domingo, 27 de diciembre de 2009

Beowulf - Resumen



Beowulf






Es el héroe de un poema épico anglosajón. Protagoniza el primer poema épico compuesto en una lengua europea ya que se cree que fue escrito hacia el siglo V por anglosajones, incluso antes de que invadieran la actual Inglaterra. El único manuscrito que existe data del siglo IX o X.

El argumento:

Hygelac era rey de los Jutos y su sobrino era Beowulf. Ya siendo muy joven, Beowulf dio muestras de su gran valor en una batalla contra los suecos.

Pero su primera gran hazaña consistió en su lucha contra Breka (uno de los nobles de la corte de su tío). Los dos empezaron una lucha a espada. En el fragor de su batalla terminaron por sumergirse en las aguas del mar, donde siguieron luchando. Cinco días enteros estuvieron nadando y peleando, hasta que una tempestad les separó. Breka fue arrastrado a la orilla, pero Beowulf lo fue hacia unas colinas, donde resistió el embate no sólo de las olas, sino de las hostiles ondinas y otros monstruos marinos que le atacaron. Cuando ambos contendientes regresaron ante el rey y contaron su historia, Breka recibió un premio, pero a Beowulf su tío le regaló su preciada espada, Nägeling, y fue reconocido por todos por su extraordinario valor.

Un día llegó a su corte un trovador que contó lo siguiente:

Para celebrar el fin de la construcción del castillo de Heorot, el rey de Dinamarca, Hrothgar, había celebrado un gran banquete en el salón principal del castillo. Una vez acabado este, todos se retiraron a descansar dejando en el salón un cuerpo de guardia de los 32 hombres más valerosos del reino. Cuando por la mañana los sirvientes entraron, vieron con horror que todas las paredes estaban manchadas de sangre, de los hombres no había ni rastro y sólo se veían unas gigantescas pisadas ensangrentadas que se dirigían a las aguas de un lago. Todo parecía obra de un terrible monstruo: Grendel, que había sido expulsado hacía años por un mago, pero que había vuelto. El rey ofreció una cuantiosa recompensa por matar al monstruo, pero nadie se había atrevido a ello. Beowulf se sintió enseguida atraído por la empresa y se embarcó rumbo a Dinamarca acompañado por catorce hombres. Llegados ante el rey Hrothgar, fueron recibidos con gran alegría y después de un gran banquete el rey y su séquito abandonaron el salón quedando en él solamente Beowulf y sus compañeros. Todos los compañeros terminaron quedándose dormidos, solo Beowulf veló durante toda la noche. Casi amanecía ya cuando Grendel apareció silenciosamente. Arrancó de un tirón los cerrojos y las barras que protegían la puerta y abalanzándose dentro del salón agarró y devoró a uno de los durmientes. Agarró después un segundo cuerpo, el de Beowulf. Se entabló en la oscuridad una terrible lucha entre ambos, en la cual Beowulf consiguió arrancar de cuajo el brazo de su adversario. El monstruo huyó, herido de muerte, hacia su guarida en el lago, dejando tras de si un rastro de sangre. Cuando amaneció tanto los compañeros del héroe como el rey y su corte contemplaron asombrados el tamaño y la fuerza del brazo del monstruo, el cual colgaron del techo de la sala. Todo fueron felicitaciones y regalos y se festejó la victoria con un banquete. Tras él, todos se fueron a dormir, dejando a los hombres del rey de guardia, pues se creía que ya no había ningún peligro. Pero en el silencio de la noche otro monstruo apareció. Era la madre de Grendel, que silenciosamente cogió el miembro cortado de su hijo y se marchó del lugar, no sin antes llevarse a Asker, el amigo más intimo del rey. Llegada la mañana Beowulf se ofreció para ir a matar a la madre de Grendel en el propio refugio de esta. Siguió el rastro de sangre, hasta que llegó a una colina que sobresalía en las aguas de un pozo. En lo alto de la colina estaba la cabeza de Asker, para anunciar a los que se aventuraran en el lugar de la suerte que les esperaba. Beowulf se zambulló en el pozo y a su paso salían innumerables monstruos que le atacaban y a los que iba matando con su espada. Por fin la lucha fue con la misma madre de Grendel, a la que el héroe pudo cortar la cabeza. Se adentró en una cueva y encontró a Grendel que aún agonizaba y le cortó también la cabeza. Llevándose la cabeza nadó hacia el exterior, tarea nada fácil pues las aguas al mezclarse con la sangre de los monstruos muertos había alcanzado tal temperatura, que se le derritió la espada. Al volver ante el rey con este trofeo todo fue alegría y agasajos. El rey hizo a Beowulf y a sus hombres numerosos regalos y todos juntos se volvieron felices a su tierra.
Pasaron varios años en paz, allá en su tierra, hasta que los frisios empezaron a atacar las costas del reino. Saqueaban y quemaban todo a su paso para volver luego a sus barcos y huir con rapidez. El rey Hygelas y Beowulf decidieron invadir el reino de Frisia. Pero en esta invasión el rey Hygelas fue muerto en una emboscada de los frisios y Beowuf hubo de volver a su tierra. La viuda del rey, preocupada por las posibles discordias que pudieran producirse en el reino por la falta de un rey fuerte (Hardred hijo y heredero del rey Hygelac era aún un niño) ofreció la corona a Beowuf, pero este se negó y levantando sobre su escudo al pequeño Hardred, declaró que le protegería y reconocería como rey toda su vida. Hardred llegó a la mayoría de edad y fue un gran rey. Pasaron años de paz hasta que llegaron al reino dos hijos del rey Othere, que se habían rebelado contra su padre. Hardred les dio refugio, pero cuando les propuso que hicieran las paces con su padre, el mayor sacó la espada y mató a Hardrer. Uno de los seguidores del rey mató al asesino, pero el pequeño de los hermanos, Eadgils, logró huir.
Esta vez Beowulf aceptó la corona. Eadgils se había convertido en rey de Suecia y vino con un ejército a vengar la muerte de su hermano. La expedición fue aniquilada por Beowulf y Eadgils murió en la lucha.
Beowulf proporcionó cuarenta años de paz, y siendo ya anciano le llegaron noticias de que en unas montañas cercanas se guarecía un dragón que estaba asolando la comarca. Los lugareños le pidieron que les librara del monstruo, y a pesar de su avanzada edad, no quiso negarse. Beuwulf fue a su guarida y le retó al combate. Pero las fuerzas del héroe ya no eran las de antaño, y la batalla sobrepasaba sus posibilidades. Sólo consiguió matarle gracias a la ayuda de su fiel amigo Wiglaf. Pero Beowulf había sido tan malherido que comprendió que no sobreviviría. El dragón escondía en su guarida un enorme tesoro que sería para su pueblo, por lo cual el héroe murió feliz, porque perdía la vida en una aventura heroica, que había además proporcionado riquezas materiales a su pueblo.
Fue enterrado según su voluntad, en un montículo, desde el que podía verse el mar y que llevaría su nombre.
Skalunda: Túmulo de Beowulf en Suecia

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Este pequeño video lo realicé para mostrar imágenes relacionadas con el texto. La música es de la Edad Media. El resumen es breve, pero contiene lo básico.


Para descargar el libro completo, traducido por Lerate:

El Cantar de los Nibelungos - Resumen




EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS

El príncipe Sigfrido de Niederland, de las tierras bajas, es el protagonista ausente de "La canción de los nibelungos", apuesto doncel y noble guerrero de sangre real, el involuntario causante del dramático desenlace de la historia legendaria, la razón esgrimida en una poética explicación dada a la desaparición histórica de la nación burgunda ante el huno Atila. La princesa Crimilda de los burgondos, la dama de Worms, es el objeto de su amor, la doncella soñada, la bella virgen de la cual se enamora perdidamente Sigfrido por las referencias que le han llegado de su inigualable hermosura. Los dos jóvenes se enamorarán mutuamente y su matrimonio será pronto un hecho. Brunilda es una extraña reina de Islandia, tan bella como brutal, que ofrece su mano a quien pueda vencerla en combate mortal, pero que caerá irremisiblemente rendida ante Gunther, el enamorado hermano de Crimilda, pero sólo por la astuta y mágica intervención de Sigfrido, y ese insólito romance también se saldará con el matrimonio deseado, para satisfacción de Gunther. La historia hubiera acabado felizmente ahí, pero las consideraciones de un honor arbitrario y, más que nada, la intromisión de las nada deseables voluntades femeninas en el mundo brutal e inflexible de los hombres germánicos, harán que todo un pueblo se inmole para dar cumplida satisfacción a una venganza sanguinaria que tiene su excusa y primer origen, en un acto tan trivial como es el protocolo real por el que se compite, para establecer el orden oficial de entrada en la iglesia de las dos damas centrales de nuestra historia, las cuñadas rivales Crimilda y Brunilda, complicado luego con la muerte alevosa del buen Sigfrido. Junto a ellos está, en un puesto destacado, el indefinible personaje de Hagen, brazo armado de Gunther, que hace alternativamente de héroe y de villano en la historia, al ser primero el ejecutor cobarde de Sigfrido y, más tarde, el heroico paladín del rey Gunther cuando llega la hora de la lucha final, al ponerse en marcha la máquina sangrienta de la traición final, el postrer acto del poema, con la ejecución del plan inmisericorde e innoble de la vengativa Crimilda.

EMPIEZA LA HISTORIA DE SIGFRIDO

Con la descripción del apuesto príncipe de Niederland da comienzo el poema. Su virtud es la más digna de un héroe germánico: reside pues en la potencia de su brazo y en su incansable bravura ciega, sumada a la permanente capacidad juvenil de dar muerte a quien quiera ser su rival, sea en una batalla campal o en un amistoso torneo entre caballeros. Matar en combate es la mejor tarjeta de presentación de alguien que quiera refrendar su noble origen y su limpia ejecutoria en el mundo de las tribus germánicas, tan poco versadas en letras, pero tan eternamente dispuestas a dar o recibir la muerte. Porque la muerte a manos enemigas es el mejor camino de los pueblos germánicos para llegar al paraíso celestial, a la más alta gloria de Dios, a lo que hasta hace sólo unos pocos siglos todavía se llamaba Valhalla. Ahora, en plena vigencia de la cristianización, se ha olvidado el papel jugado por la mitología de los dioses batalladores, porque sólo se admite la presencia del dios de los cristianos, y su intervención queda reservada para el combate contra los infieles, o cuando es necesario recurrir a su arbitraje, en aquellos juicios de Dios, en los que -cómo no- el tribunal es una arena y la muerte del rival es la mejor sentencia posible, porque va refrendada por el invisible sello de Dios. No queda, pues, sitio para el recurso a Thor, Odín o las Valkirias, pero se mantiene la idea esencial de la santificación de los hombres por el ejercicio constante y, hasta sus últimas consecuencias, de las armas. Pero, ahora, a Sigfrido no le mueve en su aventura la búsqueda de una confrontación contra un par de la caballería, sino la relatada belleza de la hermosa Crimilda, una princesa de Burgundia, hija del fallecido rey Dankrat y de la reina Uta, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher.

SIGFRIDO LLEGA A WORMS

Sigfrido, Sigfrid, hijo de Sigmond y Siglind, reyes de Niederland, era un príncipe apuesto y valeroso; un joven deseado entre las más nobles vírgenes de la corte de Santen, pero él no podía ni siquiera conceder su atención a aquellas doncellas, porque su inquieto corazón estaba en Worms, allí donde moraba la dulce Crimilda. Los reyes de Niederland quedaron preocupados con la revelación de su hijo, puesto que los burgondos eran gente temida y, entre ellos, destacaba el terrible barón Hagen, un adversario casi imposible de vencer. Pero Sigfrido, una vez que hubo comunicado su irrevocable decisión, preparó su marcha a Worms, con la sola escolta de una docena de hombres. Con ellos cabalgó a su destino, dirigiéndose a la corte del rey Gunther sin más dilaciones. El rey lo recibió, una vez que fue informado de la identidad de su visitante, para conocer la razón de su viaje, y el intrépido Sigfrido, sin más preámbulos, respondió que quería probar la afamada destreza del rey de los burgondos con las armas, seguro como estaba de vencerlo y hacerse con su reino y sus gentes. Los nobles quisieron lanzarse sobre el osado Sigfrido, pero el tenso ambiente pronto se calmó y Sigfrido, el bravo e insolente caballero de las tierras bajas fue admitido como huésped de la corte de Worms, aunque su estancia se alargaba y él no llegaba a ver, aunque fuera en la distancia, a su amada Crimilda. Todo cambió cuando se supo en Worms de la llegada de una tropa de daneses y sajones que venían contra Worms. Enterado Sigfrido, ofreciese a Gunther para estar a su lado en esa confrontación que se avecinaba dura y peligrosa, aconsejándole que diera vigorosa respuesta a la afrenta de los daneses y sajones, y pidiendo a su rey Gunther el honor y la responsabilidad de poder bien servirle al mando de una tropa de mil guerreros con la que defender la Burgondia. Con ellos salió a castigar a los sajones, matando docena tras docena de enemigos, hasta capturar al rey Ludeger. Los daneses, al conocer la rápida victoria de Sigfrido, acudieron en ayuda de sus aliados sajones, pero también Sigfrido presentó combate y los venció con facilidad, rindiendo a su jefe, el rey Ludegast. Terminada la batalla, los dos sometidos soberanos fueron llevados a la corte de Worms, como prisioneros de guerra, para mayor honra de su señor Gunther de Burgondia.

