectual debía haberlo hecho conocedor de un tema trágico esencial para la simbolización teatral de una historia moral de la humanidad. Más ampliamente, Francisco Ruiz Ramón identifica, en efecto, la figura emblemática de Basilio (basileus, tirannos , detentador del poder) con los mitos de Zeus, Cronos y Uranos, en el sentido de la destrucción o devoración del padre, temeroso de la pérdida de su poder. Esta línea de fuentes se explicitan, con singular lucidez, en la lectura política de la obra que veremos en su momento. Tal conflicto (el hijo vs. la autoridad paterna) es medida por parte de Alexander A. Parker en términos de correspondencia biográfica, ya que, al parecer, Calderón hubo de soportar el rigor autoritario de su padre, Don Diego Calderón, cuya inflexibilidad llenó la vida familiar de tensión y tirantez.

LA VIDA ES SUEÑO: ENTRE LA POLÉMICA TEOLÓGICA Y EL PROBLEMA DE LA CIENCIA HUMANA

El motor trágico de La vida es sueño radica en el problema del destino: tragedia del destino, de la confusa circularidad de observar el dramático cumplimiento de un hecho preestablecido. Se inserta la obra dentro de un candente contexto histórico: el problema de la predestinación. Basilio teme el cumplimiento de un horóscopo. Y en Calderón éste suele producirse con una demoledora literalidad irónica: el rey acabará vencido a los pies de Segismundo. Pero él mismo advierte de sus escrúpulos frente a la seguridad de mirar las "presentes novedades / de los venideros siglos" (vv. 619-20) y de su yerro de "dar crédito fácilmente / a los sucesos previstos" (vv. 782-83):

Porque el hado más esquivo,
la inclinación más violenta,
el planeta más impío,
sólo el albedrío inclinan,
no fuerzan el albedrío... (vv. 787-91)

Lo cierto es que La vida es sueño aprovecha la relación milenaria entre el poder y la astrología para examinar lúcidamente la dialéctica entre la metáfora el orden macrocósmico del mundo y una racionalidad despótica, la de Basilio, dispuesto a ordenar bajo ese falaz modelo la existencia individual de su hijo y, de paso, el mantemimiento a ultranza del poder.

El escenario se presta a la controversia de auxiliis: la polémica teológica entre los jesuitas (que valoraban la inteligencia, voluntad y libre albedrío del individuo con el apoyo eficaz de la gracia divina que, de ese modo, no le impide la libertad de elegir), y los dominicos (que, por oposición, se mostraban defensores de la total omnipotencia y justicia divinas). Calderón, formado en los jesuitas, sigue, naturalmente, esta tendencia optimista que permite al hombre, a través de una peripecia o drama, enfrentarse al orden negativo del hado. De nuevo, como era de esperar, opera la poderosa capacidad sincrética de Calderón para subordinar una concepción filosófica a la ley cristiana. Nuestro autor percibe la grandiosidad de la lucha trágica del hombre --microcosmos-- frente al universo --macrocosmos-- centrando la situación dramática en el problema de la existencia humana que se explica por el dilema platónico razón (orden universal) vs.pasión (la voluntad humana que puede quebrar la fatalidad), explicitado en diversos textos: Timeo , República (Libro X), Leyes y El Político. El tema se verá sucesivamente cristianizado por San Agustín (De Civitate Dei) y por Santo Tomás (Summa Contra Gentiles, III, 91-92).

Pero, al mismo tiempo, hay que recordar que el tema del saber se focaliza en la figura de Basilio no sólo como símbolo de un trágico error, sino como retrato del intelectual que ha abandonado ya el ocultismo medieval para adentrarse en la especulación racionalista moderna: "Su figura es la de un sabio del siglo XVII similar a la de un Newton o a la de un Kepler". La obra, en el sesgo de esa tradición sapiencial del intelectual escéptico que, como el del Eclesiastés (1,14) sabe que se esfuerza tras el viento, pone en entredicho la falaz objetividad del saber racional, o incluso experimental, de la ciencia o la garantía de penetración de esta misma ciencia, pues

Lo que está determinado
del cielo, y en azul tabla
Dios con el dedo escribió,
de quien son cifras y estampas
tantos papeles azules
que adornan letras doradas,
nunca engañan, nunca mienten,
porque quien miente y engaña
es quien para usar mal de ellos
las penetra y las alcanza (vv. 3162-71).

No se trata, pues, de despreciar la ciencia:
Que porque yerre un ingenio
tal vez, no se han de pagar
los estudios con desprecio,

dice Calderón en Darlo todo y no dar nada (Jornada I, escena VII), sino de la meditación desesperada del hombre barroco simbolizada en las palabras de Basilio: "Que a quien le daña el saber / homicida es de sí mismo" (vv. 654-55) tan pertinentemente relacionadas con las de Tiresias en Edipo rey: "Qué terrible es el saber cuando de nada sirve al hombre que sabe." Pero que nadie limite el foco trágico del saber a la figura de Basilio (más sabio errado que astrólogo pedante). El esquema semántico de la soledad de Segismundo, el vértigo (entre oscuro y racionalizador) de su soliloquio, o, en definitiva, su violencia, provienen precisamente de un saber, de esa educación recibida de Clotaldo (en este sentido un fantasmático Basilio, un segundo padre) que le hace inferir de una moral positiva y natural, de un conocimiento de un cosmos ordenado que intuye en su entorno (y que nombra en forma de universo estable en sus famosas décimas) la conciencia de reconocerse víctima de una sinrazón. La violencia de Segismundo (y, en consecuencia, su rebeldía), lejos de explicarse por el puro instinto, se origina también en el propio saber o, por mejor decir, en el no tener derecho a saber.

LA VIDA ES SUEÑO COMO TEORÍA DEL CONOCIMIENTO Y COMO ÉTICA PRAGMÁTICA

La confluencia de la preocupación pedagógica de Platón (con referencia, sobre todo, y esto es importante, a la educación de los gobernantes) y el desarrollo dramático de La vida es sueño supone poner en relación los libros VI y VII de la República. En el libro VI (cap. XV y ss.) se especula sobre el progresivo adiestramiento de los hombres, en una inevitable tendencia hacia el bien (siempre metamorfoseado en la luz, en el sol, República, VI, 774 e). El hombre realiza un tránsito desde la imaginación y conjetura al conocimiento discursivo y a la inteligencia (nous) que constituyen la epistemé o sistema de conocimiento de la realidad más allá de las apariencias sensibles. Estos son los fragmentos más relevantes del relato platónico en el libro VII de la República (541a-518b; 778-779):

Imagínate una caverna subterránea que dispone de una larga entrada para la luz a todo lo largo de ella, y figúrate unos hombres que se encuentran ahí ya desde la niñez, atados por los pies y el cuello, de tal modo que hayan de permanecer en la misma posición y mirando tan sólo hacia adelante, imposibilitados como están por las cadenas de volver la vista hacia atrás. Pon a su espalda la llama de un fuego que arde sobre una altura y entre este fuego y los cautivos un camino eminente flanqueado por un muro, semejante a los tabiques que se colocan entre los charlatanes y el público para que aquéllos puedan mostrar, sobre ese muro, las maravillas de que disponen. [...]

Porque, ¿crees en primer lugar que esos hombres han visto de sí mismos o de otros algo que no sea las sombras proyectadas por el fuego en la caverna, exactamente en frente de ellos? [...]

-Ciertamente -indiqué-, esos hombres tendrían que pensar que lo único verdadero son las sombras. [...]

¿Qué les ocurriría si volviesen a su estado natural? Indudablemente cuando alguno de ellos quedase desligado y se le obligase a levantarse súbitamente a torcer el cuello y a caminar y a dirigir la mirada hacia la luz, haría todo esto con dolor, y con el centelleo de la luz se vería imposibilitado de distinguir los objetos cuyas sombras percibía con anterioridad.

¿Qué crees que podría contestar ese hombre si alguien le dijese que entonces sólo veía bagatelas y que ahora, en cambio, estaba más cerca del ser y de los objetos más verdaderos? Supón además que al presentarle a cada uno de los transeúntes, le obligasen a decir lo que es cada uno de ellos. ¿No piensas que le alcanzaría gran dificultad y que juzgaría las cosas vistas anteriormente como más verdaderas que las que ahora le muestran?

II. Y si, por añadidura, se le forzase a mirar a la luz misma, ¿no sentiría sus ojos doloridos y trataría de huir, volviéndose hacia las sombras que contempla con facilidad y pensando que son ellas más reales y diáfanas que todo lo que se les muestra? [...]

-Pues ahora medita un poco en esto -añadí- si vuelto de nuevo a la caverna disfrutase allí del mismo asiento, ¿no piensas que ese mismo cambio, esto es, el abandono súbito de la luz del sol, deslumbraría sus ojos hasta cegarle? [...]

III. Pues bien, mi querido Glaucón -dije-: toda esta imagen debe ponerse en relación con lo dicho anteriormente; por ejemplo, la realidad que la vista nos proporciona con la morada de los prisioneros, y esa luz del fuego de que se habla con el poder del sol. No te equivocarás si comparas esa subida al mundo de arriba y la contemplación de las cosas que en él hay, con la ascensión del alma a la región de lo inteligible. Este es mi pensamiento que tanto deseabas escuchar...