DE RIVAL A LEAL AMIGO

La noticia de la victoria no sólo alegró al rey Gunther y a sus súbditos; la princesa Crimilda también quedó emocionada al conocer la hazaña de Sigfrido "el fuerte", de Sigfrido "el demonio", como le llamaban los pocos que habían combatido cerca de él y habían tenido la fortuna de sobrevivir. Ahora Sigfrido ya era el leal amigo y podía ser presentado a la princesa Crimilda, pues el rey su hermano no ignoraba su amor por ella. Al conocerse, ambos pudieron darse cuenta al instante de que el amor vivido por cada uno de ellos era un sentimiento mutuo. Sólo le faltaba al valeroso príncipe Sigfrido pasar por otra nueva prueba de armas, la prueba de rigor que le permitiera acceder a la mano de la princesa que acababa de conocer, y esta oportunidad soñada no tardó demasiado en presentarse. La ocasión de ganar el amor de la adorada Crimilda se llamaba Brunilda y era una reina tan bella como violenta, nada menos que la indómita soberana del lejano reino de Islandia. El rey Gunther la amaba en la distancia y necesitaba alcanzar su corazón. No era tarea sencilla, pues la singular reina exigía ser vencida en combate para conceder su corazón, y desgraciadamente, era tan fuerte como cruel, ya que muchos habían sido los nobles que habían pagado con su cabeza la derrota ante Brunilda. El rey Gunther era un temerario luchador, pero necesitaba de la ayuda de aquellos fieles voluntarios que quisieran arriesgarse con él en su intento. El buen Sigfrido, naturalmente, fue el primer caballero en ofrecerse incondicionalmente a su servicio, reclamando como única compensación, claro está, a Crimilda en matrimonio si la expedición resultaba favorable a los deseos de su rey y señor. Para completar la breve fuerza de acompañamiento, solicitó la presencia de los hermanos Hagen y Dankwart. También Sigfrido tomó algo más que nadie, salvo él conocía: un manto mágico arrebatado al enano Alberic, del país de los nibelungos, con el que podía hacerse invisible a la voluntad y quedar a cubierto de cualquier arma, por afilada que estuviera y por robusto que fuera el brazo que la empuñara. Sigfrido era invencible, pero en esta ocasión no trataba de conquistar prestigio para sí, sino la posibilidad de ganar el privilegio de ser el esposo de Crimilda.

LA VICTORIA SOBRE BRUNILDA

Así que estuvo preparada la tropilla, los cuatro valientes partieron en barco hacia Islandia y, tras doce días de travesía marina, estaban frente a sus costas, divisando maravillados la altiva fortaleza de Isenstein. Fueron inmediatamente recibidos por la reina Brunilda, que debía estar ansiosamente a la espera de emociones violentas. Apenas estuvieron ante ella, los recién llegados, por boca de Sigfrido, anunciaron la intención del rey Gunther de ganarse la mano de Brunilda, la mujer con fama de ser más fuerte que doce hombres. Aceptó feliz Brunilda el reto esperado, recordando a todos los presentes que el fallo de Gunther en cualquiera de las pruebas supondría automáticamente su muerte, pues nunca se daba cuartel al vencido y le propuso competir primero en un combate a lanza y, si lo superaba, después en el lanzamiento de una piedra hasta tan lejos como se pudiera, para más tarde tener que alcanzarla de un solo salto. Aceptadas que fueron las dos absurdas pruebas, Sigfrido llamó en un aparte a Gunther para informarle de que, gracias a la posesión de la capa del enano Alberic, él iba a convertirse en el invisible contendiente de Brunilda, mientras que el rey actuaría fingiendo ser él el único combatiente de Brunilda. Así se hizo y fue Sigfrido quien derrotó con suma facilidad a la reina Brunilda con la lanza tras un combate en el que ella veía asombrada cómo la fuerza de Gunther se multiplicaba hasta desarmarla. Más tarde, Sigfrido arrastró la piedra por el aire, para luego transportar a Gunther de la misma forma y a lo largo del mismo trecho. Cumplido el trámite, Gunther, supuesto vencedor, hizo saber a su amada y vencida Brunilda que ahora ya era su prometida en toda regla y, por tanto, ella debía cumplir lo pactado, siguiéndole de buen grado en su viaje de regreso al país de los burgondos. La derrotada reina, entristecida por su obligada marcha, pero aceptando el que creía justo resultado quiso despedirse de sus súbditos y pidió el tiempo necesario para hacerlo en buena forma y preparar su marcha definitiva hacia el país del que iba a ser su esposo, y en el cual ella seguiría manteniendo su real rango.

LA PREPARACIÓN DEL MATRIMONIO

Vencida Brunilda y otorgada por Gunther su hermana Crimilda en matrimonio, Sigfrido fue al país de los nibelungos a preparar un ejército que diera escolta a su rey, y para recoger del fabuloso tesoro de los nibelungos su propia dote. Sólo tuvo que vencer la oposición del guardián armado, pero eso no era más que un ejercicio de prácticas para el joven, movido como estaba por la felicidad de su próxima boda. Nadie más se opuso, ni siquiera el enano Alberic, ya despojado de su mágica capa y rendido de antemano ante el empuje de su antiguo vencedor. Eligió, pues, Sigfrido las más ricas joyas del tesoro de los nibelungos y exigió la escolta de los mejores mil hombres, con los que formó la majestuosa columna que debía pasar por Islandia para acompañar a su señor y a Brunilda, para más tarde arribar triunfal a Burgondia, a tono con la doble ceremonia que habría de realizarse. Dejando a los mil nibelungos en Islandia, Sigfrido se adelantó, para ser el primero que diera la noticia de la victoria de Gunther en Worms. La noticia fue acogida con júbilo y todo el país se aprestó afanosamente en los preparativos del matrimonio real. Toda la corte se volcó en las calles de la capital, para recibir a su rey y a quien iba a ser pronto su reina. Sigfrido, en la gran fiesta de recepción, recibió oficialmente la mano de su amada. En el mismo día se celebró el doble matrimonio y todo parecía ser perfecto, salvo una mirada triste de Brunilda, quien sufría viendo a la princesa Crimilda acompañada por el vasallo Sigfrido. Gunther trató de tranquilizar su pesar, advirtiéndola que se trataba de un príncipe de Niederland, amigo fiel como ningún otro podía serlo. La respuesta irritó a la brutal Brunilda, que abandonó la sala y se dirigió airada hacia su aposento seguida del atónito Gunther. Allí, en la soledad de la cámara nupcial, exigió una explicación a ese extraño -para ella- emparejamiento. El rey quiso demostrar su poder sobre la esposa, pero Brunilda no se dejó ganar la mano y zarandeó a su marido dejándolo después colgado de un garfio de la pared. Sigfrido, que había presenciado la primera parte del sorprendente enfrentamiento entre la recién casada y su marido, se envolvió en la capa de Alberic a tiempo de seguir a la real pareja hasta la intimidad de sus habitaciones, tratando de averiguar la razón de aquella súbita cólera de la inexplicable Brunilda. A la vista de lo que sucedía, apagó las antorchas y, actuando con rapidez en la oscuridad libró de su humillación a Gunther, para inmediatamente abalanzarse sobre la fiera Grunilda y propinarla una inolvidable paliza. Sin saber bien por que lo hacía, tal vez para descargar su ira ante tamaña desconsideración de la reina, Sigfrido aprovechó la situación para arrebatarla un anillo de su mano y el elegante cinturón que ceñía su talle. Los golpes ablandaron el genio de la reina y hasta la debieron hacerse sentir en su elemento, mientras que ésta, ignorante de nuevo de la invisible presencia de Sigfrido, pedía feliz y humilde perdón a su marido, al tiempo que le prometía eterno sometimiento a su real voluntad.

CUESTIÓN DE PROTOCOLO

Sigfrido y su esposa Crimilda partieron para el reino de Niederland, en donde ocuparía el trono que le transmitía su padre el rey Sigmund y también aquel otro ganado por su mano, el de los nibelungos. Sigfrido reinaría con rectitud y prudencia, y su esposa, la reina Crimilda le daba un hijo, al que se le impuso el nombre de Gunther, en recuerdo del noble rey de los burgondos, al tiempo que allí, Brunilda tenía también un varón, al que le fuera dado el nombre de Sigfrido, en homenaje a este héroe. Pero, a pesar de las apariencias no había quedado zanjado el asunto de la boda entre vasallo y princesa. Fue por esta razón por la que Brunilda volvió a insistir en que Sigfrido rindiera vasallaje a su señor y la mejor manera sería hacerle venir a la corte de Worms, con la excusa de un torneo entre caballeros. En mala hora aceptó el matrimonio la invitación de Gunther, pues la insistente Brunilda, tan pronto tuvo a su cuñada frente a sí, la hizo saber que Sigfrido no era más que el vasallo de su marido, pues así lo había oído ella de boca de Gunther al ser vencida en Islandia. Crimilda negó el vasallaje y se jactó de que en la ceremonia religiosa del día siguiente estaría situada por delante de su cuñada. Y fue cierto, Crimilda entró por delante de Brunilda en la catedral de Worms, humillándola delante de toda la corte. A la salida de los oficios, Brunilda exigió pública rectificación, pero Crimilda se limitó a mostrar aquella sortija y aquel ceñidor que Sigfrido hubiera arrebatado en la lucha con la airada dama, indicándola que ella, Brunilda, era la derrotada por su marido. Más encolerizada que nunca, Brunilda mandó llamar al rey Gunther para pedir explicación, pues ella creía firmemente que él era su doble vencedor. Gunther, al conocer la razón del alboroto, pidió la presencia de Sigfrido, para cuestionarle si era cierto que se hubiera jactado de su victoria. Sigfrido estaba ya listo para jurar ante su señor y amigo que nunca él había presumido de tales actos y aquello bastó para que Gunther interrumpiera el juramento, recuperada la confianza en quien siempre había demostrado su fidelidad, siendo culpable de todo lo sucedido su hermana Crimilda y su vana arrogancia.

SIGFRIDO PAGA CON SU VIDA

Gunther y Sigfrido seguían siendo inseparables, pero Brunilda y Crimilda estaban definitivamente enfrentadas. Hagen se acercó a su señora, para conocer la causa de su padecimiento y ésta le hizo saber que necesitaba satisfacer su sed de venganza con la sangre de Sigfrido. Entonces Hagen prometió dar fin a esa odiada vida con su propia mano, pero el rey y su corte -enterados de la promesa de Hagen- quisieron culpar a Crimilda y, sobre todo, evitar la posible respuesta violenta del invencible Sigfrido. Entonces todos se juramentaron para mantener en secreto la decisión de matarle, urdiendo un falso ataque extranjero a Gunther, para hacer que el héroe acudiera junto a su amigo y así poderlo matar a traición. En efecto, Sigfrido voló más que cabalgó hacia Worms, mientras Hagen se acercaba a la solitaria reina Crimilda, pretextando ser portavoz de la petición de perdón y de la gracia de su amistad por parte de la arrepentida Brunilda. Al tiempo, haciendo ver que quería guardar a Sigfrido del daño de un arma enemiga, consiguió que la ingenua Crimilda le revelase el punto débil de su marido, el único lugar de su cuerpo no bañado en la sangre del dragón que le había hecho invulnerable, en el centro de su espalda. Conociendo Hagen el punto exacto, todo lo que tuvo que hacer fue convencerle de que le acompañara en una pretendida cacería para, a traición, darle muerte con una lanza que clavó entre sus omoplatos. Después, el cadáver es llevado a Worms para dejarlo a la puerta de Crimilda, como un insulto añadido a su muerte. Con sólo ver que no hay más herida que la que le ha atravesado la zona que ella desveló a Hagen, Crimilda sabe que Sigfrido ha sido asesinado, y también, quién ha sido el que ha causado su muerte por la espalda; para probarlo, la viuda hace desfilar a todos los nobles de la corte de su hermano delante del féretro de Sigfrido. Cuando le tocó el turno a Hagen, la herida se abre y de ella brota la sangre reveladora. Crimilda ya no necesita ninguna otra señal, Sigfrido ha sido la víctima de Hagen y, tras de él, se esconde el odio de Brunilda. Crimilda comunica a los padres de Sigfrido que se quedará en Burgondia junto a la tumba de su marido y que no renuncia a la justa venganza.

ATILA CONSUELA SU VIUDEDAD

La desgraciada Crimilda había quedado encerrada en su dolor, pero todo se volvía contra ella y sus recuerdos; hasta el tesoro de los nibelungos había caído en manos de Hagen; mientras todo sucedía de este modo, el también reciente viudo Atila había oído de la bella y enajenada viuda de Sigfrido y quiso pedirla en matrimonio. No parecía posible que tal oferta fuera aceptada, pero, tras pensar en las posibilidades de poder que se le abrían al unirse a tan poderoso rey de Angra, Crimilda cambió de parecer y comunicó al mensajero Rudiger que ella aceptaba la proposición del muy valiente y noble Atila, y en partir tan pronto estuviera listo su séquito, para encontrarse con su prometido en Tulne, junto al río Danubio. De allí salió la más fastuosa comitiva real que se haya conocido, camino de Viena, en donde habría de celebrarse el matrimonio, en Pentecostés. Terminados los fastos reales, los reyes fueron a Etzelburg, a instalarse en la capital del reino de Angra. Nada sucedió durante siete años, y un día, Crimilda quiso que Atila invitase a los suyos, para que fueran testigos de su gran felicidad. Consintió el rey y envió mensaje a Worms para que viniera a su corte el rey Gunther y su nobleza. La noticia levantó dudas en Hagen, quien se sabía marcado por la muerte de Sigfrido, así como en otros nobles partícipes de la conspiración; otros querían creer que ya se habría olvidado Crimilda de la muerte canallesca de Sigfrido, y todos discutían sobre la conveniencia de tal viaje, pero el rey Gunther prefirió aceptar la invitación de su hermana, mandando organizar una caravana de más de mil guerreros a caballo y de nueve mil infantes que acompañaría a los visitantes burgondos hasta Etzelburg, para disuadir a Atila de cualquier deseo de traición hacia sus invitados; mientras salían de la corte las interminables columnas de hombres armados, en Worms reinaba el dolor de las esposas que quedaban atrás, pues ellas ya presentían el trágico final de esa impresionante comitiva.

PUNTO SIN RETORNO

El viaje no tuvo incidente alguno en su primera parte, y pronto llegaron los diez mil hombres a orillas del Danubio, el primer obstáculo a la marcha de la expedición burgonda; a Hagen se le encomendó hallar el medio de cruzarlo y fue la mágica intervención de unas ninfas del río la que dio la clave de aquel paso, y asimismo, la advertencia de que la muerte les esperaba al otro lado del poderoso río. Hagen encontró al barquero del que le habían hablado las ondinas y se hizo con su balsa, aunque tuvo que dar muerte al obstinado hombre, que se negaba a prestar su embarcación a desconocidos. Con ella atravesaron todos el crecido Danubio. En la otra orilla, Hagen, conocedor de su suerte, destruyó la balsa, haciendo saber a todos que ya se había traspasado el punto sin retorno; que ahora ya sólo les quedaba enfrentarse a su destino hasta las últimas consecuencias. Pronto se vio que la situación había cambiado radicalmente, pues tuvieron que enfrentarse y derrotar al margrave Else, señor de aquellas tierras, que había intentado cerrarles el paso. Más tarde, en Bechelaren, se les unió el margrave Rudiger, con quinientos hombres más. En la frontera de Angra les aguardaba Teodorico, que pronto esperaba casarse con la sobrina de Atila, pero que iba al encuentro de los de Worms con la idea de advertirles de aquellos planes de venganza que había atisbado en Crimilda; los burgondos le contestaron que sabían cuál era el designio de la segunda esposa de Atila, pero que ya habían cruzado el punto tras el cual no se podía regresar, por ello, seguían su viaje hasta el palacio del rey de los hunos, como si nada fuera a sucederles.

CRIMILDA RECIBE PUBLICA OFENSA

Crimilda recibió a su hermano el rey y pretendió mostrar su felicidad por tenerle junto a ella. Sin embargo, Hagen espetó a su anfitriona que sabía que esta supuesta fiesta no era más que el ropaje de una emboscada, haciendo que Crimilda se obligara a demostrar su encono hacia los asesinos de su primer y amado marido: después, refrenándose, invitó a los burgondos a despojarse de sus armas, pero ellos se negaron; más encolerizada todavía, Crimilda inquirió sobre la identidad de quién había podido inspirar tal temor en los invitados y Teodorico se adelantó para comunicarla que él mismo había advertido del peligro a los burgondos. Ya instalado en palacio, Hagen, con la espada Balmung arrebatada a Sigfrido sobre su regazo, permaneció sentado ante la reina Crimilda y su guardia, en clara señal de desafío, a la vez que declaraba públicamente haber sido él quien había dado muerte a Sigfrido. Crimilda se vio insultada y, lo que es peor, comprobó cómo su guardia retrocedía ante la figura tremenda y desafiante del decidido Hagen. Sin fuerzas que la respaldasen, la reina dejó que la recepción comenzara. Nada pasó en su desarrollo y sólo, al llegar la noche, cuando los burgondos quisieron retirarse a sus dormitorios, vieron que se les cerraba el paso. No obstante, pronto se retiró la tropa de los hunos y los invitados pudieron encaminarse a sus lechos, atentos a lo que se cernía ostensiblemente sobre sus cabezas, ya que se cerraba el copo de los hunos alrededor de su dormitorio, pero bastó la presencia de Hagen armado y presto para la lucha, para que el nuevo intento de dar muerte a los burgondos se desbaratara.

EL BAÑO DE SANGRE

En la mañana siguiente, los burgondos se dirigieron al templo totalmente armados; tras la misa se preparó el torneo, del que el prudente Teodorico retiró a sus seiscientos hombres; quedaron solamente hunos y burgondos, y tampoco nada sucedió en las justas. Crimilda, en un aparte, pidió ayuda a Teodorico para vengar el asesinato de su marido, pero Teodorico recordó que todos estaban sometidos a la ley de la hospitalidad y que nunca atacaría a quien se encontraba bajo la protección de Atila. Con la negativa de Teodorico, Crimilda se fue a Bloedel, el hermano de Atila, y éste aceptó la venganza a la hora de la comida. Con mil guerreros entró Bloedel en la estancia secundaria en la que se hallaban los infantes de Burgondia, anunciando su intención de dar muerte al asesino de Sigfrido, pero Dankwart, el hermano de Hagen, lo mató con su espada tan pronto hubo terminado de hablar. Así empezó la disparatada batalla, con armas quienes las tenían y los que no disponían de ellas con los restos del mobiliario en sus manos. Dankwart, herido, penetra en la sala principal, interrumpiendo la comida de los reyes; Hagen, al ver a su hermano sangrando, mata sin pensarlo una segunda vez, al hijo de Atila con su espada; Atila y Gunther intentan parar la matanza pero, al no conseguirlo, se unen a la furiosa lucha. Crimilda vuelve a rogar a Teodorico que empuñe la espada por ella, pero el godo pide una tregua a Atila y se retira con sus hombres del escenario. El margrave Rodajear, sintiéndose también ajeno a la contienda, pide permiso a Gunther para hacer lo mismo con su gente. Y el combate prosiguió con saña hasta la noche; los agotados contendientes acordaron un alto, pidiendo la continuación del desafío en campo abierto, pero Crimilda intervino para negar tal posibilidad, exigiendo la entrega de Hagen por la vida del resto de los burgondos. Ante la negativa de Gunther y sus hermanos, Crimilda mandó a los hunos abandonar el palacio y prenderle fuego para acabar con todos los burgondos encerrados dentro de él. Pero tampoco el fuego terminó con sus odiados enemigos, al salir el sol estaban vivos y listos para la lucha. Rudiger, de vuelta en palacio, se vio compelido, en contra de su voluntad, pero a tenor de su lealtad hacia Atila, a empuñar las armas contra los burgondos hasta su muerte; Teodorico, al conocer las noticias, regresó al campo de batalla para rescatar el cadáver del inmolado Rudiger, pero los burgondos tomaron su vuelta como un ataque y sólo quedaron en pie Hagen y Volker, con su rey, Hagen, por un bando, frente al anciano Hildebrando por el otro. A él se le unió Teodorico, y fue su espada la que malhirió a Hagen y terminó el combate con la captura de Hagen y Gunther. Llevados a presencia de Crimilda, ésta mandó matar a su propio hermano y, con la espada Balmung en sus brazos, decapitó a Hagen. Entonces, Hildebrando, viendo que se daba muerte a un hombre indefenso, mató a Crimilda. Sólo quedaron con vida Atila, Teodorico y el viejo Hildebrando, en Hungría, mientras la cruel y despótica Brunilda estaba a salvo, en la remota Worms, sin importarle, al parecer, haber sido la causante de aquella matanza sin sentido.

LA LEJANA REALIDAD HISTÓRICA

Con este relato fabricado por trovadores, por los restos del pueblo burgondo, o por alguno de sus exegetas, que vivieran en la lejanía del siglo XII, a setecientos años de distancia, se trata de explicar la razón poética de la desaparición del efímero país de los burgondos, apoyándose en la figura trágica de la traición de una mujer a su propio pueblo, la alevosa maniobra de una mujer insensata empujada por el febril ansia de venganza; y sitúan la acción en un escenario que les libere de la responsabilidad de la derrota, allá en la muy remota indefensión del palacio de Atila, el huno, siendo también este rey otra víctima de su esposa, no el protagonista de la masacre. En realidad, los burgondos, venidos desde el Báltico hasta Worms en una marcha guerrera que duró cientos de años, tras su asentamiento en Germania, en las fronteras con Sarmatia, y que no se detiene en esa fría orilla del mar suévico. Los burgondos cruzan después el Oder y siguen hacia el fértil sur, al despojo de las antiguas Galias, saltando la barrera natural del Rhin, al finalizar el año 406. Son los bárbaros hacíendose con los despojos del que fuera grandioso imperio romano. Se detienen en Vaugiones, Worms, allí encuentran su terreno soñado, la efímera capital de su reino burgondo, pero los vándalos nómadas no pueden o no saben sostener su único reino más que veintitrés años, pues en el 436 su territorio es rebasado por las huestes fugitivas de Atila, que se ve empujado hacia el oeste por las últimas fuerzas romanas del general bárbaro Aecio y de su aliado, el visigodo Teodorico, precisamente hacia las mismas Galias que pretenda obtener Atila como dote en el propuesto matrimonio con Honoria, la hija de Placidia, en ese ofrecimiento de la asustada Roma. Gunther (Gundahar), el rey elegido, apenas puede hacer otra cosa que ofrecer el bulto de su cuerpo y la vida de casi veinte millares de hombres, al experimentado y poderoso ejército del pagano rey Atila, para quien el final de ese reino burgondo nada significaba, que no fuera otra victoria más. Atila moriría más tarde, y no precisamente por mano de los extintos burgondos, pues su derrota en las cercanías de Troyes, en los Campos Cataláunicos se produce en el año 451, frente al ejercito de Aecio: después intenta atravesar los Alpes y también vuelve a ser rechazado, esta vez por León I, muriendo, finalmente, en el año 453, diecisiete años después de que el reino de los burgondos hubiese cesado su brevísima crónica.

Cantar de Mío Cid - Resumen




Cantar de Mio Cid


Es el poema épico español. Se basa en un guerrero medieval del reinado de Alfonso VI (rey de Castilla desde 1072 a 1109). Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid" (1043 - 1099), como personaje histórico fue un mercenario que lucho unas veces del lado cristiano y otras del lado musulmán durante la Reconquista, y que logró conquistar el Reino de Valencia, que estaba en manos de los árabes. Logró gran reputación en las batallas, que le valió el sobrenombre de al-Sidi = el Cid.

Pasó a la leyenda cuando los juglares empezaron a cantar sus gestas trayendo noticias de aquellos sucesos históricos.

En este poema se nos cuenta el viaje de destierro que sufre el Cid al obligar a su rey, Alfonso, jurar que no tuvo nada que ver en el asesinato de su hermano Sancho II de Castilla (Zamora, 1072). Las cortes se reunieron en la Iglesia de Santa María de Burgos y allí se realizaron las juras. Después de jurar sobre la Biblia el rey destierra al Cid fuera de los territorios castellanos. Aquí arranca el "Cantar del destierro":

De los sos ojos tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça y estava los catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcandaras vazias sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.
Sospiro mio Çid ca mucho avie grandes cuidados.
Fablo mio Çid bien e tan mesurado:
«¡Grado a ti, señor, padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!»

El Cantar se divide en tres partes:

1.- Cantar del Destierro: que narra desde el destierro del Cid hasta la conquista de Valencia.
2.- Cantar de las Bodas: que narra las bodas de sus hijas con los infantes de Carrión.
3.- La afrenta de Corpes: que narra la vejación de sus hijas por sus maridos y la posterior venganza del Cid.

Problemas de Autoría

El cantar de Mío Cid está firmado por Per Abbat, pero esto es en el manuscrito que se conserva. Se supone que el Cantar fue compuesto por dos poetas: uno que era de la zona de Gormaz y otro
que era de Medinaceli. Según Menéndez Pidal, se atribuye al poeta de San Esteban de Gormaz la primera parte y la estructura general de la obra, mientras que al segundo se le debe el haberla completado. A pesar de ello, al tratarse de literatura oral, el cantar sufrió muchas alteraciones hasta su forma final, que es la recogida por Pedro el Abad en el siglo XIII ("en era de mill e CC XLV años").

Otra de las teorías nos habla de un solo autor, entendido en leyes, que hubiera estudiado en alguna ciudad de Francia, de ahí la influencia francesa del poema, y supo dar forma artística a unas bases documentales de carácter histórico que él conocía.

Estructura interna

El Cantar se caracteriza por el anisosilabismo. Los versos del poema no tienen medida fija y están divididos en dos hemistiquios cuyas medidas también varían. Normalmente los versos siguen el esquema silábico de la frase española.

Los versos se agrupan en estrofas llamadas tiradas en las que el número de aquellos varía desde los tres versos hasta los cien. Se derivan de las jornadas de recitar que hacían los juglares.

El tema del poema es el honor. A lo largo del poema se suceden las pérdidas del honor en dos ocasiones (destierro, afrenta de Corpes) y las sucesivas recuperaciones de él por parte del Cid hasta la conquista de Valencia y las bodas de sus hijas con los herederos de Aragón y Navarra. Es el culmen de la obra. No se puede aspirar a más.

Realismo en el poema.

El personaje del Cid Campeador es histórico. Tenemos la Historia Roderici, y el Carmen Campidoctoris, que así lo demuestran. Pero el creador de la obra quiso una obra de ficción llena de realismo. La verosimilitud narrativa de la obra huye de lo fabuloso y lo legendario para crear el realismo y hacer a la obra creíble.

Además de este Cantar existe todo un ciclo de romances dedicados al Cid que nos ayudan a reconstruir la historia, además de los textos documentales arriba mencionados.

Sobre su posible origen árabe:


La investigadora Dolores Oliver Pérez, profesora de la Universidad de Valladolid, acaba de publicar la obra El Cantar de Mío Cid: génesis y autoría árabe, en la que afirma que el autor fue Abu l-Walid al Waqqashi, famoso poeta y jurista árabe, que la escribió en vida del Cid, en el año 1095.

Dos son las tesis que más se repiten sobre la autoría de esta obra; la primera de ellas y más extendida es la que afirma que se trataba de un juglar, como afirmaba Menéndez Pidal. La segunda, considera que su autor fue un jurista culto con conocimientos de fuentes latinas y de épica francesa. Oliver Pérez, que ha presentado recientemente su libro en la Universidad de Alicante, ha llegado a la conclusión de que el Cantar de Mío Cid es un poema de propaganda política, compuesto por Abu l-Walid al Waqqashi, en la corte de Rodrigo y que se empieza a recitar en árabe y en lengua romance en Valencia en el año 1095.

Así pues, la fecha de creación del Cantar tampoco coincide con las tesis más repetidas. Hasta la fecha se consideraba que el Cantar de Mío Cid se escribió en 1207. La doctora Oliver Pérez demuestra en su obra que no pudo escribirse en ese momento, sino que tuvo que escribirse en vida del Cid, ya que era una época que se caracterizó por la tolerancia. La clave para datar el Poema en 1095, y no en 1207 como se creía hasta ahora, la encuentra la autora en expresiones incluidas en los versos como son “amar a los moros”, que el Cid dice. Teniendo en cuenta que tras la muerte del Cid, en el año 1099, finalizó este período de tolerancia que había imperado.

El examen comparativo de la Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio, que constituye la primera obra en romance que está fundada en fuentes latinas, árabes y el Cantar de Mío Cid, con el propio Cantar de Mío Cid, da la clave de cuándo tuvo que escribirse. Así, al estudiar comparativamente los versos del Cantar con la prosificación que de este se hace en la Primera Crónica General, se aprecia cómo se ha modificado el tratamiento del Cid, del rey Alfonso o cuestiones religiosas. El motivo es que la imagen del Cid no puede ser admitida en la sociedad occidental. Como ejemplo está el hecho de que el Cid se vanagloria de engañar a los judíos en el Cantar original. Pide prestado dinero sin intención de devolverlo, porque el Corán prohíbe prestar dinero con usura.


En la época que Oliver Pérez data la obra, existían los reinos de taifas. En aquellos momentos, todos los taifas se hacían componer este tipo de obras como propaganda política. La investigadora de la Universidad de Valladolid concluye que el Cid hizo lo mismo con el objetivo de que el pueblo lo quisiera.