Cegado por los primeros halagos de la realidad sensual ("dejarme quiero servir / y venga lo que viniere"), vanamente persuadido por las quimeras que, como en un retablo de las maravillas (no olvidemos "las maravillas dispuestas sobre el muro" del texto platónico), le expusiera Clotaldo en una pedagogía desconectada de la base experimental de la realidad las dos salidas sucesivas de la torre (=caverna) de Segismundo marcan, primero, el riesgo evidente de la necesidad de experimentar el instinto y la pasión; después, su toma de posesión de la epistemé prudencialista del hombre barroco. Porque es meditando sobre ese riesgo de la experiencia-sueño (de nuevo en la oscuridad de la torre) como el príncipe accede a la libertad auténtica, aquella que está fuera del mundo apariencial. El empuje de la pasión y del instinto precipita el encuentro con la belleza (la luz). Y aquí, la trama de superficie de una Rosaura en busca de su identidad perdida se adentra en la trama filosófica. Múltiples han sido las observaciones acerca de Rosaura como personaje clave de la obra. Cesáreo Bandera ve en ella, por medio de su traumática incursión en escena, condensando toda la confusión posible, el verdadero objeto de la predicción de Basilio exclusivamente centrado en la futura violencia de Segismundo. Vittorio Bodini, al subrayar asimismo esta violencia que excede el plano puramente individual, establece su ambigua identidad marcada por una híbrida iconografía (atributos de hombre/mujer) que llega a su culminación en la Jornada III: "... siendo / monstruo de una especie y otra, / entre galas de mujer / armas de varón me adornan", vv. 2724-2727); y sugiere su función de exceso retórico: es su palabra la que, al visitar el escenario, lo puebla de laberintos, monstruos, oscuridad o hipogrifos contra natura. Para Morón Arroyo, Rosaura será la Eva del Génesis que completa el sentido existencial de un Segismundo adánico que no había hallado, en la teofanía expositiva de su monólogo inicial, un ser donde poder reflejarse. Incluso para Maurice Molho existe entre Segismundo y Rosaura una relación edípica: ella será el objeto prohibido, la madre deseada y vedada, el mutilado objeto de deseo. Pero en todos los casos (y es lo significativo) cumple ese papel ancillar, de gozne o bisagra entre lo ilusorio y lo inteligible: la verdad del amor. "Sólo a una mujer amaba / que fue verdad..." --dirá Segismundo--. Rosaura bajo su amplio manto de retórica, cobija así los dos símbolos matrices de la conversión de Segismundo: el simbolismo del caballo (instinto, orgullo, pasión erótica) y del jinete (razón) despeñado en el oscuro pozo del conflicto (vv. 1-22); y, por otro lado, el amor mimetizado en el símbolo de la luz o de la belleza como fuerzas educadoras y controladoras del destino. Aquí Calderón apurará la tradición platónica del Banquete desde los Dialoghi d'Amore de León Hebreo al Comentarium in Convivium Platonis, de Marsilio Ficino. La visión de Rosaura será así la obligada dirección del recuerdo hacia la idea, la recuperación de la realidad escapante que se presiente más allá o más acá del sueño:

No has de ausentarte, espera
¿cómo quieres dejar desa manera
a oscuras mi sentido? (vv. 1.624-1.626) [...]

¿Quién eres? Que sin verte
adoración me debes, y de suerte
por la fe te conquisto,
que me persuade a que otra vez te he visto.
¿Quién eres, mujer bella? (vv. 1.578-90)

Rosaura adquiere así su plena función mediadora, por utilizar la expresión de Molho, función inscrita en la misma simbología de su nombre (Rosaura es anagrama de Aurora), introduciendo al iniciado (Segismundo) en la gran aventura filosófica de una educación que empieza por ser, ya que ha de ser entendida por el público, una educación sentimental . Tras la primera salida de la torre y el fracaso de su experiencia en palacio, nuestro protagonista recupera la metáfora visual para incluirla en su reflexión ética:

Porque si ha sido soñado
lo que vi palpable y cierto,
lo que veo será incierto;
y no es mucho que, rendido,
pues veo estando dormido,
que sueñe estando despierto (vv. 2102-06).

Belleza y conocimiento, bien y saber, trazan así el círculo de la teoría calderoniana de la realidad construida sobre los principios epistemológicos no ya sólo del conocer sino del reconocer la realidad, inscribirla en una epistemé prudencialista, alimentada por el desengaño (que no es patrimonio exclusivo ni degradante de la cultura barroca). Con este punto de partida (la constatación paradójica de que mis percepciones me pueden engañar) se puede llegar a dos terrenos: la seguridad de la conciencia o la seguridad de la moral. Sobre 1635, Calderón, rodeado de la gran tramoya del barroco español opta por la segunda. En 1641, René Descartes opta por el primer absoluto: el imperativo de la seguridad humana del pensar que crea la conciencia. La duda metódica teatral, ese drama o metateatro que dirige Basilio en un doloroso experimento pedagógico prudencialista, descubre la solución española a la cuestión teórica de cómo enfrentarse al conocimiento y a la realidad: el realismo ético. Aprender actuando en la existencia real. Poner en duda, a estas alturas, que no tiene sentido comparar las indagaciones paralelas de Calderón y Descartes sobre una eventual teoría de la percepción (implicados ambos en la crisis de un contexto histórico europeo en la que difícilmente se delimitaba lo científico y lo moral), es poco aceptable. En la frontera de la modernidad, quizá en lados que sería difícil atribuir a cada uno, ambos intentaron mostrar, en magníficas parábolas literarias, que sobre el error no puede levantarse el edificio de la verdad. Y que la pasión, como todo lo humano, puede someterse a sistema. Pero, eso sí, se trata de un sistema de profundo pragmatismo. Un pragmatismo casi kantiano. Ante la teatralizada imposición de una dudosa realidad se arriesga Calderón por una ética práctica:

No me despiertes si duermo;
y si es verdad, no me duermas.
Mas sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa.
Si fuere verdad, por serlo;
si no, por ganar amigos
para cuando despertemos (vv. 2421-27).

Esto puede dar pie, incluso, a la pesimista constatación que realiza Alcalá Zamora, al insistir en Segismundo aprender un a lección sí, pero sobre todo de cinismo y corrupción cortesana:

Pues así llegué a saber
que toda la dicha humana,
en fin pasa como sueño
y quiero hoy aprovecharla
el tiempo que me durare (vv. 3312-3316).

El ser violenta y primitivo, pero de instintos auténticos se ha convertido en un príncipe encerrado en la nueva civilización envilecedora y aprovechada del poder.

LA PUESTA EN ESCENA DE LA VIDA ES SUEÑO

Las condiciones de la representación original de La vida es sueño distan mucho de la experiencia teatral que podamos tener en la actualidad. La obra calderoniana se estrenaría en los primeros años de la década de 1630 en uno de los dos teatros que funcionaban en Madrid. Teatros que, en realidad, respondían al modelo de patio o corral en el que comenzó a tener lugar el teatro profesional en la España del Siglo de Oro en la segunda mitad del siglo XVI. Eran dos: el Corral del Príncipe (situado donde actualmente está el Teatro Español) y el Corral de la Cruz (actualmente el tramo comprendido entre la calle Espoz y Mina, Calle de la Cruz y Plaza del Ángel). Eran patios descubiertos, rectangulares (unos 30 o 40 m. de largo y unos 15 o 17 m. de ancho), rodeados de casas particulares, donde se abrían ventanas con rejas, balcones, y sucesivas filas de aposentos, lugares desde los que presenciar la representación. El patio, empedrado, sólo contaba con algunos bancos frente al tablado y algunas filas de gradas a ambos lados. Frente al escenario, se levantaban hasta tres filas de galerías, donde se acomodaban o bien las autoridades o bien las mujeres en la célebre cazuela. El escenario era un simple tablado central de entre 7,5 a 8 m. de largo con una profundidad máxima de 4,5 m. El escenario, flanqueado por los edificios citados y adosado a la pared frontera, podía verse ampliado con dos tabladillos laterales que tenían entre 4,5 y 5,5 m. Estos espacios de ampliación podían utilizarse o bien para necesidades de la representación (algunos decorados o el uso de una escalera como veremos para la primera escena de La vida es sueño) o bien para disponer algunas gradas laterales separadas del espacio ocupado por los actores por una barandilla tal como podemos apreciar en la ilustración. Nótese, como elemento esencial, la falta de cualquier arco de proscenio o de estructura para sostener un posible telón de boca. Si ambos lados están ocupados (por elementos escénicos o por gradas o bancos) es evidente que el actor no puede efectuar entradas/salidas por ellos, al modo que experimentamos en los actuales teatros. ¿De dónde salen pues los actores y con qué elementos contaba la puesta es escena? Obsérvese la estructura que ofrece la fachada del teatro, al fondo del tablado, el edificio, construido en madera (los pies derechos y barandillas) con tejados de obra. Se asentaba sobre el propio tablado (bastante elevado, casi de dos metros). Esto permitía la existencia de un foso (útil para ocultar algunos artilugios de la tramoya y algunas trampillas) y que, al fondo, justo por debajo de la estructura frontal que observamos se situara el vestuario de los hombres. Una primera altura, correspondiente a la del tablado, estaba ocupada por el vestuario de las mujeres y unos huecos donde se situaban algunos decorados o apariencias, separados por la estructura reticular que constituía los pies derechos y transversales. Esos huecos (que en la época también se llamaban nichos) de manera habitual, al comenzar la representación estaban cubiertos por cortinas (lo que en la época se llamaba el paño ) susceptibles de correrse para, como veremos, dar lugar a la aparición de algunos decorados y de los actores que salían de ellos para representar y deambular si fuera preciso por el tablado. Sobre este nivel se encontraba el primer corredor. Los espacios que ofrecía a la contemplación también podían estar cubiertos con cortinas, hasta el momento en que, por exigencias de la puesta en escena, debieran abrirse y aparecer o barandillas (en la época se hablada de balcón de las apariciones si se precisaba representan una escena de una ventana o de un balcón) o decorados. Incluso estas barandillas podían desmontarse de modo que pudieran adicionarse elementos como una escalera o el monte que veremos funcionar en La vida es sueño . Sobre este nivel encontramos el segundo corredor, que con el mismo procedimiento, ofrecía ordinariamente tres huecos o nichos más. Sobre él, y oculto por el tejadillo, tenemos que imaginar otro nivel que se llamaba el desván de los tornos que albergaba los mecanismos que sostenían las tramoyas de elevación si fueran precisas. Teniendo en cuenta la posibilidad de que esta fachada del escenario ofreciera espacios cubiertos o no por las cortinas, entenderemos que fuera descrito por Lope de Vega en su comedia Lo fingido verdadero de este modo tan expresivo:

el teatro parece un escritorio
con diversas navetas y cortinas.
No hay tabla de ajedrez como su lienzo.

El ajedrezado aspecto ofrecía la posibilidad de que el espectador viera algunos huecos, una vez corridas las cortinas, con apariencias, es decir decorados, en modo alguno espectacularmente realistas, sino muy ingenuos y convencionales (un sillón y una pequeña mesa para indicar un gabinete o sala; unas ramas o telas pintadas para indicar un jardín o un exterior; una ventana con reja, una leve luz, unas cadenas quizá para indicar, como observaremos, la torre o prisión de Segismundo). Eras meras indicaciones de un decorado completo, que el espectador tenía que suponer o imaginar.

Ahora, para comprender visualmente la puesta en escena de La vida es sueño, focalicemos la mirada, a estos elementos: el tablado central, el tabladillo lateral que permite la ubicación de una escalera cuyo empleo vamos a describir, el nivel de vestuario y apariencias del tablados y el primer corredor. El segundo corredor no va a utilizarse; podemos suponer, por tanto, que estaría o cubierto por las cortinas o abierto con las barandillas, tal como lo muestra el dibujo.

El primer corredor, lo mismo, excepto en el hueco o nicho de la izquierda donde vemos que se apoya un artilugio que, siendo en principio una rampa escalonada, estará decorada con ramas naturales o artificiales e incluso algunas piedras falsas, pues se trata de representar un monte . En efecto, nos encontramos ante la primera y espectacular escena de la obra que deducimos de la acotación: "Sale en lo alto de un monte Rosaura, en hábito de hombre, de camino, y en representando los primeros versos va bajando". Así pues, Rosaura, con jubón de cuero y botas altas, aparece en el hueco o espacio del primer corredor (1), que representaría los fragosos peñascos de un monte boscoso y, desde allí, donde se apoya la rampa escalonada o monte (2), comienza a descender, mientras recita las silvas, con el ritmo y precipitación que requieren el hecho de su violenta caída del caballo. Baja la "aspereza enmarañada / deste monte eminente", lo que indica la necesidad de cubrir la rampa con algunas apariencias de arbórea vegetación. No es sino después de que ella haya llegado al tablado cuando seguramente aparecería por el mismo espacio del corredor (1) Clarín, siguiéndole los pasos.

Sabemos, por las palabras de Rosaura ("a la medrosa luz que aún tiene el día", v. 52) que está anocheciendo. Pero la luz también había de tener una representación estrictamente convencional en los corrales del Siglo de Oro, ya que eran espacios descubiertos y las funciones se celebraban a plena luz del día (sobre las 2 de la tarde en invierno y sobre las 4 en verano). De modo que cuando afirma (vv. 53-54) que cree ver un edificio es más que probable que en el lugar que le llama la atención aparezca una antorcha o farol para señalar, de nuevo convencionalmente, esta circunstancia. ¿Dónde está ese edificio que va a resultar ser la torre donde está preso Segismundo? Se le describe como "palacio breve", pero de ruda arquitectura y artificio, rodeado de agreste soledad, casi como un peñasco entre las muchas rocas de la montaña. Ambos se van acercando tímidamente, por el tablado, hasta el espacio central del nivel del escenario (3), que se llamaba habitualmente vestuario, por las razones explicadas anteriormente. En ese espacio central se habrá instalado un simulacro de puerta, realizada con bastidores corredizos. Estará abierta y, tras ella, una cortina que permanecerá cerrada hasta el momento en que comience a hablar Segismundo; tal vez, incluso, sus primeras palabras ("¡Ay mísero de mi, ay infelice...!") se pronuncian aún tras la cortina corrida, a través de la cual se perciba la luz y, por supuesto el "ruido de cadenas" de la acotación tras el v. 72. Las palabras de Rosaura en los vv. 85-90 lo dan a entender así. Entonces habría de descorrerse del todo la cortina para aparecer Segismundo "en el traje de fiera" y "de prisiones cargado / y sólo de la luz acompañado" (vv. 96-97). Tras el monólogo de Segismundo, Rosaura y Clarín se habrán aproximado, a través del tablado. El primero, tras su monólogo sale asimismo al tablado, lo que le permite sujetar a la joven ("Ásela" dirá la acotación del v. 180). La entrada de Clotaldo "con escopeta" y el séquito de soldados enmascarados (vv. 290 y ss.) se produce por el espacio o hueco de la derecha, una vez que se descorriera la cortina o paño (4). Proceden a cerrar la puerta de la prisión de Segismundo que seguirá hablando tras ella (vv. 329 y ss.) hasta que, tras el v. 474 todos vuelven a entrar por ese hueco o espacio lateral del lado derecho del escenario. Todos los espacios se cerrarían entonces con las cortinas, incluido el que aparentaba el monte por el que han descendido Rosaura y Clarín.

Viene ahora la escena de palacio, que habrá de desarrollarse sobre el propio escenario. Obsérvese que la acotación reza "Sale por una parte Astolfo... y por otra Estrella". Ambos vienen acompañados de séquito (soldados, damas), entrando en el tablado, respectivamente, por los espacios laterales (4) y (5), levantando las cortinas o paños . Desde dentro sonaría la música. Poco después (v. 580) y con el anuncio de "Tocan [cajas]" (es decir, los tambores bélicos) sale Basilio por el espacio central (3) sobre el que se había corrido también la correspondiente cortina. Tras el v. 856, una vez que Basilio ha narrado la historia de Segismundo y los proyectos que alberga para él, se entran todos por los espacios laterales. Basilio permanece en el tablado mientras entran por el paño lateral derecho (4) Clotaldo con Rosaura y Clarín. El Rey se retirará por el espacio central (3) tras el v. 888 y Rosaura y Clarín, por el espacio lateral (4) tras el v. 973. Tras retirarse Clotaldo por el mismo lugar, finaliza la Jornada I.

En la Jornada II vemos aparecer a Basilio y Clotaldo por el espacio central (3). El Rey vuelve a entrar por el mismo lugar tras el v. 1165. Sale entonces Clarín, más que probablemente por el lateral (4). Parece claro que la aparición de Segismundo servido por los criados y "como asombrado" (v. 1224) tendría lugar por el espacio central (3) y las entradas de Astolfo (v. 1340) y de Estrella (v. 1376) por uno cualquiera de los laterales. Por la acotación "Cógele en brazos y éntrase, y todos tras él, y todos con él" (v. 1428) sabemos que Segismundo arroja por un balcón al criado impertinente. Tal salida e inmediata entrada se haría rápidamente por el espacio central (3). En el v. 1440, acuciado por el alboroto, sale Basilio por el mismo lugar mientras se retira Astolfo. El Rey, tras su admonición a Segismundo vuelve a salir en el v. 1531, siempre por el espacio central. Mientras Segismundo, junto al que permanece Clarín, medita unos instantes, por un lateral saldrá Rosaura, esta vez ya vestida de mujer (v. 1548). Ambos conversan y, tras el v. 1617), una acotación advierte de la entrada de Clotaldo. Por sus palabras deducimos que se queda observando. Era lo que en la época se denominada quedarse al paño, es decir, medio escondido (pero patente al público) en una cortina de los espacios laterales, hasta que en el v. 1670 se hace presente para proteger a Rosaura. Forcejea con Segismundo y Rosaura pide ayuda (v. 1693), entrando por el otro lateral Astolfo que se dispone a usar la espada contra el Príncipe. Justo entonces (v. 1706) salen por el espacio central (3) Basilio y Estrella. Segismundo saldrá por ese mismo lugar en el v. 1719, seguido, a poco, por el Rey y Clotaldo. Quedan ahora solos en el tablado Estrella y Astolfo, interpretando su escena de celos. A partir del v. 1764 les sabemos observados (aunque no escuchados) por Rosaura que se queda al paño, es decir, semiescondida en la cortina de un lateral, hasta que, llamada por Estrella, aparece en el v. 1780. Estrella le encarga la treta de reclamar el retrato a Astolfo (que ha salido por uno de los espacios laterales tras el v. 1777). Se aprecia con meridiana claridad el juego de entradas/salidas de este momento de la acción hasta que los tres abandonan el escenario tras el v. 2017.