Abu l-Walid al Waqqashi, autor del Cantar del Mío Cid, era definido como el hombre más inteligente y sabio de su tiempo. Tanto las crónicas árabes como las cristianas y la Primera Crónica General lo definen como musulmán tolerante y con gran don de gentes. Precisamente, fue su tolerancia la que le llevó de Huecas (Toledo), de donde era natural, a Valencia, ciudad a la que se desplazó huyendo de la corte de Al-mamum. Cuando el Cid sitió Valencia, él fue el moro sabio que subió a la torre y anunció al pueblo el negro futuro que les esperaba. El autor del Cantar fue el encargado de establecer las cláusulas de la rendición de Valencia, momento en el que hizo un pacto con el Cid, por el cual el poeta le ayudaba a impartir justicia, le creaba una corte literaria y le componía el Cantar para que fuera querido por sus súbditos. A cambio, el Cid se comprometía a respetar las leyes musulmanas, las mezquitas y las creencias de este pueblo.

La investigadora ha descubierto que en la primera parte del Cantar, el Cid se comporta como un jefe de tribu, donde el Cid ama a los moros y los moros aman al Cid. En la segunda parte se comporta como un rey de taifas, como expresan escenas que describen cómo trata a su mujer y a sus hijas o el detalle de concertar la boda de su hija sin contar con su mujer.

El Cantar de Mío Cid: génesis y autoría árabe está editada por la Fundación Ibn Tubayl de Estudios Árabes y publicada en 2008. Esta obra ha sido expuesta por la profesora e investigadora de la Universidad de Valladolid, licenciada en Filosofía y Letras y doctora en Filología Hispánica, Dolores Oliver Pérez. El acto se encuentra incluido en la programación de la VII Setmana Cultural de Primavera de la Facultad de Filosofía y Letras de la UA.

Fuente: Webislam


Incluí este artículo sobre el posible origen árabe del cantar por sugerencia de Julio.Albertos en un comentario que hizo a mi publicación.
Me pareció interesante y he leído muchos artículos que comentan sobre el libro de Dolores Oliver Pérez.
Es más, voy a leer su libro, pese a que muchísimos catedráticos de renombre no aceptan dicha teoría por no estar sustentada con documentación feaciente.

El Cantar de Roldán




En siete años Carlomagno ha conquistado toda España, salvo Zaragoza, ciudad que rige el rey moro Marsil, quien, incapaz de ahuyentar a los franceses, acepta el consejo del anciano Blancandrin; ofrece, a Carlomagno riquezas y tesoros para que se vuelva a Francia, y prometerle, engañosamente, que poco después el propio Marsil lo seguirá para hacerse cristiano: ello garantizado con la entrega de mujeres e hijos de los principales sarracenos como rehenes.
Blancadrin, al frente de una embajada, va al campamento de Carlomagno, que está en Cordres, y ante el emperador y sus principales caballeros expone lo que Marsil ha decidido. Roldán, sobrino de Carlomagno, rechaza la propuesta porque Marsil es un traidor que hizo decapitar a unos emisarios que el emperador le envió en son de paz, y exige que Zaragoza sea sitiada hasta que se rinda. Pero Ganelón, padrastro de Roldán, expone que hay que acceder a la proposición de Marsil, a lo que se adhiere el viejo duque Naimón. Se decide enviar un mensajero a Marsil para que concrete los tratos, misión que se sabe peligrosa y para la que se ofrecen Naimón, Roldán, su compañero Oliveros y el arzobispo Turpín, todos rechazados por Carlomagno; hasta que Roldán propone que lleve el mensaje su padrastro Ganelón, lo que encoleriza a éste, pero acepta y hace disposiciones sobre su familia por si no regresa. Carlomagno entrega a Ganelón el bastón y el guante, símbolos de su investidura como embajador; pero el último se le cae al ir a cogerlo, lo que se interpreta como un mal presagio.
En el camino hacia Zaragoza Ganelón imbuye en el ánimo de Blancandrín que mientras Roldán esté al lado de Carlomagno éste no dejará de atacar a Marsil, y ambos se juramentan y traman la muerte de Roldán.
En Zaragoza Ganelón expone a Marsil que Carlomagno acepta que se haga cristiano y que incluso le ofrece media España como feudo, si lo hace; pero si no se aviene a ello, será llevado a Francia y ejecutado. Estos términos provocan una situación violenta, porque han sido expuestos ante los sarracenos principales que rodeaban a Marsil; pero Blancandrín aconseja a su rey que hable con Ganelón privadamente. Una vez solos, Ganelón le propone que envíe ricos presentes u Carlomagno y rehenes para garantizar su lealtad; y así se volverá a Francia con sus huestes, en cuya retaguardia pondrá a Roldán, a Oliveros y a los dore pares, con veinte mil francos. Cuando el emperador haya cruzado el puerto de Sicera, los moros podrán caer sobre a retaguardia, y Roldán perderá la vida. De esta suerte la fuerza militar de Culomagno quedará destrozada, y Marsil, tranquilo. Varios sarracenos y la reina Bramimonda, esposa de Marsil, hacen ricos presentes a Ganelón; el cual regresa al campamento de Carlos con mulos cargados con el tesoro que Marsil ofrece al emperador. Ganelón explica que Marsil antes de un año irá a Francia para recibir el bautismo; y los franceses emprenden el regreso a su tierra. Por la noche Carlomagno tiene dos sueños que le pronostican desastres; y al día siguiente, cuando llegan a las inmediaciones de las grandes montañas (los Pirineos), pregunta a los suyos quién se hará cargo del mando de la retaguardia, y Ganelón se precipita a designar a su hijastro Roldán, lo que es aceptado por éste con insolencia. Roldán recibe del emperador el arco que simboliza su mandato militar, y se le unen los doce pares, que eligen a veinte mil caballeros para formar la retaguardia.
El grueso del ejército francés atraviesa los montes y llega hasta alcanzar Gascuña con la vista; y la retaguardia, mandada por Roldán, aún está en España, cuando Marsil reúne en Zaragoza un ejército de cuatrocientos mil hombres, mandado por doce pares sarracenos que proclaman sus bravatas contra Roldán y los franceses, a los que esperan atacar en Roncesvalles. Oliveros oye el estruendo, sube a una colina y ve a los sarracenos que se aproximan. Comprende que Ganelón los ha traicionado y pide a Roldán que haga sonar su olifante, o cuerno de guerra, para que lo oiga Carlomagno y acuda a socorrerlos. Roldán se niega u ello, porque sería una cobardía pedir socorro; y Oliveros, que insiste en la desproporción que hay entre sus fuerzas (veinte mil hombres) y las que se aprestan a atacarlos (cuatrocientos mil), no consigue convencerlo. Roldán prepara a los suyos para la batalla que se aproxima, los exhorta a resistir, y la retaguardia se interna en los angostos desfiladeros.
Ataca el primer escuadrón sarraceno, y en combates singulares los pares de Francia matan a los pares sarracenos, menos a uno (Margariz). El rey Marsil se acerca luego con veinte escuadrones, que producen gran mortandad entre los guerreros de Francia. Roldán, entonces, hace sonar el olifante, y al reprochárselo Oliveros, le dice que lo hace para que llegue Carlomagno cuando todos hayan muerto y pueda admirar su heroísmo. Éste, que ya estaba en Francia, oye el sonido del olifante de Roldán, comprende lo que está ocurriendo y se da cuenta de la traición de Ganelón. Lo hace prender y apalear, en espera de ser juzgado. Y toda la hueste francesa retrocede hacia Roncesvalles. Mientras tanto Roldán sigue combatiendo y mata a muchos sarracenos, lucha contra el rey Marsil, le corta la mano derecha y quita la vida a su hijo. Ataca un nuevo escuadrón sarraceno, mandado por el califa, tío de Marsil, llamado Marganices, el cual hiere mortalmente a Oliveros, que aún tiene ánimos para devolverle el golpe y matarlo y para seguir luchando, aunque pierde la vista y golpea a su amigo Roldán creyendo que es un enemigo. Roldán le habla afablemente; y poca después Oliveros muere, tras confesar sus pecados y pedir a Dios que bendiga a Cadomagno y a Roldán.
Roldán se ha desmayado de dolor por la muerte de Oliveros, y han muerto todos los franceses salvo el arzobispo Turpín y Gualter del Hura, que ha estado luchando separadamente en una posición elevada, donde ha perdido a todos sus hombres, y ahora acude a Roldán en demanda de socorro; y a pesar de estar gravemente herido lucha a su ludo y al del arzobispo. Los atacan ahora mil sarracenos, que matan a Gualter y hieren a Turpín, al que todavía quedan fueras para matar a más de cuatrocientos.
Roldán hace sonar de nuevo el olifante, y el esfuerzo le rompe las sienes. Cadomagno lo oye, se apresura y hace sonar los clarines de su hueste. Los sarracenos, al oírlo, dan un nuevo asalto a Roldán y a Turpín. y huyen precipitadamente por temor a la hueste francesa, que ya está muy cerca. Roldán acomoda al herido arzobispo sobre la hierba y va en busca de los cadáveres de los pares; los sitúa frente a Turpín, y éste les da su bendición y muere.
Viendo su muerte cercana, Roldán, ya ciego, intenta romper su espada Durendal para que no caiga en poder del enemigo, pero su hierro es tan fuerte que se hiende la dura piedra contra la que quiere quebrarla. Hace un elogio de ella, se echa de bruces y la esconde bajo su cuerpo; y tras hacer su confesión, con el rostro vuelto hacia España, ofrece su guante a Dios, que recoge San Gabriel, y muere.
Carlomagno llega a Roncesvalles, donde el terreno está cubierto de cadáveres, busca los de los doce pares y lamenta el gran desastre. Deja un destacamento que custodie a los muertos, y la hueste francesa emprende la persecución de los restos del ejército de Marsil. Como está u punto de anochecer, el emperador pide a Dios que el sol se pare para prolongar la claridad, y se obra el milagro. Los sarracenos, que huyen hacia Zaragoza, perseguidos muy de cerca, perecen muchos de ellos ahogados al vadear el Ebro y otros son alcanzados por las armas de los franceses. Carlomagno, al ver que los enemigos han muerto, da gracias a Dios y, como ya es muy tarde, acampa a orillas del Ebro; y por la noche tiene otros dos sueños premonitorios.
El rey Marsil, con la mano derecha cercenada por Roldán, logra llegar a Zaragoza; y su mujer la reina Bramimonda se conduele y maldice a Carlomagno y a los franceses. Los sarracenos de la ciudad increpan a sus ídolos, Apolín, Mahoma y Tervagán, y los destrozan.
Ocurrió siete años antes, cuando Carlomagno invadió España, que el rey Marsil de Zaragoza pidió socorro a su señor, el emir Baligán de Babilonia (El Cairo); y éste reunió una inmensa hueste de todos sus exóticos reinos y partió con una escuadra hacia España. Las naves paganas remontaron el curso del Ebro y llegaron a Zaragoza el mismo día en que Carlomagno había derrotado a Marsil. Éste cantó a Baligán las batallas de Roncesvalles y del Ebro, le rindió el debido homenaje y le pidió ayuda. Baligán se dispuso a combatir a los franceses, que aún estaban en España.
Carlomagno ha vuelto a Roncesvalles; allí los franceses van identificando y recogiendo los cadáveres de los suyos, y el emperador profiere un sentido planto ante el cuerpo de Roldán. Entierran a los más en una fosa, y Carlomagno dispone que los cadáveres de Roldán, de Oliveros y de Turpín sean llevados a Francia. Entonces le anuncian que se acerca la gran hueste de Baligán, y se dispone a la lucha.
Se describen los escuadrones de los franceses, con indicación de sus jefes, y luego, muy prolijamente, los escuadrones de los paganos de Baligan, mientras se dan detalles de la gran batalla, que acaba con un combate singular entre el emir y el emperador, y éste, animado por la aparición de San Gabriel, mata a Baligán.
Derrotado y muerto Baligán, Cadomagno entra en Zaragoza, destruye las sinagogas y las mahomerias y los ídolos y ahorca a todos los sarracenos que no quieren recibir el bautismo. La reina Bramimonda es destinada a ser llevada a Francia para convertirse allí por mora.
La hueste francesa llega finalmente a Francia. En Burdeos depositan el olifante en el altar de San Severino, y en San Román de Blaya los cadáveres de Roldán, de Oliveros y del arzobispo Turpín. Llegan a Aix (Aquisgrán), y Carlomagno envía a buscar hombres sabios del Imperio para que juzguen a Ganelón.
En Aix la hermosa Alda, hermana de Oliveros, pregunta a Carlomagno dónde esta Roldán, su novio. Le contesta que está muerto, pero que en compensación se casará con Ludovico, su hijo. Alda cae muerta u los pies del emperador.
Los barones del Imperio interrogan a Canelón, quien se defiende afirmando que él no ha cometido traición alguna, sino que se ha vengado de las injurias de su hijastro Roldán. Y, tras deliberar, los barones deciden que Ganelón sea absuelto y puesto en libertad.
Terrin de se presenta ante Carlomagno y se brinda a combatir contra quien le desmienta que Ganelón es un traidor. Pinabel de Sorenza, pariente de Ganelón, se ofrece para luchar contra Terrin. El emperador exige rehenes en prenda, y en esta calidad se comprometen treinta parientes de Ganelón. En un prado de Aix se celebra el combate singular entre Terrín y Pinabel, y aquél mata a éste. Son ahorcados los treinta parientes de Ganelón que se ofrecieron como rehenes, y el traidor es descuartizado por cuatro caballos a los que atan sus pies y sus manos.
La reina Bramimonda, bien adoctrinada con sermones y ejemplos, pide el cristianismo, es bautizada y se le impone el nombre de Juliana. Cuando, acabado todo. Carlomagno dormía en su cámara de Aix, se le apareció el ángel Gabriel y le ordenó, en nombre de Dios, que reuniera su hueste para ir a la tierra de Bira a socorrer al rey Iván. en Infa, que está sitiado por los paganos. El emperador, que no quisiera ir, se exclama, llora y se mesa las barbas. Y aquí acaba la gesta.


* * *

viernes, 25 de diciembre de 2009

Origen y Formación de los Cantares de Gesta


Origen y Formación de los Cantares de Gesta


Cantares de Gesta: del latín gero > «hacer» (cosas hechas o sucedidas; o sea, no líricas o imaginadas): de carácter informativo. Son cantados por juglares (mester de juglaría > menester o ministerio > ocupación o profesión). Los juglares difieren de los trovadores, quienes escribían pero no recitaban los poemas. La epopeya es un género literario hermano de la historia. Nace cuando la historia no existía o sólo se escribía en latín. Se llaman épicas romances porque se usaba la lengua vulgar, no el latín. Aspecto popular, democrático. Se enfatizaba el oído.

Dos tradiciones:

• Joseph Bédier. 1920. Francia. Tradición «individualista». Los grandes poemas que se conservan son los primeros existentes: Chanson de Roland, Poema de mío Cid, son de poetas individuales, cultos, de carácter clerical, que tomaron los datos para sus obras de fuentes escritas, conservadas en alguna abadía o monasterio.