Será entonces cuando, descorrida la cortina del espacio central (3) encontremos la misma situación que al principio: las puertas de la prisión abiertas, y Segismundo que ha sido otra vez recluido, bajo los efectos del narcótico. Por el lateral derecho (4) saldrán Clotaldo, Clarín y algunos criados. Seguramente serán estos los que lo prendan y lo saquen por el mismo lugar (se supone que a la misma torre donde se encuentra Segismundo) tras el v. 2047. Por el lateral izquierdo (5) aparece Basilio, rebozado, que tras observar de cerca el despertar de Segismundo), se retira al paño en el v. 2081 y desaparece del todo tras el v. 2137. Segismundo habla justo en el umbral del espacio de la puerta de la torre (3). Clotaldo desde el tablado, para tener a la vista tanto al joven como al Rey. Concluye la Jornada II, corriéndose todas las cortinas.

La última Jornada se abre con el soliloquio de Clarín que habla en su propia prisión. Seguramente estas confidencias paródicas (dirigidas al público) se efectúan mientras los espectadores ven el hueco o espacio central con la puerta de bastidor de nuevo cerrada. Él habrá salido por el espacio lateral derecho, por donde fue llevado por los criados de Clotaldo en la Jornada anterior. En el v. 2228 se oye dentro el tumulto de los soldados rebeldes que vienen a liberar a Segismundo:

"Ésta es la torre en que está.

¡Echad la puerta en el suelo!",

y finalmente aparecen por ese espacio (3) cuyas puertas, se supone, han derribado. Confunden a Clarín con el legítimo príncipe, quien sale por uno de los espacios laterales (v. 2266). En el v. 2387 sale Clotaldo, por una de las puertas, cortinas o espacios laterales. Tras el v. 2427 salen todos y la acción se trasladará al palacio del Rey Basilio. Para representarlo se correrán todas las cortinas del nivel del tablado (vestuario) y del corredor y los actores se moverán por el tablado. En primer lugar hablan Basilio y Astolfo. Tras su marcha a la lucha (v. 2451) harán su entrada, respectivamente, Estrella (v. 2460), Clotaldo (v. 2476) y Rosaura (v. 2492). Estos movimientos entradas/salidas, ya hemos dichos, que se producirían, aleatoriamente, por los espacios laterales (4) (5) cubiertos por cortinas.

Tras el v. 2656 la escena se traslada a un espacio que respondería a las inmediaciones de la torre y el fragoso monte del comienzo. Segismundo, vestido de pieles, acompañado de Clarín y los soldados a su mando sale por uno de los laterales. La entrada de Rosaura "con vaquero, espada y daga" (v. 2690) que viene a reclamar su ayuda se anuncia por un toque de clarín y las palabras del gracioso. Los dos largos parlamentos (de Rosaura y Segismundo) tendrán lugar en el tablado, hasta que el príncipe y los soldados salen por una de las cortinas laterales (v. 3015). La escena de la batalla será referida por algunas indicaciones de Clarín y Rosaura y los ruidos desde dentro que informan al espectador. Clarín, atemorizado, decide esconderse (v. 3059), lo que hará tras el monte o rampa escalonada (2) que estará fija, en el tabladillo izquierdo, desde el comienzo de la representación. En ese momento salen desde el vestuario (es aleatorio el hueco o espacio) Astolfo, Clotaldo y Basilio, que se retiran de la batalla. Se oye un disparo dentro que hiere de muerte a Clarín (v. 3071). Seguramente aparecería tambaleándose para realizar su última intervención y caer dentro (v. 3095), es decir, se retira fingiendo que muere por entre las cortinas del espacio lateral izquierdo (5), junto al monte. Segismundo, ya con triunfal acompañamiento sale probablemente por el otro lateral (4) en el v. 3136. Desde el tablado se cierra la acción. Segismundo encerrará al soldado rebelde, se resarce a Rosaura de su deshonra y organiza el restablecimiento del orden político de Polonia. Los actores se retirarían por el fondo.





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Extraído de : LA VIDA ES SUEÑO: OBRA PARADIGMÁTICA. Evangelina Rodríguez Cuadros. Catedrática de Literatura. Universidad de Valencia

Fragmentos de La Vida es Sueño:

sábado, 6 de noviembre de 2010

El Renacimiento - Video

 El Renacimiento



Este video presenta un panorama general de la cultura renacentista, haciendo un recorrido por la poesía, la pintura y la música de este período.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Manrique y La Celestina



Manrique y la Celestina

Concepción de la muerte y de la vida en relación con la muerte en las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique y en el planto de Pleberio por la muerte de su hija (Acto XXI de la Tragicomedia de Calisto y Melibea). Visión feudal y sensibilidad burguesa.

En Coplas que fizo por la muerte de su padre[1] de Jorge Manrique hay una fusión constante entre lo particular y lo general. Tal como alude su título, el motivo de las coplas sería la muerte y la vida de una persona particular, don Rodrigo Manrique, el maestre de Santiago. Sin embargo, el poema habla de la muerte y de la vida en general, manifestando una concepción de ambas.

Según Serrano y Round[2], las coplas no empiezan citando una pérdida particular dotada luego de un significado universal, sino que el movimiento de lo particular a lo general es fijo y ambos esquemas están en su sitio desde el principio, y mantienen un diálogo constante. El caso particular cobra sentido y se define como tal en su ajuste a las leyes generales, y viceversa. Esta relación de reciprocidad es análoga a la concepción de la vida y de la muerte que presenta el poema: la muerte es parte integrante de la vida, el descanso o la meta del vivir, y un término se define por el otro. La vida es un río que se desvanece en el mar que es el morir (copla III); o la vida es un camino que termina en la muerte:

partimos cuando nascemos
andamos mientras vivimos
y llegamos
al tiempo que fenescemos;

De este modo, no es posible concebir a la vida sin la muerte y, por ende, la actitud ante la muerte es la aceptación. Así, para Germán Orduna[3], las coplas presentan un sermón que es más conformación ante un hecho emanado de la voluntad divina, que castigo o desdicha arbitraria. Esta actitud de aceptación contrasta con otros textos como Dança General de la Muerte donde los hombres reaccionan con rechazo, temores o quejas cuando son llamados a morir. En las coplas de Manrique aceptar la muerte es una virtud que corona una vida correcta, tal como sería la del Maestre de Santiago según se lo retrata en estos versos: un ejemplo de grandeza. La vida, en tanto camino hacia la muerte, aparece en el poema de tres modos: la vida terrenal, la vida de la fama y la vida eterna. En este punto, es evidente que la concepción de la vida es una concepción religiosa y cristiana, lo cual está marcado en el texto desde las invocaciones a Jesús hasta el modelo de sermón comentado anteriormente. Por lo tanto la vida de la fama y la vida eterna son los galardones del buen cristiano que ha vivido correctamente obrando según su estado. Al respecto, cabe destacar que estas coplas sostienen ideológicamente el esquema feudal de la organización social. La estructuración que divide entre defensores, oradores y labradores es perceptible en el texto. En la copla III se alude a los labradores en oposición a los defensores dividiendo entre los que viven de sus manos y los ricos. Asimismo, la copla XXXVI aduce que la vida eterna se gana obrando según el deber propio de cada estado: los religiosos con oraciones y los caballeros haciendo la guerra a los moros. Esta reivindicación de una ideología señorial debe situarse en el contexto histórico del poema: un período de crisis que sufrió la aristocracia en la baja Edad Media debido a grandes pérdidas materiales, consecuencias de guerras civiles y sobre todo el surgimiento de nuevos grupos sociales como los ricos burgueses. En contraste a una sensibilidad burguesa aferrada a los bienes materiales, las coplas de Manrique abordan el tópico del contemptu mundi, es decir, el menosprecio del mundo, que en las coplas reside sobre todo en el desdén por los bienes materiales. De este modo, a la mirada del poeta, los edificios reales, las vajillas y las monedas de oro serán solamente rocíos de los prados, y en la copla VIII se menciona el poco valor que tienen las cosas que ambiciona el hombre, cómo conducen al desastre, y cómo se produce el descenso desde los más altos estados. Los placeres de la vida son soldados que han de caer en una trampa mortal, y frente a la fugacidad de la vida los bienes materiales carecen de valor, depositándose la virtud en la belleza interior. Esta fragilidad de la riqueza material se aborda desde un tópico común de la época: la rueda de la fortuna, variable y caprichosa, que hace descender lo que antes estaba arriba. El tópico de la fortuna también aparece en el Acto XXI de La Celestina[4] donde tiene lugar el planto de Pleberio, padre de la fallecida Melibea. Es el caso inverso a Manrique dado que se trata de la muerte de una hija, y la actitud ante la muerte y por ende la concepción de la vida tienen características diferentes. En cuanto al tópico de la fortuna, dice Pleberio:

¡O fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes! ¿Por qué no executaste tu cruel ira, tus mudables ondas, en aquello que a ti es subjeto?

El personaje acepta el carácter efímero que pueden tener los bienes materiales pero, al contrario de las coplas de Manrique, no puede aceptar la muerte. Aquí la muerte se concibe como una perturbación del orden y de la vida, y no una parte integrante de ella que como tal es preciso asumir. Una vez dada la muerte de su hija, para Pleberio la vida pierde el sentido, y la visión del mundo que adquiere el personaje luego de esta muerte se vuelve quejosa y sombría:

Yo pensava en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden; agora, visto el pro y la contra de tus bienandanças, me pareces un labarinto de errores (...)

No hay manera de justificar la muerte. Ante la violencia de su llegada inoportuna, concebida como un hecho que no debiera ocurrir, el sentimiento que prevalece es el desconsuelo: Pleberio pasará el resto de su vida presa del llanto en un valle de lágrimas. Asimismo, pierden la razón de ser los logros adquiridos. Pleberio se pregunta cuál es la razón de haber adquirido honras, plantados árboles o edificado torres. Las torres, características de los palacios aristocráticos medievales, pierden todo su valor ante la muerte de la persona amada, y ni siquiera el consuelo de la memoria puede caber en este duelo. La vida, tal como es concebida en este planto, es un fenómeno caótico y negativo. Stephen Gilman[5] considera al planto de Pleberio como la verdadera conclusión de la obra y deposita allí la palabra del mismo autor. Arguye que, durante la evolución del drama, el propósito primitivo de reprender a los enamorados y advertir sobre los engaños de las alcahuetas y los malos sirvientes deriva hacía un punto de vista más profundo y mucho menos optimista. Cito:

“Ha contado a sus oyentes y lectores la historia de un mundo de causas y efectos vertiginosos sin Providencia y sin asilo ni antes ni después de la muerte, un mundo en que la muerte era una bendición a causa del insano y despiadado dinamismo de encontrarse vivo”.

La diferencia con la coplas de Manrique es evidente, y al respecto Gilman observa que la idea del universo en este planto no es estoica ni cristiana. Por lo tanto, la característica que en rasgos generales implica la discrepancia con el poema consiste en la mirada negativa sobre la muerte que, más concretamente, se debe a la carencia de una concepción religiosa-cristiana de la vida tal como la que sostiene Manrique. Entonces, la vida y la muerte no son aquí dos términos recíprocos y necesarios que definen a la vida en armonía con un mundo en orden. En el planto de Pleberio la muerte se emparenta más que nada a la figura del amor: una fuerza irracional y trágica que desata las desgracias y altera toda forma de orden.

[1] Manrique, Jorge, Coplas de fizo por la muerte de su padre, Bertran Pepió, Vicente, ed., Jorge Manrique, Poesía Completa. Barcelona, Planeta, 1988.
[2]Serrano, Antonio de Haro y Round, Nicholas G., “Sobre las coplas de Jorge Manrique”: Historia y Crítica de la Literatura Española, edición de Francisco Rico, editorial Crítica, Barcelona, 273-280.
[3]Orduna, Germán, “Las Coplas de Jorge Manrique y el triunfo sobre la Muerte: estructura e intencionalidad”, Romanische Forschungen, 79n (1967), 139-51.
[4]Rojas, Fernando, La tragicomedia de Calisto y Melibea, Rusell, Peter., ed., Madrid, Castalia, 1991.
[5]Gilman, Stephen, “La voz de Fernando de Rojas en el monologo de Pleberio”, ficha de cátedra Funes, módulo sobre La Celestina, 521-525.

martes, 2 de noviembre de 2010

La Utopía de Piedra

La Utopía de Piedra

·                                 Video presentado en el Octavo Encuentro de la Cultura Jesuítico Guaraní organizado por el Instituto Superior de Formación Docente "Jorge Luis Borges" el día 7 de julio de 2010.

Me motivó la realización de este video la admiración que los padres jesuitas despertaron en mí, por la magnificencia de su labor y el amor desinteresado que tuvieron por nuestro indios guaraníes.

¿Qué los movió a emprender esta obra, esta "utopía"? El padre Sepp, como muchos otros jesuitas, pertenecía a la más alta nobleza europea, criado en el lujo de las cortes austríacas... El padre Zipoli, como músico que era, estaba mejor conceptuado que Bach (contemporáneo suyo) y también conoció el esplendor del barroco europeo... Sin embargo dejaron sus "comodidades" para venirse a estas tierras, a vivir en un clima, una vegetación, una cultura tan pero tan distinta a la de ellos, y que muchas veces los llevó a la muerte.

Creer que los movió la ambición es una puerilidad y hasta una falta de respeto. Lo dejaron todo por una utopía, una fantástica utopía hecha de convicción y de piedra, que la envidia, la ambición y la falta de capacidad destruyeron.

Ojalá que algún día mi pueblo jesuítico, Santo Tomé, despierte, valore y quiera otra vez refundar esa utopía.

lunes, 11 de octubre de 2010

Vida y obra de Juan Ruiz


Vida y obra de Juan Ruiz


Este libro de tan alto y significativo nombre -Libro de Buen Amor1- fue compuesto en aquel lugar lamentable «donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación». Dígase claro que su autor estaba preso cuando le escribió2. Mas la aspereza y desabrimiento del lugar, no engendró un libro amargo y desalentado, como el de Silvio Pellico, ni versos desgarradores y dolientes, como los del autor de la Lira Focia, sino un libro claro, jocundo, desasosegado y burlón; a veces libertino, a veces gravemente moralizador; unas, urbano, otras, transcendiendo a flores rústicas y montaraces. Se le ha comparado con Rabelais y con Chaucer, y más cerca está de la minuciosa erudición del autor del Parlement of foules, que de la machuna alegría gala del padre de Pantagruel. Es un libro español, y, más aún, castellano; y al través del grave metro del mester de clerecía, ondula y vibra el espíritu nacional, elegante y señor, sobreponiéndose y dominando a los amables horrores y libertinas licencias que relata. Y para referir tanto suceso, el rígido y bronco romance, que en el Poema del Cid suena al paso de andar de los férreos barraganes, y en Berceo se apoya en clericales rodrigones latinos, en este libro aparece suelto, destrabado, ágil, gracioso, a veces un poco femenino, inflamado por una poderosa y lírica inspiración.

Su autor se llama Juan Ruiz, de menester arcipreste de Hita, en la Provincia de Guadalajara3. Vivió a mediados del siglo XIV, siendo arzobispo de Toledo Don Gil Albornoz (1337-1367) y reinando en Castilla el señor rey Alfonso XI. Unos creen que fue natural de Alcalá, otros que de Guadalajara. Murió antes de 1351, pues en una donación hecha por el arzobispo D. Gil, en 7 de enero del dicho año, ordena al arcipreste de Hita, Don Pedro Fernández, ponga en posesión al monasterio de San Blas de Villaviciosa de una casa y heredad, objeto de la donación. Si Juan Ruiz no había muerto para esa fecha, desempeñaría otro cargo; lo cierto es que en 1351 no era arcipreste de Hita.

Y éstas son todas las noticias biográficas que de él se conservan.

Fue el arcipreste grande de talla, de piernas y de brazos; pequeñas boca, manos y pies. La cabeza grande y poderosa, ancho de espaldas, orejudo y velloso, y con las cejas negras y apartadas. El talante erguido y sosegada la andadura4.

El Libro de Buen Amor es la obra más importante del siglo XIV.

Pertrechado el autor de casi toda la erudición de su siglo, aprovecha y explota todas las canteras para la producción de su obra. Apólogos latinos y orientales, fabliaux, el libro de Vétula, Virgilio y sus leyendas, Ovidio y su poema, etc., todo lo utiliza, haciendo de su obra un inmenso mosaico vigorizado, animado y espiritualizado por sus geniales atisbos y sus aciertos plenos. Tan poderosa y fecunda es su vena creadora, que el elemento utilizado queda exhausto y sin valor junto al resultado que el arcipreste obtiene. Apenas hay verso del largo libro que no esté lleno de jugo y vigor. Jugo y vigor, ciertamente, un poco excesivos en algunos puntos de vista y que tienen fragancias que transcienden a flores pecaminosas, semejantes, y algunas no inferiores, a las ficciones con que el cuentista de Florencia intentaba distraer a su galante auditorio del espanto de la peste.

Toda la sociedad picaresca del siglo XIV aparece pintada en este libro con soberanos y definitivos trazos: endicheras, danzaderas, tahures, troteras, etc., están descriptos en versos ágiles y nerviosos. Y, sobre todo, esa inmortal Trotaconventos con sus arterías y trampantojos, madre de todas las Celestinas que cundieron por la Literatura española. Y en este libro va remozado y jovial el puro espíritu castellano, sin trabas ni ataduras, como sólo aparece más tarde en el otro arcipreste, no menos magno, autor de El Corbacho, y en el otro clérigo, desenvuelto y audaz, que escribió la historia de la Lozana Andaluza. Visión luminosa y clara de la vida, sin que el demasiado «recordar la natura» turbe el alto ímpetu de poderosa espiritualidad. Y esto lo tuvo como el que más, el de Hita, siendo el precursor y el maestro de todos los castizos humoristas, antes y después de que la desviación interna de la raza produjera aquella literatura de decadencia, amarga y ceñuda, que floreció con los últimos Austrias. El Libro de Buen Amor es un libro picaresco, pero sin la desgarrada implacabilidad del Gran Tacaño, ni la acedía endechosa de Mateo Alemán. Como un claro reír suenan las coplas del arcipreste, cuya vida, toda llena del amoroso ejercicio, es característica de aquellos tiempos revueltos y turbulentos de Alfonso XI, agigantados trágica y épicamente en los apasionados días de Pedro el Cruel o el Justiciero. Se ha querido presentar al arcipreste como un moralizador que pinta al vivo la carroña que le rodea, pero ya está suficientemente probado que no fue su vida, poco edificante, una excepción.