• Ramón Menéndez Pidal. 1950. Tradición «tradicionalista». Los orígenes de las literaturas románicas son muy anteriores a los textos subsistentes. A la vez, son de carácter anónimo. Estado de constante refundición de la obra. Sólo hay textos orales, no escritos.

Orígenes:

• Francesa. Gastón París. 1904. La épica española procede de la francesa, que es anterior a la española. Menéndez Pidal admite el influjo francés, pero sólo a partir del siglo XII. Peregrinaciones a Santiago. Monjes cluniacenses. Repetición del indefinido Tanto. Enumeraciones descriptivas encabezadas por el verbo veríais. Oraciones narrativas. Manifestación del dolor por medio de lágrimas.

• Germánico. Menéndez Pidal. Los visigodos tenían desde antiguo cantos guerreros que ensalzaban a sus héroes antiguos y recientes. San Isidoro de Sevilla sugiere que los jóvenes aprendan a cantar estos cantos para estimularlos a la gloria. Hay ciclos épicos del rey Rodrigo (el más antiguo de la Península ibérica).


Caracteres de la épica española: el realismo. La historicidad. Ausencia de elementos maravillosos o fantásticos (los únicos ficticios son la aparición del arcángel Gabriel, el episodio de las arcas de arena, y el del león; el rey Tamín de Valencia, y los jefes Fáriz y Galve, y el casamiento y afrenta de las hijas del Cid, cuyos nombres eran Cristina y María, no Elvira o Sol; y Martín Antolínez, mayordomo burgalés (de Burgos) del Cid y la niña de 9 años). Escritos a raíz de los sucesos que narraban. Tradicionalidad o vitalidad: Francia abandona los tópicos épicos al declinar la Edad Media mientras que en España rebrotan y alimentan siglo tras siglo en casi todos los géneros literarios. Romances, teatro (Guillén de Castro, Corneille). Rima asonante. Metro irregular. (La épica francesa tiene rima consonante y metros perfectos). Hemistiquios y cesuras. Uso de la e paragógica (cibdade) para las asonancias y dar sabor arcaico. Menéndez Pidal dice que es etimológica.

Menéndez Pidal considera cuatro etapas:

• Formación: Siglos X-1140. Cantares breves de 500 a 600 versos sobre el tema de don Rodrigo, Fernán González, los Infantes de Lara.

• Florecimiento o plenitud: 1140 (El Cid)-1236 (Chronicon Mundi de Lucas de Tuy, primera obra historiográfica que usa las gestas como fuentes históricas). Se acusan influjos franceses.

• Prosificaciones: 1236-XIV: Primera crónica general de Alfonso X; Crónica de Castilla o Crónica particular del Cid [1512], Crónica de 20 reyes.

• Decadencia: hasta mediados del siglo XV: elementos novelescos y legendarios.

• Época de los romances.

Menéndez Pidal - Los Españoles en la Literatura


LOS ESPAÑOLES EN LA LITERATURA
Ramón Menéndez Pidal


¿Hay caracteres perdurables en la literatura española?
Objeto y posibilidad de una caracterización.
(Resumen)

I Sobriedad:

La sobriedad psicológica implica inclinación a la sencillez en todas las manifestaciones de la vida. En el arte lleva a usar aquellas formas conceptuales y de expresión que el espíritu obtiene en una intuición vigorosa de la realidad; por lo común es la sencillez natural; menos veces es la sencillez trabajada, que se esfuerza en reducir lo complicado para lograr una difícil facilidad.

Espontaneidad e Improvisación:

Al hombre hispano lo distingue la acción, descuidada de la perfección. Saben vencer las dificultades, pero no saben llevar hasta el final la victoria. En arte producen más improvisadores geniales más que maestros consumados. La pasión por el trabajo en el genio español no conduce al ahincado perfeccionamiento de la obra, sino al frecuente renuevo de la producción (Alfonso X, Lope, Galdós, Menéndez Pelayo…)
La improvisación es norma bastante general hasta en los más grandes escritores de todos los tiempos.
La confianza en la suficiencia de lo espontáneo trae el descuido en el estudio, sobre todo en el de las literaturas extranjeras. Si bien la plena espontaneidad con su natural frescura llega a producir grandes aciertos en el arte, conduce más comúnmente a una abandonada facilidad.
Las escuelas literarias se constituyeron pocas veces y sus batallas no fueron reñidas a favor de determinadas reglas, sino para liberarse de las reglas.

Verso amétrico y Asonancia.

La versificación española propende a formas métricas menos cuidadas, menos artificiosas.
El verso anisosílabo va unido a la rima, también primitiva, asonante.
Esta rima no se dejó de usar nunca, desde la Edad Media hasta nuestros días.
En la época moderna usan el asonante los mejores poetas, aun los menos influidos por la musa tradicional.

II Arte para todos.

El arte para la vida. Pragmatismo.

El arte es concebido como impulso vital, no como profesión especial estudio. Aquí “las armas y las letras” no es mero tema de discusión retórica; es síntesis efectiva en innumerables individuos (Juan Manuel, Santillana, Manrique, Gracilazo, Cervantes, Lope, Calderón, Duque de Rivas, etc.) El romancero tiene este carácter, este valor, práctico historial.

Arte de mayorías.

La sobriedad y la sencillez aproximan al hombre eminente al hombre común.
El arte español es principalmente u arte destinado a las mayorías. La cualidad que va aparejada a ese arte de mayorías es la sencillez en la exposición del pensamiento, ausencias de excesivas complicaciones de concepción y de expresión.

Anonimia abundante:

El acercamiento del escritor al público llega a tanto que el autor se confunde con la comunidad, desaparece en ella, anónimo.

Colectivismo:

Muchas veces los lectores se entrometen en la obra de un autor.
Colaboración, refundiciones.
Muchas comedias de Lope llegaron a nosotros por refundiciones no se sabe de quién. Piénsese también en La Celestina, el Lazarillo, el Quijote, Amadís, etec.

III Austeridad ética y estética:

Austeridad moral:

La sobriedad ética responde a la preocupación por los intereses sociales: el arte, para la vida.
En Francia del siglo XIII los rondeles y bailadas, cancioncillas de amor adúltero en que la mujer con su amante burlan y maldicen del marido celoso (gelos) no se hallan en todo el repertorio galaico-portugués-castellano ni una sola muestra de este tipo, al cual sustituyen las “cantigas de amigo”, poesías de amor virginal, de niñas que conversan con su madre o amigas acerca del enamorado ausente.
Más adelante están el Conde Lucanor, el Arcipreste de Talavera, las Novelas Ejemplares, etc., Lope, Quevedo, Góngora, Calderón, etc.

Realismo:

El realismo español no consiste en ninguna preocupación de verismo inerte, sino en cocebir la idealidad poética muy cerca de la realidad, muy sobriamente.
Parquedad en lo maravilloso y fantástico. Escasez de elementos maravillosos. Es propensión esencial de la imaginación española el tratar lo maravilloso, no como puramente fantástico, sino como una realidad extraordinaria, una segunda realidad. ¿Cómo se explican sino las comedias de santos?

IV Tradicionalismo:

Persistencia de los temas poéticos:

En una poesía que propende a la mayor espontaneidad, a la improvisación, las obras producidas, como a menudo carecen de perfección última que las eternicen, se hunden a montones en la nada. Ejemplos son la desaparición casi completa de la epopeya medieval, o la pérdida de hasta el setenta por ciento de la obra de Lope. Pero en compensación los temas inspiradores de esas obras sobreviven a tanta pérdida, y se reproducen en varias nuevas formas.
Cada uno de estos asuntos heroicos recibe forma variada en la epopeya, en las crónicas, en el romancero, en la comedia clásica, en el drama neoclásico, romántico o moderno, en la poemática y en la lírica de varios tiempos, en la novela…

Romances y Poesías Tradicionales - Selección


ROMANCERO - ANÓNIMO

ROMANCE DE ABENÁMAR

—¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería,
el día que tú naciste grandes señales había!
Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía
que mentira no dijese, que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey, que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar, aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita,
los otros los Alixares, labrados a maravilla.
El moro que los labraba cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra, otras tantas se perdía.
El otro es Generalife, huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría;
daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería.

Anónimo

PÉRDIDA DE ANTEQUERA

De Antequera salió el moro
Tres horas antes del día,
Con cartas en la sus manos
En que socorro pedía.
Por los campos de Archidona
A grandes voces decía:
—¡Oh buen rey, si tú supieses
Mi triste mensajería!
El rey, que venir lo vido,
A recebirlo salía
Con tres cientos de a caballo,
La flor de la morería.

Anónimo

ROMANCE DEL MORO DE ANTEQUERA

De Antequera sale un moro, de Antequera, aquesa villa,
cartas llevaba en su mano, cartas de mensajería,
escritas iban con sangre, y no por falta de tinta,
el moro que las llevaba ciento y veinte años había.
Ciento y veinte años el moro, de doscientos parecía,
la barba llevaba blanca muy larga hasta la cinta,
con la cabeza pelada la calva le relucía;
toca llevaba tocada, muy grande precio valía,
la mora que la labrara por su amiga la tenía.
Caballero en una yegua que grande precio valía,
no por falta de caballos, que hartos él se tenía;
alhareme en su cabeza con borlas de seda fina.
Siete celadas le echaron, de todas se escabullía;
por los cabos de Archidona a grandes voces decía:
—Si supieres, el rey moro, mi triste mensajería
mesarías tus cabellos y la tu barba vellida.
Tales lástimas haciendo llega a la puerta de Elvira;
vase para los palacios donde el rey moro vivía.
Encontrado ha con el rey que del Alhambra salía
con doscientos de a caballo, los mejores que tenía.
Ante el rey, cuando le halla, tales palabras decía:
—Mantenga Dios a tu alteza, salve Dios tu señoría.
—Bien vengas, el moro viejo, días ha que te atendía.
—¿Qué nuevas me traes, el moro, de Antequera esa mi villa?
—No te las diré, el buen rey, si no me otorgas la vida.
—Dímelas, el moro viejo, que otorgada te sería.
—Las nuevas que, rey, sabrás no son nuevas de alegría:
que ese infante don Fernando cercada tiene tu villa.
Muchos caballeros suyos la combaten cada día:
aquese Juan de Velasco y el que Henríquez se decía,
el de Rojas y Narváez, caballeros de valía.
De día le dan combate, de noche hacen la mina;
los moros que estaban dentro cueros de vaca comían,
si no socorres, el rey, tu villa se perdería.

ROMANCERO DE ANTEQUERA

De Antequera partió el moro tres horas antes del día,
con cartas en la su mano en que socorro pedía.
Escritas iban con sangre, más no por falta de tinta.
El moro que las llevaba ciento y veinte años había,
la barba tenía blanca, la calva le relucía;
toca llevaba tocada, muy grande precio valía.
La mora que la labrara por su amiga la tenía;
alhaleme en su cabeza con borlas de seda fina;
caballero en una yegua, que caballo no quería.
Solo con un pajecico que le tenga compañía,
no por falta de escuderos, que en su casa hartos había.
Siete celadas le ponen de mucha caballería,
mas la yegua era ligera, de entre todos se salía;
por los campos de Archidona a grandes voces decía:
—¡Oh buen rey, si tú supieses mi triste mensajería,
mesarías tus cabellos y la tu barba vellida!
El rey, que venir lo vido, a recebirlo salía
con trescientos de caballo, la flor de la morería.
—Bien seas venido, el moro, buena sea tu venida.
—Alá te mantenga, el rey, con toda tu compañía.
—Dime, ¿qué nuevas me traes de Antequera, esa mi villa?
—Yo te las diré, buen rey, si tú me otorgas la vida.
—La vida te es otorgada, si traición en ti no había.
—¡Nunca Alá lo permitiese hacer tan gran villanía!,
mas sepa tu real alteza lo que ya saber debría,
que esa villa de Antequera en grande aprieto se vía,
que el infante don Fernando cercada te la tenía.
Fuertemente la combate sin cesar noche ni día;
manjar que tus moros comen, cueros de vaca cocida.
Buen rey, si no la socorres, muy presto se perdería.
El rey, cuando aquesto oyera, de pesar se amortecía;
haciendo gran sentimiento, muchas lágrimas vertía;
rasgaba sus vestidudas, con gran dolor que tenía,
ninguno le consolaba, porque no lo permitía;
mas después, en sí tornando, a grandes voces decía:
—Tóquense mi añafiles, trompetas de plata fina;
júntense mis caballeros cuantos en mi reino había,
vayan con mis dos hermanos a Archidona, esa mi villa,
en socorro de Antequera, llave de mi señoría.
Y ansí, con este mandado se junto gran morería;
ochenta mil peones fueron el socorro que venía,
con cinco mil de caballo, los mejores que tenía.
Ansí en la Boca del Asna este real sentado había
a la vista del infante, el cual ya se apercebía,
confiando en la gran victoria que de ellos Dios le daría,
sus gentes bien ordenadas; de San Juan era aquel día
cuando se dió la batalla de los nuestros tan herida,
que por ciento y veinte muertos quince mil moros había.
Después de aquesta batalla fue la villa combatida
con lombardas y pertrechos y con una gran bastida
conque le ganan las torres de donde era defendida.
Después dieron el castillo los moros a pleitesía,
que libres con sus haciendas el infante los pornía
en la villa de Archidona, lo cual todo se cumplía;
y ansí se ganó Antequera a loor de Santa María.