Cuatro son las Cánticas de serrana que el prodigioso arcipreste intercaló en su Libro de Buen Amor5. Pero la diferencia que existe entre las serranas y vaqueiras provenzales y las que encuentra el galante arcipreste en sus andanzas por la sierra, es enorme. «El Arcipreste, más bien que imitar la poesía bucólica de los trovadores, lo que hace es parodiarla en sentido realista. Sus serranas son invariablemente interesadas y codiciosas, a veces feas como vestiglos, y con todo eso, de una acometividad erótica digna de la serrana de la Vera que anda en los romances vulgares.»6 No es exclusiva esta codicia y liviandad de las serranas de Juan Ruiz, y numerosos ejemplos de las vaqueiras y pastoras provenzales lo prueban. Poderosísima era la vena satírica del arcipreste y profundo su espíritu parodista, pero salto tan brusco de la atildada elegancia y belleza de las serranas portuguesas y provenzales a la fealdad monstruosa y grosera codicia de las del Libro de Buen Amor, pueden medianamente explicarse sólo con esas dotes del autor. La casi coexistencia de esas cánticas de serrana con la serranilla de la Zarzuela7, muestra única de una serranilla de origen popular, indica la existencia anterior de este tipo de serrana «feroçe, espantosa» que más tarde reaparece en Bocanegra, Mendo de Campo, Carvajales y otros poetas cortesanos del siglo XV, aunque ya con forma puramente lírica y más bien como motivo poético que reproducción realista8. Queda, aparte de los verdaderos modelos y de la cierta intención de Juan Ruiz, el arranque lírico, la sensación de tosquedad silvestre, la admirable visión poética que aúpan el nombre del autor a la alta región de los impares. Por eso ha podido decirse con absoluta evidencia de sus cánticas de serrana, que anticipandose «en cien años a las serranillas y a las vaqueiras de Santillana, incapacitan a éste para figurar como el primer gran poeta lírico de Castilla»9 y Amador de los Ríos, aun reputando al prócer como el «rey de las serranillas, no sacó por cierto -añade- grandes ventajas a Juan Ruiz en estas graciosas pinturas»10.

Al mismo tiempo es J. Ruiz un alto y efusivo poeta mariano, y en las cánticas y gozos a la Virgen se manifiesta ingenuo y fervoroso, como Berceo y los demás poetas y trovadores que en los Cancioneros han dejado muestras de su devoción, un poco madrigal, un tanto letanía profana, por la Gloriosa.

A. ÁLVAREZ DE LA VILLA
Extraído de:

El libro completo de Juan Ruiz lo puede consegui en este mismo sitio:

Libro de Buen Amor: Influencia árabe y judía


Pieter Brueghel “el Viejo”: Combate entre el Carnaval y la Cuaresma (fragmento)


LAS INFLUENCIAS ÁRABE Y HEBREA


La forma autobiográfica amorosa de que se sirve el Arcipreste para escribir su libro es muy poco frecuente en la literatura europea medieval en lengua romance, aunque hay algunos ejemplos de literatura latina de la misma época en que se utiliza este recurso. De ahí que la crítica haya intentado rastrear en las posibles analogías con otras literaturas en que se hubiera podido sostener Juan Ruiz a la hora de redactar su libro.

Unos, como Américo Castro y María Rosa Lida de Malkiel, han investigado en la literatura semítica. Otros, como Claudio Sánchez Albornoz o Francisco Rico, han negado el predominio de tales influencias y han buscado las huellas en la tradición occidental.

Américo Castro, en su libro España en su historia, nos presenta un estudio en el que afirma que la figura literaria y humana del Arcipreste sólo se puede entender si se le considera producto de una civilización arabizada. De ahí que lo llame —a efectos literarios— un “clérigo mudéjar”. Resumiendo su tesis, destaca los siguientes aspectos:

El fondo psicológico islámico. Para el musulmán no existía el pecado original, y esa “ausencia de culpa” daba lugar a que no se estableciera una escisión entre el goce de los placeres sensuales y el ascetismo más rígido, que en la moral cristiana son incompatibles. Esta contradicción, tanto psicológica como moral y cristiana, la resuelve el Arcipreste mediante el humorismo, que le permite la transición entre una y otra actitud.

Rasgos de la literatura árabe. La alternancia entre partes narrativas y líricas, con el uso de la poesía para metaforizar o ejemplificar lo antes tratado en forma narrativa, era un procedimiento típico de los autores árabes. En el libro del Arcipreste se manifiesta por la continua alternancia entre las partes narrativas en cuaderna vía con las partes líricas en versos de arte menor, que ilustran lo tratado con anterioridad. La tendencia al anecdotismo y a la forma autobiográfica serían otras características tomadas de la literatura árabe medieval.

El collar de la paloma, libro de Ibn Hazm de Córdoba. Según las tesis iniciales —que luego matizaría en una revisión de su libro, titulado ahora La realidad histórica de España— de Américo Castro, Juan Ruiz habría conocido este tratado sobre el amor de este musulmán cordobés del siglo XI, del que pudo haber tomado la forma de la autobiografía amorosa y la alternancia —anteriormente mencionada— entre lo narrativo y lo lírico. Además, recogería de él algunos tópicos del amor, figuras como la alcahueta (los nombres con que son conocidas estas terceras, sus costumbres, etc.), los guardianes, el mensajero que sustituye a su amo… o temas como los efectos que el amor produce en el amante:

Para Américo Castro El collar de la paloma guarda semejanzas con el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita en el que Castro ve un reflejo de la estructura literaria de la obra de Ibn Hazm. La narración seguida de glosa moral, la reiteración de temas análogos, el doble y reversible sentido de cuanto se dice, todo ello se encuentra en El collar… y en otros tratados árabes de ascética y mística.

Es sin duda, una tarea arriesgada intentar establecer un paralelismo entre dos libros, de tan magnífica importancia, como son el Libro de Buen Amor y El Collar de la Paloma. Sabemos que son varios los siglos que separan a ambos; Ibn Hazm, autor del Collar vive entre el 994-1064 d.C.; y Juan Ruiz entre 1295-1333? d.C. Los dos libros tratan el tema del amor, y coinciden en varios puntos; los dos son producto de una experiencia personal, y la “alternancia del verso y la prosa (en El Collar…) es equivalente al Libro de Buen Amor a la alternancia entre lo lírico y lo narrativo, la falta de límites precisos entre amor espiritual y amor físico, la presencia de intermediarios y terceros…”

El libro de Ibn Hazm se conserva en una refundición del s.XIV, pero Castro ignora si Juan Ruiz lo conoció por tradición escrita u oral, viva ésta última en cualquiera de las miles de personas capaces de entender lo esencial de ambas lenguas.

Por su parte, Sánchez Albornoz no está de acuerdo en enmarcar el libro del Buen Amor en la tradición literaria hispano-arábiga. Para don Claudio existen grandes diferencias tanto en la vida como en las obras de Juan Ruiz y de ibn Hazm. Este último tuvo, como vimos, una vida inquieta, muy opuesta por tanto a la del clérigo castellano: sedentario, cauto, humilde, anclado en lo popular y contagiado del naciente espíritu burgués.

Y esta misma divergencia se observa en sus obras. El poeta cordobés tiene del amor la ambigua idea de los andaluces de su generación, que no excluía las «amistades particulares», ni la sentimental inclinación de varón a varón. Mientras que en la obra del Arcipreste de Hita triunfa la simplista concepción heterosexual del amor de la Castilla de su época, enmarcada en la monogamia y a lo sumo claudicante ante la barraganía.

Sánchez Albornoz piensa que si el Arcipreste hubiese conocido la obra de Ibn Hazm habría tenido a su disposición una magnífica e inagotable cantera de ideas, reflexiones, noticias que aprovechar en su Buen Amor. Respecto a la figura de Trotaconventos, Sánchez Albornoz piensa que la tercería debió de estar muy arraigada en la corrompida sociedad del primer siglo del Imperio Romano e iría creciendo a medida que la renovación de la moral por obra del cristianismo y la crisis creciente de la vida urbana fueron dificultando el libre juego del amor. Por lo que afirma que de la España musulmana sólo aceptaron los cristianos el nombre, no la institución, como ocurrió con otros términos.

Américo Castro afirma que Juan Ruiz en el Libro de Buen Amor había dado un contenido cristiano a lo que está expresado en el Collar de la Paloma de Ibn Hazm. La combinación de lo alegre y lo moralizante en el Libro de Buen Amor, lo atribuye Castro a la familiaridad del Arcipreste con la vida islámica, de los que se conocen muchos casos. También califica la obra de Juan Ruiz como didáctica, diciendo: “es didáctica, porque es también didáctica y sermoneadora la literatura islámica”.

La combinación de lo narrativo y lo lírico en el Libro de Buen Amor, para Castro, no es más que el eco de obras árabes que alternan entre el verso y la prosa, como es el caso de Las Mil y Una Noches o la obra de Farazdaq, un poeta del siglo VII. Para Castro, “es islámica la idea central del libro, o sea, la experiencia erótica en doble vertiente, impulso sensual, freno ascético”.

En resumen, Castro piensa que el libro del Arcipreste se mueve de una manera clara, en un ambiente mudéjar.

En cambio, Claudio Sánchez Albornoz tomó una postura totalmente opuesta a la de Castro, negando muchas de las influencias árabes en el libro y rechazando totalmente cualquier vinculación entre el Buen Amor y el Collar. Albornoz adopta la tesis del traductor del Collar E. García Gómez que califica de muy discutibles las influencias del Collar en el Buen Amor.