Anónimo

ROMANCE DE DON BUESO

Lunes era, lunes
de Pascua florida,
guerrean los moros
los campos de Oliva.
¡Ay campos de Oliva,
ay campos de Grana,
tanta buena gente
llevan cautivada!
¡Tanta buena gente
que llevan cautiva!,
y entre ellos llevaban
a la infanta niña;
cubierta la llevan
de oro y perlería,
a la reina mora
la presentarían.
—Toméis, vos, señora,
esta cautivita,
que en España toda
no la hay tan bonita;
toméis vos, señora,
esta cautivada,
que en todo tu reino
no la hay tan galana.
No la quiero, no,
a la cautivita,
que el rey es mancebo,
la enamoraría.
—No la quiero, no,
a la cautivada,
que el rey es mancebo,
la enamorara.
—Mandadla, señora,
con el pan al horno,
allí dejará
hermosura el rostro;
mandadla, señora,
a lavar al río,
allí dejará
hermosura y brío.
Paños de la reina
va a lavar la niña;
lloviendo, nevando,
la color perdía;
la niña lavando,
la niña torciendo,
aun bien no amanece
los paños tendiendo.
Madruga Don Bueso
al romper el día,
a tierra de moros
a buscar amiga.
Hallóla lavando
en la fuente fría:
—Quita de ahí, mora,
hija de judía,
deja a mi caballo
beber agua limpia.
—¡Reviente el caballo
y quien lo traía!,
que yo no soy mora
ni hija de judía,
sino una cristiana
que aquí estoy cautiva.
—¡Oh qué lindas manos
en el agua fría!,
¿si venís, la niña,
en mi compañía?
¡Oh qué blancas manos
en el agua clara!
¿si queréis, la niña,
venir en compaña?
—Con un hombre solo
yo a fe no me iría,
por los altos montes
miedo te tendría.
—Juro por mi espada,
mi espada dorida,
de no hacerte mal,
más que a hermana mía.
—Pues ir, caballero,
de buen grado iría.
¿Paños de la reina
yo qué los haría?
—Los de grana y oro
tráelos, vida mía,
los de holanda y plata
al río echarías.
Y digas, la niña,
la niña garrida,
¿has de ir en las ancas
o has de ir en la silla?
—Montaré en las ancas
que es más honra mía.
Tomóla don Bueso,
a ancas la subía.
Tierras van andando,
tierras conocía,
tierras va mirando
da en llorar la niña.
—¿Por qué lloras, flor,
por qué lloras, vida?,
¡maldígame Dios
si yo mal te haría!
—¡Ay campos de Grana,
ay campos de Oliva,
veo los palacios
donde fui nacida!
Cuando el rey mi padre
plantó aquí esta oliva,
él se la plantaba,
yo se la tenía,
mi madre la reina
bordaba y cosía,
yo como chiquita
la seda torcía,
mi hermano don Bueso
los toros corría;
yo como chiquita
la aguja enhebraba,
mi hermano don Bueso
caballos domaba.
¡Abrid puertas, madre,
puertas de alegría,
por traeros nuera
traigo vuestra hija!
—¡Si me traes nuera,
sea bien venida!
Para ser mi hija,
¡qué descolorida!
—¿Qué color, mi madre,
qué color quería,
si hace siete años
que pan no comía,
si no eran los berros
de una fuente fría
do culebras cantan,
caballos bebían?
¡Si no eran los berros
de unas aguas margas
do caballos beben
y culebras cantan!
¡Válgame Dios, valga,
y Santa María!
¡Ay campos de Grana,
ay campos de Oliva!

Anónimo

ROMANCE DE LA PÉRDIDA DE ALHAMA

Paseábase el rey moro — por la ciudad de Granada
desde la puerta de Elvira — hasta la de Vivarrambla.
—¡Ay de mi Alhama!—
Cartas le fueron venidas — que Alhama era ganada.
Las cartas echó en el fuego — y al mensajero matara,
—¡Ay de mi Alhama!—
Descabalga de una mula, — y en un caballo cabalga;
por el Zacatín arriba — subido se había al Alhambra.
—¡Ay de mi Alhama!—
Como en el Alhambra estuvo, — al mismo punto mandaba
que se toquen sus trompetas, — sus añafiles de plata.
—¡Ay de mi Alhama!—
Y que las cajas de guerra — apriesa toquen el arma,
porque lo oigan sus moros, — los de la vega y Granada.
—¡Ay de mi Alhama!—
Los moros que el son oyeron — que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos — juntado se ha gran batalla.
—¡Ay de mi Alhama!—
Allí fabló un moro viejo, — de esta manera fablara:
—¿Para qué nos llamas, rey, — para qué es esta llamada?
—¡Ay de mi Alhama!—
—Habéis de saber, amigos, — una nueva desdichada:
que cristianos de braveza — ya nos han ganado Alhama.
—¡Ay de mi Alhama!—
Allí fabló un alfaquí — de barba crecida y cana:
—Bien se te emplea, buen rey, — buen rey, bien se te empleara.
—¡Ay de mi Alhama!—
Mataste los Bencerrajes, — que eran la flor de Granada,
cogiste los tornadizos — de Córdoba la nombrada.
—¡Ay de mi Alhama!—
Por eso mereces, rey, — una pena muy doblada:
que te pierdas tú y el reino, — y aquí se pierda Granada.
—¡Ay de mi Alhama!—

Anónimo

Les dejo una versión de este romance como se cantaba en el Renacimiento:
(Todas las imágenes son de Granada y de Alhama. La música es de Miguel de Fuellana, compositor de la corte de Felipe II)


ROMANCE DEL REY MORO QUE PERDIÓ VALENCIA

Helo, helo por do viene el moro por la calzada,
caballero a la jineta encima una yegua baya,
borceguíes marroquíes y espuela de oro calzada,
una adarga ante los pechos y en su mano una azagaya.
Mirando estaba Valencia, como está tan bien cercada:
—¡Oh, Valencia, oh Valencia, de mal fuego seas quemada!
Primero fuiste de moros que de cristianos ganada.
Si la lanza no me miente, a moros serás tornada;
aquel perro de aquel Cid prenderélo por la barba,
su mujer, doña Jimena, será de mí cautivada,
su hija, Urraca Hernando, será mi enamorada,
después de yo harto de ella la entregaré a mi compaña.
El buen Cid no está tan lejos, que todo bien lo escuchaba.
—Venid vos acá, mi hija, mi hija doña Urraca;
dejad las ropas continas y vestid ropas de pascua.
Aquel moro hi•de•perro detenédmelo en palabras,
mientras yo ensillo a Babieca y me ciño la mi espada.
La doncella, muy hermosa, se paró a una ventana;
el moro, desque la vido, de esta suerte le hablara:
—Alá te guarde, señora, mi señora doña Urraca.
—Así haga a vos, señor, buena sea vuestra llegada.
Siete años ha, rey, siete, que soy vuestra enamorada.
—Otros tantos ha, señora, que os tengo dentro en mi alma.
Ellos estando en aquesto el buen Cid que se asomaba.
—Adiós, adiós, mi señora, la mi linda enamorada,
que del caballo Babieca yo bien oigo la patada.
Do la yegua pone el pie, Babieca pone la pata.
Allí hablará el caballo bien oiréis lo que hablaba:
—¡Reventar debía la madre que a su hijo no esperaba!
Siete vueltas la rodea alrededor de una jara;
la yegua, que era ligera, muy adelante pasaba
hasta llegar cabe un río adonde una barca estaba.
El moro, desque la vido, con ella bien se holgaba,
grandes gritos da al barquero que le allegase la barca;
el barquero es diligente, túvosela aparejada,
embarcó muy presto en ella, que no se detuvo nada.
Estando el moro embarcado, el buen Cid que llegó al agua,
y por ver al moro en salvo, de tristeza reventaba;
mas con la furia que tiene, una lanza le arrojaba,
y dijo: —Recoged, mi yerno, arrecogedme esa lanza,
que quizás tiempo vendrá que os será bien demandada.

Anónimo

ROMANCE DEL INFANTE VENGADOR

Helo, helo por do viene el infante vengador,
caballero a la jineta en un caballo corredor,
su manto revuelto al brazo, demudada la color,
y en la su mano derecha un venablo cortador;
con la punta del venablo sacarían un arador,
siete veces fue templado en la sangre de un dragón
y otras tantas afilado porque cortase mejor,
el hierro fue hecho en Francia, y el asta en Aragón.
Perfilándoselo iba en las alas de su halcón.
Iba buscar a don Cuadros, a don Quadros, el traidor.
Allá le fuera a hallar junto al emperador,
la vara tiene en la mano, que era justicia mayor.
Siete veces lo pensaba si lo tiraría o no
y al cabo de las ocho el venablo le arrojó;
por dar al dicho don Cuadros, dado ha al emperador,
pasado le ha manto y sayo, que era de un tornasol,
por el suelo ladrillado más de un palmo lo metió.
Allí le habló el rey, bien oiréis lo que habló:
—¿Por qué me tiraste, infante? ¿Por qué me tiras, traidor?
—Perdóneme tu alteza, que no tiraba a ti, no,
tiraba al traidor de Cuadros, ese falso engañador,
que siete hermanos tenía no ha dejado si a mí, no.
Por eso delante de ti, buen rey, lo desafío yo.
Todos fían a don Cuadros y al infante no fían, no,
sino fuera una doncella, hija es del emperador,
que los tomó por la mano y en el campo los metió.
A los primeros encuentros Cuadros en tierra cayó.
Apeárase el infante, la cabeza le cortó
y tomárala en su lanza y al buen rey la presentó.
De que aquesto vido el rey con su hija le casó.

Anónimo

LA VENGANZA DE MUDARRA

A cazar va don Rodrigo, y aun don Rodrigo de Lara:
con la grande siesta que hace arrimádose ha a una haya,
maldiciendo a Mudarrillo, hijo de la renegada,
que si a las manos le hubiese, que le sacaría el alma.
El señor estando en esto, Mudarrillo que asomaba.
—Dios te salve, caballero, debajo la verde haya.
—Así haga a ti, escudero, buena sea tu llegada.
—Dígasme tú, el caballero, ¿cómo era la tu gracia?
—A mí dicen don Rodrigo, y aun don Rodrigo de Lara,
cuñado de Gonzalo Gustos, hermano de doña Sancha;
por sobrinos me los hube los siete infantes de Salas;
espero aquí a Mudarrillo, hijo de la renegada;
si delante lo tuviese, yo le sacaría el alma.
—Si a ti te dicen don Rodrigo, y aun don Rodrigo de Lara,
a mí Mudarra González, hijo de la renegada;
de Gonzalo Gustos hijo y anado de doña Sancha;
por hermanos me los hube los siete infantes de Salas.
Tú los vendiste, traidor, en el val de Arabiana,
mas si Dios a mí me ayuda, aquí dejarás el alma.
—Espéresme, don Gonzalo, iré a tomar las mis armas.
—El espera que tú diste a los infantes de Lara,
aquí morirás, traidor, enemigo de doña Sancha.

Anónimo

ROMANCE DEL GRAN LLANTO QUE DON GONZALO
GUSTIOS HIZO ALLÁ EN CÓRDOBA


Pártese el moro Alicante víspera de San Cebrián;
ocho cabezas llevaba, todas de hombres de alta sangre.
Sábelo el rey Almanzor, a recebírselo sale;
aunque perdió muchos moros piensa en esto bien ganar.
Mandara hacer un tablado para mejor los mirar;
mandó traer un cristiano que estaba en captividad,
como ante sí lo trujeron empezóle de hablar:
díjole: -Gonzalo Gustos, mira quien conocerás;
que lidiaron mis poderes en el campo de Almenar,
sacaron ocho cabezas, todas son de gran linaje.
Respondió Gonzalo Gustos: —Presto os diré la verdad.
Y limpiándoles la sangre asaz se fuera a turbar;
dijo llorando agramente: —¡Conózcolas por mi mal!
La una es de mi carillo; las otras me duelen más,
de los Infantes de Lara son, mis hijos naturales.
Así razona con ellas como si vivos hablasen:
—¡Sálveos Dios, Nuño Salido, el mi compadre leal!,
¿adónde son los mis hijos que yo os quise encomendar?
Mas perdonadme, compadre, no he por qué os demandar,
muerto sois como buen ayo, como hombre muy de fiar.
Tomara otra cabeza del hijo mayor de edad:
—¡Oh hijo Diego González, hombre de muy gran bondad,
del conde Garci Fernández alférez el principal,
a vos amaba yo mucho, que me habíades de heredar.
Alimpiándola con lágrimas volviérala a su lugar.
Y toma la del segundo, don Martín que se llamaba:
—¡Dios os perdone, el mi hijo, hijo que mucho preciaba;
jugador de tablas erais el mejor de toda España;
mesurado caballero, muy bien hablabais en plaza!
Y dejándola llorando la del tercero tomaba:
—¡Hijo don Suero González, todo el mundo os estimaba;
el rey os tuviera en mucho, sólo para la su caza!
¡Ruy Velázquez, vuestro tío, malas bodas os depara;
a vos os llevó a la muerte, a mí en cautivo dejaba!
Y tomando la del cuarto lasamente la miraba:
—¡Oh, hijo Fernán González, (nombre del mejor de España,
del buen conde de Castilla, aquel que vos baptizara),
matador de oso y de puerco, amigo de gran compaña;
nunca con gente de poco os vieran en alianza!
Tomó la de Ruy González, al corazón la abrazaba:
—¡Hijo mío, hijo mío, quién como vos se hallara;
gran caballero esforzado, muy buen bracero a ventaja;
vuestro tío Ruy Velázquez tristes bodas ordenara!
Y tomando otra cabeza, los cabellos se mesaba:
—¡Oh, hijo Gustios González, habíades buenas mañas,
no dijérades mentira, ni por oro ni por plata,
animoso, buen guerrero, muy gran heridor de espada,
que a quien dábades de lleno tullido o muerto quedaba!
Tomando la del menor el dolor se le doblaba:
-¡Hijo Gonzalo González, los ojos de doña Sancha!
¡Qué nuevas irán a ella que a vos más que a todos ama!
¡Tan apuesto de persona, decidor bueno entre damas,
repartidor en su haber, aventajado en la lanza!
¡Mejor fuera la mi muerte que ver tan triste jornada!
Al duelo que el viejo hace, toda Córdoba lloraba.
El rey Almanzor, cuidoso, consigo se lo llevaba
y mandaba a una morica lo sirviese muy de gana.
Esta le torna en prisiones y con amor le curaba;
hermana era del rey, doncella moza y lozana;
con ésta Gonzalo Gustios vino a perder la su saña,
que de ella le nació un hijo que a los hermanos vengara.

Anónimo

ROMANCE DE LA LOBA PARDA

Estando yo en la mi choza pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas, no paran en la majada.
Vide venir siete lobos por una oscura cañada.
Venían echando suertes cuál entrará a la majada;
le tocó a una loba vieja, patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos como punta de navaja.
Dio tres vueltas al redil y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dio, sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra, nieta de la orejisana,
la que tenían mis amos para el domingo de Pascua.
—¡Aquí, mis siete cachorros, aquí, perra trujillana,
aquí, perro el de los hierros, a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega, cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis, cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba las uñas se esmigajaban;
siete leguas la corrieron por unas sierras muy agrias.
Al subir un cotarrito la loba ya va cansada:
—Tomad, perros, la borrega, sana y buena como estaba.
—No queremos la borrega, de tu boca alobadada,
que queremos tu pelleja pa' el pastor una zamarra;
el rabo para correas, para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón, para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas para que bailen las damas.

Anónimo

ROMANCE NUEVAMENTE REHECHO DE LA FATAL
DESENVOLTURA DE LA CAVA FLORINDA


De una torre de palacio se salió por un postigo
la Cava con sus doncellas con gran fiesta y regocijo.
Metiéronse en un jardín cerca de un espeso ombrío
de jazmines y arrayanes, de pámpanos y racimos.
Junto a una fuente que vierte por seis caños de oro fino
cristal y perlas sonoras entre espadañas y lirios,
reposaron las doncellas buscando solaz y alivio
al fuego de mocedad y a los ardores de estío.
Daban al agua sus brazos, y tentada de su frío,
fue la Cava la primera que desnudó sus vestidos.
En la sombreada alberca su cuerpo brilla tan lindo
que al de todas las demás como sol ha escurecido.
Pensó la Cava estar sola, pero la ventura quiso
que entre unas espesas yedras la miraba el rey Rodrigo.
Puso la ocasión el fuego en el corazón altivo,
y amor, batiendo sus alas, abrasóle de improviso.
De la pérdida de España fue aquí funesto principio
una mujer sin ventura y un hombre de amor rendido.
Florinda perdió su flor, el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza, él que gusto consentido.
Si dicen quién de los dos la mayor culpa ha tenido,
digan los hombres: la Cava y las mujeres: Rodrigo.

Anónimo

ROMANCE SEXTO - EL REINO PERDIDO

Las huestes de don Rodrigo desmayaban y huían
cuando en la octava batalla sus enemigos vencían.
Rodrigo deja sus tiendas y del real se salía,
solo va el desventurado, sin ninguna compañía;
el caballo de cansado ya moverse no podía,
camina por donde quiera sin que él le estorbe la vía.
El rey va tan desmayado que sentido no tenía;
muerto va de sed y hambre, de velle era gran mancilla;
iba tan tinto de sangre que una brasa parecía.
Las armas lleva abolladas, que eran de gran pedrería;
la espada lleva hecha sierra de los golpes que tenía;
el almete de abollado en la cabeza se hundía;
la cara llevaba hinchada del trabajo que sufría.
Subióse encima de un cerro, el más alto que veía;
desde allí mira su gente cómo iba de vencida;
de allí mira sus banderas y estandartes que tenía,
cómo están todos pisados que la tierra los cubría;
mira por los capitanes, que ninguno parescía;
mira el campo tinto en sangre, la cual arroyos corría.
Él, triste de ver aquesto, gran mancilla en sí tenía,
llorando de los sus ojos desta manera decía:
«Ayer era rey de España, hoy no lo soy de una villa;
ayer villas y castillos, hoy ninguno poseía;
ayer tenía criados y gente que me servía,
hoy no tengo ni una almena, que pueda decir que es mía.
¡Desdichada fue la hora, desdichado fue aquel día
en que nací y heredé la tan grande señoría,
pues lo había de perder todo junto y en un día!
¡Oh muerte!, ¿por qué no vienes y llevas esta alma mía
de aqueste cuerpo mezquino, pues se te agradecería?»

Anónimo

DINDIRINDÍN

Dindirindín dindirindín dirindaina,
dindirindín.
Yu me leve un bel maitín
Matineta per la prata,
Encontré lo ruiseñor
Que cantaba so la rama
Dindirindín.
Dindirindín dindirindín dirindaina,
dindirindín.
Ruiseñor, le ruiseñor
Faite-me aquesta embaixata
Y dígalo a mon ami,
Que yuya so maritata
Dindirindín.
Dindirindín dindirindín dirindaina,
dindirindín.

Anónimo

NUEVAS TE TRAYGO, CARILLO

Nuevas te traygo, Carillo
de tu mal.
—Dímelas agora, Pasqual.
—Sábete que Bartolilla,
la hija de Mari Mingo,
se desposó el domingo
con un zagual de la villa.
E gran cordojo i manzilla
de tu mal,
porqu'eres tan buen zagual.

Anónimo

LOS HOMBRES CON GRAN PLAZER

Los hombres con gran plazer
No saben qué se hazer.
Ángeles de alto viçio,
Cada qual de su oficio,
Fazed al nyño servicio,
Que nos quiso oy nascer.

Anónimo

TRES MORILLAS ME ENAMORAN

Tres morillas me enamoran
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.
Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.
Y hallábanlas cogidas,
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.
Tres moricas tan lozanas,
tres moricas tan lozanas,
iban a coger manzanas
a Jaén:
Axa y Fátima y Marién.

Anónimo

AL ALBA VENID, BUEN AMIGO

Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.                         (repite el estribillo en cada estrofa)

Amigo el que yo más quería,
venid al alba del día.

Amigo el que yo más amaba,
venid a la luz del alba.

Venid a la luz del día,
non tragáis compañía.

Venid a la luz del alba,
non tragáis gran compaña.

Anónimo

Escuchen ahora la versión grabada por la soprano Monserrat Figueira, acompañada por un arpa renacentista... ¡Bellísima!



EN ÁVILA, MIS OJOS

En Ávila, mis ojos,
dentro en Ávila.
En Ávila del Río
mataron a mi amigo,
dentro en Ávila.

Anónimo

ROMANCE DEL PRISIONERO

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

Anónimo

EL INFANTE ARNALDOS

¡Quién hubiera tal ventura sobre las aguas del mar
como hubo el infante Arnaldos la mañana de San Juan!
Andando a buscar la caza para su falcón cebar,
vio venir una galera que a tierra quiere llegar;
las velas trae de sedas, la ejarcia de oro terzal,
áncoras tiene de plata, tablas de fino coral.
Marinero que la guía, diciendo viene un cantar,
que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar;
los peces que andan al hondo, arriba los hace andar;
las aves que van volando, al mástil vienen posar.
Allí habló el infante Arnaldos, bien oiréis lo que dirá:
—Por tu vida, el marinero, dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:
—Yo no canto mi canción sino a quién conmigo va.

Anónimo

ROMANCE DE FONTEFRIDA

Fontefrida, Fontefrida, Fontefrida y con amor,
do todas las avecicas van tomar consolación,
si no es la tortolica que está viuda y con dolor.
Por ahí fuera pasar el traidor del ruiseñor,
las palabras que él decía llenas son de traición;
—Si tu quisieses, señora, yo sería tu servidor.
—Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde, ni en prado que tenga flor,
que si hallo el agua clara, turbia la bebía yo;
que no quiero haber marido, porque hijos no haya, no,
no quiero placer con ellos, ni menos consolación.
Déjame, triste enemigo, malo, falso, mal traidor,
que no quiero ser tu amiga ni casar contigo, no.

Anónimo

DE FRANCIA PARTIÓ LA NIÑA

De Francia partió la niña, de Francia la bien guarnida,
íbase para París, do padre y madre tenía.
Errado lleva el camino, errada lleva la guía,
arrimárase a un roble por esperar compañía.
Vio venir un caballero que a París lleva la guía.
La niña, desque lo vido, de esta suerte le decía:
—Si te place, caballero, llévesme en tu compañía.
—Pláceme, dijo, señora, pláceme, dijo, mi vida.
Apeóse del caballo por hacerle cortesía;
puso la niña en las ancas y él subiérase en la silla.
En el medio del camino de amores la requería.
La niña, desque lo oyera, díjole con osadía:
—Tate, tate, caballero, no hagáis tal villanía,
hija soy de un malato y de una malatía,
el hombre que a mi llegase malato se tornaría.
El caballero, con temor, palabra no respondía.
A la entrada de París la niña se sonreía.
—¿De qué vos reís, señora? ¿De qué vos reís, mi vida?
—Ríome del caballero y de su gran cobardía:
¡tener la niña en el campo y catarle cortesía!
Caballero, con vergüenza, estas palabras decía:
—Vuelta, vuelta, mi señora, que una cosa se me olvida.
La niña, como discreta, dijo: —Yo no volvería,
ni persona, aunque volviese, en mi cuerpo tocaría:
hija soy del rey de Francia y la reina Constantina,
el hombre que a mí llegase muy caro le costaría.

Anónimo

ROMANCE DE DOÑA ALDA

En París está doña Alda, la esposa de don Roldán,
trescientas damas con ella para bien la acompañar:
todas visten un vestido, todas calzan un calzar,
todas comen a una mesa, todas comían de un pan.
Las ciento hilaban el oro, las ciento tejen cendal,
ciento tañen instrumentos para a doña Alda alegrar.
Al son de los instrumentos doña Alda adormido se ha;
ensoñado había un sueño, un sueño de gran pesar.
Despertó despavorida con un dolor sin igual,
los gritos daba tan grandes se oían en la ciudad.
—¿Qué es aquesto, mi señora qué es el que os hizo mal?
—Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar:
que me veía en un monte en un desierto lugar:
y de so los montes altos un azor vide volar;
tras dél viene una aguililla que lo ahincaba muy mal.
El azor con grande cuita metióse so mi brial,
el águila con gran ira de allí lo iba a sacar;
con las uñas lo despluma, con el pico lo deshace.
Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá:
—Aquese sueño, señora, bien os lo entiendo soltar:
el azor es vuestro esposo que de España viene ya,
el águila sedes vos, con la cual ha de casar,
y aquel monte era la iglesia, donde os han de velar.
—Si es así, mi camarera, bien te lo entiendo pagar.
Otro día de mañana cartas de lejos le traen:
tintas venían de fuera, de dentro escritas con sangre,
que su Roldán era muerto en la caza de Roncesvalles.
Cuando tal oyó doña Alda muerta en el suelo se cae.

Anónimo

ROMANCE DE GERINELDO

Levantóse Gerineldo, que al rey dejara dormido,
fuese para la infanta donde estaba en el castillo.
—Abráisme, dijo, señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién sois vos, el caballero, que llamáis a mi postigo?
—Gerineldo soy, señora, vuestro tan querido amigo.
Tomárala por la mano, en un lecho la ha metido,
y besando y abrazando Gerineldo se ha dormido.
Recordado había el rey de un sueño despavorido;
tres veces lo había llamado, ninguna le ha respondido.
—Gerineldo, Gerinaldo, mi camarero pulido;
si me andas en traición, trátasme como a enemigo.
O dormías con la infanta o me has vendido el castillo.
Tomó la espada en la mano, en gran saña va encendido,
fuérase para la cama donde a Gerineldo vido.
El quisiéralo matar, mas criole de chiquito.
Sacara luego la espada, entrambos la ha metido,
porque desque recordase viese cómo era sentido.
Recordado había la infanta y la espada ha conocido.
—Recordados, Gerineldo, que ya érades sentido,
que la espada de mi padre yo me la he bien conocido.

Anónimo, 1537

ROMANCE DE ROSAFRESCA

Rosafresca, Rosafresca, tan garrida y con amor,
cuando yo os tuve en mis brazos no vos supe servir, no,
y ahora que os serviría no vos puedo haber, no.
—Vuestra fue la culpa, amigo, vuestra fue, que mía no:
enviásteme una carta con un vuestro servidor
y en lugar de recaudar él dijera otra razón:
que érades casado, amigo, allá en tierra de León,
que tenéis mujer hermosa y hijos como una flor.
—Quien vos lo dijo, señora, no vos dijo verdad, no,
que yo nunca entré en Castilla ni allá en tierras de León,
sino cuando era pequeño que no sabía de amor.

Anónimo

ROMANCE DE GERINELDO Y LA INFANTA

—Gerineldo, Gerineldo, paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo, cuerpo que tienes tan lindo.
—Como soy vuestro criado, señora, burláis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo.
—¿Y cuándo, señora mía, cumpliréis lo prometido?
—Entre las doce y la una que el rey estará dormido.
Media noche ya es pasada. Gerineldo no ha venido.
«¡Oh, malhaya, Gerineldo, quien amor puso contigo!»
—Abráisme, la mi señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién a mi estancia se atreve, quién llama así a mi postigo?
—No os turbéis, señora mía, que soy vuestro dulce amigo.
Tomáralo por la mano y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer los dos se duermen vencidos.
Despertado había el rey de un sueño despavorido.
«O me roban a la infanta o traicionan el castillo.»
Aprisa llama a su paje pidiéndole los vestidos:
«¡Gerineldo, Gerineldo, el mi paje más querido!»
Tres veces le había llamado, ninguna le ha respondido.
Puso la espada en la cinta, adonde la infanta ha ido;
vio a su hija, vio a su paje como mujer y marido.
«¿Mataré yo a Gerineldo, a quien crié desde niño?
Pues si matare a la infanta, mi reino queda perdido.
Pondré mi espada por medio, que me sirva de testigo.»
Y salióse hacia el jardín sin ser de nadie sentido.
Rebullíase la infanta tres horas ya el sol salido;
con el frior de la espada la dama se ha estremecido.
—Levántate, Gerineldo, levántate, dueño mío,
la espada del rey mi padre entre los dos ha dormido.
—¿Y adónde iré, mi señora, que del rey no sea visto?
—Vete por ese jardín cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren yo los partiré contigo.
—¿Dónde vienes, Gerineldo, tan mustio y descolorido?
—Vengo del jardín, buen rey, por ver cómo ha florecido;
la fragancia de una rosa la color me ha devaído.
—De esa rosa que has cortado mi espada será testigo.
—Matadme, señor, matadme, bien lo tengo merecido.
Ellos en estas razones, la infanta a su padre vino:
—Rey y señor, no le mates, mas dámelo por marido.
O si lo quieres matar la muerte será conmigo.

Anónimo

LA MISA DEL AMOR

Mañanita de San Juan, mañanita de primor,
cuando damas y galanes van a oír misa mayor.
Allá va la mi señora, entre todas la mejor;
viste saya sobre saya, mantellín de tornasol,
camisa con oro y perlas bordada en el cabezón.
En la su boca muy linda lleva un poco de dulzor;
en la su cara tan blanca, un poquito de arrebol,
y en los sus ojuelos garzos lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia relumbrando como el sol.
Las damas mueren de envidia, y los galanes de amor.
El que cantaba en el coro, en el credo se perdió;
el abad que dice misa, ha trocado la lición;
monacillos que le ayudan, no aciertan responder, non,
por decir amén, amén, decían amor, amor.