El concepto del amor para Ibn Hazm es un motivo de polémica para Albornoz que rechaza la tesis de Castro, este último califica el amor de Ibn Hazm de exquisito, diciendo de él: “convierte la experiencia sentimental en un ocaso irisado de bellezas”.

En cambio, Albornoz pone en duda que Ibn Hazm haya sido un adepto de la teoría udrí sobre el amor, y piensa que “el asceta cordobés tiene del amor la ambigua idea de los andaluces de su generación; que no excluía las “amistades particulares”… se proyecta desde la poligamia al lícito coito con esclavas”.

Pero se puede apreciar a través de la obra de Ibn Hazm que el amor es para él, casi siempre, un sentimiento noble y elevado, es la unión de los seres, una unión espiritual antes de ser corporal.

Por otra parte, Albornoz afirma que “ninguno de los pasajes del Buen Amor, que Castro cita, tiene en verdad vinculación directa con los del Collar por él alegados”. Esta afirmación carece de base y fundamento porque esta supuesta relación directa, quizá, se revele algún día.

Y pone Albornoz en duda el enraizamiento del Libro de Buen Amor en la tradición hispano-islámica, y la frecuente aparición del tema de la tercería amorosa, punto que todos los estudiosos resaltaron y vieron en él una influencia clara de la vida popular y la tradición islámica. “Es indudable que no pudo dejar de tener influencia en Juan Ruiz la literatura y autores árabes…. Juan Ruiz no necesitaba mencionar en su libro a los autores árabes y a sus trabajos para que reflejaran tal influencia, como tampoco se desprende que los citados por él le hayan marcado un sello distintivo, pues su obra es una auténtica creación con contenido popular y significación de lo social de España”.

Existe una cierta cantidad de elementos y huellas árabes en el Libro de Buen Amor, que se manifiestan en el léxico y en la cantidad de arabismos que el Arcipreste usa en sus estrofas, los cantares, bailes, etc. Algunos de sus personajes como la mora visitada por Trotaconventos y algunos conocimientos del Arcipreste se deben a las fuentes árabes, o por lo menos a la convivencia con la cultura popular como, por ejemplo, sus conocimientos astrológicos… etc.

Estas influencias no son de extrañar, si tenemos en cuenta la época en que fue escrito el libro y las circunstancias que rodearon a su autor. En el siglo XIV Castilla y especialmente Toledo, donde realizaba el Arcipreste sus actividades religiosas, fueron lugares donde convivieron la cultura cristiana y la musulmana y se fundieron y mezclaron, dando lugar a unas influencias mutuas que encontramos en la lengua, las costumbres y la forma de vida.

Sobre las influencias de El collar de la Paloma de Ibn Hazm en el Libro de Buen Amor, si no tenemos pruebas suficientes de que el primero fue una fuente fundamental para el segundo, sí tenemos bastantes huellas de influencias, paralelismos, coincidencias, etc. entre las dos obras.

En resumen, encontrar influencias musulmanas o árabes o algún elemento de lo musulmán o lo árabe en el Libro de Buen Amor, no le resta valor, como lo han interpretado y comprendido algunos investigadores y estudiosos que han intentando alejarlo de cualquier clase de tales influencias, negando ciegamente toda relación con lo árabe y lo musulmán.

Américo Castro, hace tiempo, señaló una serie de correspondencias entre El collar de la paloma y el Libro de Buen Amor. Por su parte, Emilio García Gómez, en el prólogo a su traducción de la obra de Ibn Hazm, repite el cotejo, pero suprime algunas comparaciones que, a su juicio, le parecen insignificantes o forzadas. Entre las que García Gómez considera representativas figura la siguiente, perteneciente al capítulo 11, que lleva por titulo: “Sobre las señales del amor”.

Otra de las señales [del amor] es que el amante dé con liberalidad… Por el amor los tacaños se hacen desprendidos; los huraños desfruncen el ceño; los cobardes se envalentonan; los ásperos se vuelven sensibles; los ignorantes se pulen; los desaliñados se atildan, los sucios se limpian; los viejos se las dan de jóvenes.

El amor faz sotil al ome que es rudo
fázele fabrar fermoso al que antes es mudo,
al ome que es cobarde fázelo muy atrevudo,
al perezoso faze ser presto e agudo,
al mançebo mantiene mucho en mançebez
al viejo faz perder muy mucho la vejez.

[estrs. 156-157]

Pero estas señales del amor, según la concepción de Ibn Hazm, no sólo fueron conocidas en la España cristiana, sino también en la Francia de Oc y de Oil. Mucho antes que el Arcipreste de Hita, se hablan hecho eco del juicio de Ibn Hazm otros autores de allende el Pirineo.

De El collar de la paloma, del párrafo anteriormente citado y otros, encontramos referencias y paralelismos en la célebre obra de Andreas Capellanus o Andrés el Capellán denominada De amore ,que está tan próxima a Ibn Hazm como alejada de Ovidio, en el capítulo de significativo título, “Quis sit effectus amoris” (¿Cuáles son los efectos del amor?), se dice así:

Effectus autem amoris hic est, quia verus amator nulla posset avaritia offuscati; amor horridum et incultum omni facit formos también itate pollcre, infimos natu etiam morum novit nobilitate ditare, superbos quoque solet humilitate beare”

[Éste es el efecto del amor, ya que el verdadero amante no puede ser ofuscado por la avaricia; el amor hace que el rudo e inculto brille con toda hermosura, sabe también enriquecer a los de ínfimo nacimiento con nobles costumbres, y también suele proporcionar humildad a los soberbios.]

El paralelismo con el texto anterior del poeta cordobés parece significativo.

Casi nada sabemos de Andrés el Capellán. El único dato de su vida que parece seguro es que fue capellán de la corte real de Francia, pues así se nombra a si mismo en el primer libro de su tratado De Amore: «Capellani regii Francorum de Amore libri tres»; y como capellán de la corte francesa aparece también en numerosas cartas datadas entre los años 1182 y 1186, en una de ellas junto a la condesa María de Champagne, hija de Leonor de Aquitania y de Luis VII, rey de Francia. G. Vinay, basándose en la lectura de ciertos párrafos del tratado de De amore, piensa que Andrés el Capellán viajó mucho: “Mundi namque partes plurimas circuivi” [He recorrido muchas partes del mundo]. De ser cierta esta noticia, y no literaria, podríamos pensar que Andrés hubiera podido haber conocido en España o en el Oriente de las Cruzadas la obra de Ibn Hazm, escrita en el año 1022. Bastante más de un siglo después, tal vez cerca de dos, debió escribirse, en cambio, el tratado de Andrés el Capellán, aunque no sabemos a ciencia cierta la fecha de su composición. Según R.R. Bezzola fue redactado entre los años 1184 y 1186. Según G. Vinay la composición se llevó a cabo en un periodo más largo, quizás entre 1174 y 1198, fechas de una carta enviada por Maria de Champagne, citada en la obra, y de la muerte de la misma respectivamente.

Pero lo único seguro es que fue compuesta antes de 1238, año en que Albertano de Brescia se refiere al tratado De amore en su obra De dilectione Dei et proximi el aliarum rerum et de forma honestae vitae, y, tal vez, no mucho antes si aceptamos la opinión de P. Dronke, según la cual obras como la Disputa de Filis y Flora, el Concilio de Remiremont, el Facetus o el Pamphilus fueron conocidos por Andrés el Capellán.

En cuanto al contenido del tratado De amore, pueden señalarse vagas relaciones, a veces insignificantes y forzadas, con las obras de Ovidio. Pero el escaso valor probatorio de estas relaciones, que aluden por lo general a lugares comunes, puede deducirse de los ejemplos que se citan a continuación:

Andrés el Capellán hace alusión a los temores que asaltan al enamorado: «Pues teme que, si fuese pobre, su dama desdeñe su pobreza; si es rico, sienta un gran temor de que su pasada avaricia le perjudique; y, a decir verdad, no hay nadie que pueda describir los temores de un enamorado». En este pasaje se ha querido ver un eco de Ovidio: «Pocos placeres y muchas penas, es el lote de los amantes; preparan pues el ánimo para numerosas pruebas» (Ars Amandi, II, 515-517)

Según el tratado De Amore, el amante empieza a figurarse la forma del cuerpo de su amada, a detallar sus miembros, a imaginarse sus actos y a indagar los secretos de su cuerpo, deseando gozar plenamente de cada una de sus partes. Afirma Andrés el Capellán que los abrazos escasos y difíciles acrecientan el deseo de los enamorados e incrementan su pasión. Sin celos no puede existir un amor verdadero, declara Andrés el Capellán y añade que el amor aumenta si uno de los amantes se muestra irritado con el otro. Se crítica a la mujer que sólo ambiciona el dinero del amigo. Es causa que incrementa el amor, según Andrés el Capellán, la facilidad para decir cosas bellas… datos todos ellos, entre otros muchos que se encuentran en el Ars Amandi de Ovidio.

Todos estos ejemplos, que suponen relaciones tan vagas entre las obras de Ovidio y el tratado De amore de Andrés el Capellán, no prueban una influencia del primero sobre este último. Con esto no se quiere decir que el autor del De amore no conociese algunas de las obras de Ovidio, cuando menos parcialmente, pues sabido es que el autor latino despertó cierto interés en el siglo XII, y de hecho Andrés el Capellán reproduce algunas citas textuales de Ovidio, pero es curioso observar, que sólo una es atribuida paladinamente a Ovidio. En los otros casos se citan como si se tratasen de proverbios antiguos o tradicionales. Esto quiere decir, que Andrés el Capellán, en muchos casos, no conoció directamente las obras de Ovidio, sino que tuvo noticia sólo de sentencias parciales, que ni siquiera sabe suyas, a través de colecciones proverbiales eruditas, que circulaban entre los escolares de la alta Edad Media. Todo ello demuestra que el conocimiento aún de Ovidio era muy superficial en la obra de Andrés el Capellán. Y si era superficial el conocimiento del autor del Arte de amar, mucho más superficial fue su conocimiento de otros autores clásicos, que se citan como fuentes (Aristóteles, Virgilio, Horacio, Juvenal o Séneca), de los que no se pueden apenas señalar sino relaciones vagas y tópicas.

Coetáneo de Andrés el Capellán, es otro testimonio poético referente a los efectos del amor, en relación igualmente con la doctrina de Ibn Hazm. Efectivamente, un trovador provenzal, Aimeric de Peguilhan, quien por una aventura amorosa tuvo que huir de su país, refugiándose en Cataluña, desde donde pasó a Aragón, donde tributa elogios a Pedro el Católico, y después a la corte de Alfonso IX de Castilla, donde fue bien acogido y agasajado. Directamente, pues, en España pudo conocer la doctrina de Ibn Hazm, sin necesidad de ser deudor de Andrés el Capellán. En uno de sus poemas afirma, como el poeta de Córdoba, que el amor hace del necio elocuente, del avaro generoso; al truhán lo convierte en hombre fiel, al loco en sabio, al tonto en erudito, y el orgullo.

Todos estos ejemplos son testimonio de las interferencias de la cortesía árabe en la europea, más moderna que aquella. Efectivamente, de una conjunción feliz entre la antigua castidad o amor udrí, practicado por la tribu preislámica de los Banu ‘Udra o “Hijos de la Virginidad”, cuyo norte erótico, en definición de Emilio García Gómez”, era una mórbida perpetuación del deseo, del nasib o poesía amorosa de la casida clásica, del espíritu iraní y de las ideas neoplatónicas nacidas en el siglo XIII, en Alejandría y adoptadas desde muy temprano en medio iraquí, nace el espíritu cortés. En Bagdad, en el siglo Xl, el teólogo Ibn Dawud de Isfahán, en su Kitab al-Zahra o Libro de la flor, hizo la primera sistematización poética del amor platónico. Más tarde, en Al-Andalus, Ibn Hazm codifica el amor udrí en su delicioso El collar de la paloma. Varios siglos antes que en la lírica provenzal, se codifica, pues, en el mundo islámico el amor platónico, que se rige por iguales normas en ambos mundos.

En resumen, para Américo Castro el doble aspecto del libro refleja la doble herencia de culturas distintas: el conflicto entre el impulso vital y sensual heredado del ambiente islámico y el freno que le imponía la moral cristiana.

Sus tesis recibieron enseguida el apoyo de otros críticos. Oliver Asín mostró cómo el nombre de la monja doña Garoza deriva del árabe “alaroza”, que significa “la novia”; en este pasaje, Juan Ruiz muestra así mismo su familiaridad con las costumbres árabes, especialmente el uso de instrumentos musicales y formas de composición literaria —canciones de tema amoroso—. Dámaso Alonso estudió las características del prototipo de mujer bella que describe Juan Ruiz [estrs. 431-435], señalando numerosos rasgos que provenían, no de la literatura europea, sino de las descripciones habituales en la literatura árabe de la época.

La tesis contraria a la de Castro la defendió Claudio Sánchez Albornoz. En su libro España, un enigma histórico, rechaza frontalmente la influencia del libro de Ibn Hazm, así como que Juan Ruiz tomara ciertos temas de la literatura árabe, mostrando nuevas similitudes de la obra del Arcipreste con la literatura europea en lengua latina y romance. Para el hispanista inglés Gybbon-Monypenny, la forma autobiográfica del libro no vendría tampoco de la literatura árabe, sino de la europea, y cita como ejemplo la Vita Nuova de Dante y otros textos que se ven influidos por el amor cortés. Estas obras tomaban en serio el amor cortés, y el libro de Juan Ruiz no sería sino una versión paródica del mismo tema. Actualmente es Francisco Rico quien defiende con mayores argumentos la tradición occidental del Libro de Buen Amor. Para este crítico, la estructura de la obra se relaciona con la forma en que se conocieron las obras del corpus eroticum de Ovidio. Tanto en los libros de éste —el Ars Amandi, los Remedia Amoris, etc.— como en los falsamente atribuidos a él —especialmente De Vetula, el Ovidius puellarum o el mismo Pamphilus— pudo hallar perfectamente nuestro Arcipreste el modelo inspirador de la autobiografía amorosa didáctica e irónica, así como numerosos tipos literarios de los que aparecen en su libro, empezando por los distintos tipos de alcahuetes. Incluso en el único rasgo realista del retrato que del Arcipreste hace Trotaconventos (“la su nariz es luenga, esto le desconpón” [estr. 1486d] puede haber una alusión al segundo nombre de Ovidio: Nasón, es decir, “narigudo”. Además, la misma Biblia ofrece bastantes ejemplos que apoyan la eficacia de una enseñanza que se basase en la primera persona.

Por su parte, María Rosa Lida de Malkiel afirma que Juan Ruiz tuvo como modelo las maqãmãt de los poetas hispano-hebreos de los siglos XI y XII, y en especial el Libro de las delicias, del judío barcelonés Yosef ben Meir ibn Sabarra, compuesto en la segunda mitad del siglo XII, donde protagonista y narrador aparecen fundidos en un solo personaje, identificado con el autor, que actúa como eje de una acción en que se encuadran aforismos, proverbios, relatos paródicos, cuentos y fábulas, con una combinación del verso lírico y la prosa rimada.



http://jaserrano.nom.es/LBA/

Troveros y Trovadores



Trovadores y Troveros


En Francia durante el siglo XI tenemos a los Trovadores y Troveros. La principal diferencia entre ambos está dada en el dialecto en que se expresaban, respectivamente en la lengua de oc y en la lengua de oil (ambos términos: "oc" y "oil", significan "sí" en los respectivos dialectos). Ambos constituyen la más típica expresión de la vida cortesana y eran considerados poetas auténticos y creadores líricos, siempre en la búsqueda de rimas y ritmos (el primero de estos poetas de quien conocemos composiciones es el príncipe Guillermo IX (1071-1127), Conde de Poitiers), y eran tratados como clase privilegiada, al estar sólidamente introducidos en el ámbito aristocrático de la corte francesa.

Claro que entre ellos existen más diferenciaciones: los Trovadores -que eran propios del Sur- nos brindan una lírica sentimental y amorosa, mientras que los Troveros -situados al Norte- nos ofrecen una poesía heroica y caballeresca junto con la descripción de acontecimientos épicos y cortesanos.

Con un incremento notable en el número de composiciones trovadorescas (se conocen más de 300 poetas), Trovadores y Troveros eran consideradas figuras importantes, en contraposición con aquella del Juglar, vagabundo profesional, histrión y saltimbanqui, algo así como una versión burlona y grotesca de los dos primeros.

Y fue tan grande el éxito de la lírica y de la música trovadoresca que comienzan a ser recibidos en diversas otras cortes: son acogidos en las cortes españolas y en las del norte y sur de Italia, y llegan hasta Alemania, Inglaterra, y al imperio romano del Oriente. Tal era su popularidad que se pusieron muy pronto de "moda", dando lugar a un crecido número de interesantes imitaciones, y el modelo francés adquirió una universalidad tal que hasta los mismos autores italianos pusieron música a textos en lengua francesa. Otro ejemplo se da en Alemania, donde la canción trovadoresca encontró un terreno particularmente fecundo y dio origen a un género afín: el Minnesang, y surgen así los Minnesänger, la versión alemana de estos Trovadores y Troveros franceses.

Así está dado entonces el camino de la poesía en los primeros siglos siguientes al año 1000, en los que se observa un constante deseo por alcanzar horizontes más abiertos y libres. Y en este marco nace pues la obra musical y poética de los Goliardos, que eran estudiantes nómades que recorrían Europa, solos o en grupos, atraídos por la fama de cualquier centro de estudios o célebre maestro (claro que esta costumbre duró hasta mediados del S XIII, cuando la fama creciente de las Universidades de Bologna, París y Oxford -entre otras- los impulsó a convertirse en sedentarios y fijar su residencia cerca de ellas). A través de textos en latín cantados en coro y en diálogo, los Goliardos hacen una poesía juvenil, exaltando temas espirituales, políticos y morales, como así también el vino y el amor, en un intercambio continuo entre elementos sagrados y profanos. La mejor colección de los cantos goliárdicos son los Carmina Burana, que -a pesar de llegar a nosotros en una notación musical imposible de descifrar- se han rescatado unas poquísimas excepciones, melodías que fueron tomadas por compositores modernos, y que han dado la posibilidad de que sean conocidas por nosotros hoy en día.

Marisol Gentile
Directora y Compositora

Extraído de:
http://www.rosariarte.com.ar/contenidos/index.php?nota=84

I.F.D. Borges

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