Anónimo

ROMANCE DE ROSAFLORIDA

En Castilla está un castillo, que se llama Rocafrida;
al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida.
El pie tenía de oro y almenas de plata fina;
entre almena y almena está una piedra zafira;
tanto relumbra de noche como el sol a mediodía.
Dentro estaba una doncella que llaman Rosaflorida;
siete condes la demandan, tres duques de Lombardía;
a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía.
Enamoróse de Montesinos de oídas, que no de vista.
Una noche estando así, gritos da Rosaflorida;
oyérala un camarero, que en su cámara dormía.
—«¿Qu'es aquesto, mi señora? ¿Qu'es esto, Rosaflorida?
»O tenedes mal de amores, o estáis loca sandía».
—«Ni yo tengo mal de amores, ni estoy loca sandía,
»mas llevásesme estas cartas a Francia la bien guarnida;
»diéseslas a Montesinos, la cosa que yo más quería;
»dile que me venga a ver para la Pascua Florida;
»darle he siete castillos los mejores que hay en Castilla;
»y si de mí más quisiere yo mucho más le daría:
»darle he yo este mi cuerpo, el más lindo que hay en Castilla,
»si no es el de mi hermana, que de fuego sea ardida».

Anónimo

ENTREVISTA DE BERNARDO CON EL REY

Con cartas sus mensajeros el rey al Carpio envió:
Bernardo, como es discreto, de traición se receló:
las cartas echó en el suelo y al mensajero habló:
—Mensajero eres, amigo, no mereces culpa, no,
mas al rey que acá te envía dígasle tú esta razón:
que no le estimo yo a él ni aun a cuantos con él son;
mas por ver lo que me quiere todavía allá iré yo.
Y mandó juntar los suyos, de esta suerte les habló:
—Cuatrocientos sois, los míos, los que comedes mi pan:
los ciento irán al Carpio para el Carpio guardar,
los ciento por los caminos, que a nadie dejen pasar;
doscientos iréis conmigo para con el rey hablar;
si mala me la dijere, peor se la he de tornar.
Por sus jornadas contadas a la corte fue a llegar:
—Dios os mantenga, buen rey, y a cuantos con vos están.
—Mal vengades vos, Bernardo, traidor, hijo de mal padre,
dite yo el Carpio en tenencia, tú tómaslo en heredad.
—Mentides, el rey, mentides, que no dices la verdad,
que si yo fuese traidor, a vos os cabría en parte;
acordáseos debía de aquella del Encinal,
cuando gentes extranjeras allí os trataron tan mal,
que os mataron el caballo y aun a vos querían matar;
Bernardo, como traidor, de entre ellos os fue a sacar.
Allí me diste el Carpio de juro y de heredad,
prometísteme a mi padre, no me guardaste verdad.
—Prendedlo, mis caballeros, que igualado se me ha.
—Aquí, aquí los mis doscientos, los que comedes mi pan,
que hoy era venido el día que honra habemos de ganar.
El rey, de que aquesto viera, de esta suerte fue a hablar:
—¿Qué ha sido aquesto, Bernardo; que así enojado te has?
¿Lo que hombre dice de burla de veras vas a tomar?
Yo te dó el Carpio, Bernardo, de juro y de heredad.
—Aquestas burlas, el rey no son burlas de burlar;
llamásteme de traidor, traidor, hijo de mal padre:
el Carpio yo no lo quiero, bien lo podéis vos guardar,
que cuando yo lo quisiere, muy bien lo sabré ganar.

Anónimo

ROMANCE I DICE CÓMO EL CID VENGÓ A SU PADRE

Pensativo estaba el Cid viéndose de pocos años
para vengar a su padre matando al conde Lozano;
miraba el bando temido del poderoso contrario
que tenía en las montañas mil amigos asturianos;
miraba cómo en la corte de ese buen rey Don Fernando
era su voto el primero, y en guerra el mejor su brazo;
todo le parece poco para vengar este agravio,
el primero que se ha hecho a la sangre de Lain Calvo;
no cura de su niñez, que en el alma del hidalgo
el valor para crecer no tiene cuenta a los años.
Descolgó una espada vieja de Mudarra el castellano,
que estaba toda mohosa, por la muerte de su amo.
«Haz cuenta, valiente espada, que es de Mudarra mi brazo
y que con su brazo riñes porque suyo es el agravio.
Bien puede ser que te corras de verte así en la mi mano,
mas no te podrás correr de volver atrás un paso.
Tan fuerte como tu acero me verás en campo armado;
tan bueno como el primero, segundo dueño has cobrado;
y cuando alguno te venza, del torpe hecho enojado,
hasta la cruz en mi pecho te esconderé muy airado.
Vamos al campo, que es hora de dar al conde Lozano
el castigo que merece tan infame lengua y mano».
Determinado va el Cid, y va tan determinado,
que en espacio de una hora mató al conde y fue vengado.

Anónimo

ROMANCE II DE CÓMO JIMENA, LA HIJA DEL
CONDE LOZANO, PIDE AL REY VENGANZA


Grande rumor se levanta de gritos, armas y voces
en el palacio de Burgos, donde son los ricoshombres.
Bajó el rey de su aposento y con él toda la corte,
y a las puertas del palacio hallan a Jimena Gómez,
desmelenado el cabello, llorando a su padre el conde;
y a Rodrigo de Vivar ensangrentado el estoque.
Vieron al soberbio mozo el rostro airado se pone,
de doña Jimena oyendo lo que dicen sus clamores:
—¡Justicia, buen rey, te pido y venganza de traidores;
así se logren tus hijos y de tus hazañas goces,
que aquel que no la mantiene de rey no merece el nombre!
Y tú, matador cruel, no por mujer me perdones:
la muerte, traidor, te pido, no me la niegues ni estorbes,
pues mataste un caballero, el mejor de los mejores.
En esto, viendo Jimena que Rodrigo no responde,
y que tomando las riendas en su caballo se pone,
el rostro volviendo a todos, por obligalles da voces,
y viendo que no le siguen grita: —¡Venganza, señores!

Anónimo

ROMANCE III EN QUE DOÑA JIMENA PIDE
DE NUEVO JUSTICIA AL REY


En Burgos está el buen rey asentado a su yantar,
cuando la Jimena Gómez se le vino a querellar;
cubierta paños de luto, tocas de negro cendal;
las rodillas por el suelo, comenzara de fablar;
—Con mancilla vivo, rey; con ella vive mi madre;
cada día que amanece veo quien mató a mi padre
caballero en un caballo y en su mano un gavilán;
por hacerme más enojo cébalo en mi palomar;
con sangre de mis palomas ensangentó mi brial.
¡Hacedme, buen rey justicia, no me la queráis negar!
Rey que non face justicia non debía de reinar,
ni comer pan a manteles, ni con la reina folgar.
El rey cuando aquesto oyera comenzara de pensar:
«Si yo prendo o mato al Cid, mis cortes revolverse han;
pues, si lo dejo de hacer, Dios me lo demandará».
Allí habló doña Jimena palabras bien de notar:
—Yo te lo diría, rey, como lo has de remediar.
Mantén tú bien las tus cortes, no te las revuelva nadie,
y al que mi padre mató dámelo para casar,
que quien tanto mal me hizo sé que algún bien me fará.
—Siempre lo he oído decir, y ahora veo que es verdad,
que el seso de las mujeres no era cosa natural:
hasta aquí pidió justicia, ya quiere con él casar.
Mandaré una carta al Cid, mandarle quiero llamar.
Las palabras no son dichas, la carta camino va;
mensajero que la lleva dado la había a su padre.

Anónimo

ROMANCE VIII CARTA DE DOÑA JIMENA AL REY

En los solares de Burgos a su Rodrigo aguardando,
tan encinta está Jimena, que muy cedo aguarda el parto;
cuando demás dolorida una mañana en disanto,
bañada en lágrimas tiernas, escribe al rey don Fernando:
«A vos, el mi señor rey, el bueno, el aventurado,
el magno, el conquistador, el agradecido, el sabio,
la vuestra sierva Jimena, fija del conde Lozano,
desde Burgos os saluda, donde vive lacerando.
Perdonédesme señor, que no tengo pecho falso,
y si mal talante os tengo, no puedo disimulallo.
¿Qué ley de Dios vos otorga que podáis, por tiempo tanto
como ha que fincáis en lides, descasar a los casados?
¿Qué buena razón consiente que a mi marido velado
no le soltéis para mí sino una vez en el año?
Y esa vez que lo soltáis, fasta los pies del caballo
tan teñido en sangre viene, que pone pavor mirallo;
y no bien mis brazos toca cuando se duerme en mis brazos,
y en sueños gime y forcejea, que cuida que está lidiando,
y apenas el alba rompe, cuando lo están acuciando
las esculcas y adalides para que se vuelva al campo.
Llorando vos lo pedí y en mi soledad cuidando
de cobrar padre y marido, ni uno tengo, ni otro alcanzo.
Y como otro bien no tengo y me lo habedes quitado,
en guisa lo lloro vivo cual si estuviese enterrado.
Si lo facéis por honralle, asaz Rodrigo es honrado,
pues no tiene barba, y tiene reyes moros por vasallos.
Yo finco, señor, encinta, que en nueve meses he entrado
y me pueden empecer las lágrimas que derramo.
Dad este escrito a las llamas, non se fega de él palacio,
que en malos barruntadores no me será bien contado».

Anónimo

ROMANCE IX LA RESPUESTA DEL REY

Pidiendo a las diez del día papel a su secretario,
a la carta de Jimena responde el rey por su mano;
y después de hacer la cruz con cuatro puntos y un rasgo,
aquestas palabras pone a guisa de cortesano:
«A vos, la noble Jimena, la del marido envidiado,
vos envío mis saludos en fe de quereros tanto.
Que estáis de mi querellosa, decís en vuestro despacho,
que non vos suelto el marido sino una vez en el año,
»y que cuando vos le suelto, en lugar de regalaros,
en vuestros brazos se duerme como viene tan cansado.
Si supiérades, señora, que vos quitaba el velado
para mis namoramientos, fuera bien el lamentarlo;
»mas si sólo vos lo quito para lidiar en el campo
con los moros convecinos, non vos fago mucho agravio;
que si yo no hubiera puesto las mis huertas a su cargo,
ni vos fuerais más que dueña, ni él fuera más que un hidalgo.
»A no vos tener encinta, señora, el vuestro velado
creyera de su dormir lo que me habedes contado.
Más pues el parto esperáis... si os falta un marido al lado,
no importa, que sobra un rey que os hará cien mil regalos.
»Decís que entregue a las llamas la carta que habéis mandado;
a contener herejías, fuera digna de tal caso;
mas pues razones contiene dignas de los siete sabios,
mejor es para mi archivo que non para el fuego ingrato.
»Y porque guardéis la mía y no la fagáis pedazos,
por ella a lo que pariéredes prometo buen aguinaldo:
si fuere hijo, daréle una espada y un caballo
y cien mil maravedís para ayuda de su gasto;
»si fija, para su dote prometo poner en cambio
desde el día en que naciere de plata cuarenta marcos.
Con esto ceso, señora, y no de estar suplicando
a la Virgen vos ayude en los dolores del parto.»

Anónimo

ROMANCE X DE LA MUERTE DEL REY
DON FERNANDO EN EL CASTILLO
DE CABEZÓN, A UNA CORTA JORNADA
DE VALLADOLID


Doliente estaba, doliente, ese buen rey don Fernando;
los pies tiene cara oriente y la candela en la mano.
A su cabecera tiene arzobispos y perlados;
a su man derecha tiene los sus hijos todos cuatro:
los tres eran de la reina y el uno era bastardo.
Ese que bastardo era quedaba mejor librado:
abad era de Sahagund, arzobispo de Santiago,
y del Papa cardenal, en las Españas legado.
—Si yo no muriera, hijo, vos fuérades Padre Santo,
mas con la renta que os queda, bien podréis, hijo,
alcanzarlo.

Anónimo

ROMANCE XI DE LA INFANTA DOÑA URRACA,
QUE SE FUE PARA CABEZÓN A QUEJARSE
MUY MALAMENTE AL REY SU PADRE


—Morir vos queredes, padre, ¡San Miguel vos haya el alma!
Mandastes las vuestra tierras a quien se vos antojara:
diste a don Sancho a Castilla, Castilla la bien nombrada,
a don Alfonso a León con Asturias y Sanabria,
a don García a Galicia con Portugal la preciada,
¡y a mí, porque soy mujer, dejáisme desheredada!
Irme he yo de tierra en tierra como una mujer errada;
mi lindo cuerpo daría a quien bien se me antojara,
a los moros por dinero y a los cristianos de gracia;
de lo que ganar pudiere, haré bien por vuestra alma.
Allí preguntara el rey: —¿Quién es esa que así habla?
Respondiera el arzobispo: —Vuestra hija doña Urraca.
—Calledes, hija, calledes, no digades tal palabra,
que mujer que tal decía merecía ser quemada.
Allá en tierra leonesa un rincón se me olvidaba,
Zamora tiene por nombre, Zamora la bien cercada,
de un lado la cerca el Duero, del otro peña tajada.
¡Quien vos la quitare, hija, la mi maldición le caiga!
Todos dicen: "Amen, amen", sino don Sancho que calla.

Anónimo

ROMANCE XII DE DOÑA URRACA, CERCADA EN ZAMORA¡Rey don Sancho, rey don Sancho, ya que te apuntan las barbas,
quien te las vido nacer no te las verá logradas!
Don Fernando apenas muerto, Sancho a Zamora cercaba,
de un cabo la cerca el rey, del otro el Cid la apremiaba.
Del cabo que el rey la cerca Zamora no se da nada;
del cabo que el Cid la aqueja Zamora ya se tomaba;
corren las aguas del Duero tintas en sangre cristiana.
Habló el viejo Arias Gonzalo, el ayo de doña Urraca:
—Vámonos, hija, a los moros dejad a Zamora salva,
pues vuestro hermano y el Cid tan mal os desheredaban.
Doña Urraca en tanta cuita se asomaba a la muralla,
y desde una torre mocha el campo del Cid miraba.

Anónimo

ROMANCE XIII EN QUE DOÑA URRACA
RECUERDA CUANDO EL CID SE CRIABA
CON ELLA EN SU PALACIO EN ZAMORA


—¡Afuera, afuera, Rodrigo, el soberbio castellano!
Acordársete debría de aquel buen tiempo pasado
que te armaron caballero en el altar de Santiago,
cuando el rey fue tu padrino, tú, Rodrigo, el ahijado;
mi padre te dio las armas, mi madre te dio el caballo,
yo te calcé espuela de oro porque fueses más honrado;
pensando casar contigo, ¡no lo quiso mi pecado!,
casástete con Jimena, hija del conde Lozano;
con ella hubiste dineros, conmigo hubieras estados;
dejaste hija de rey por tomar la de un vasallo.
En oír esto Rodrigo volvióse mal angustiado:
—¡Afuera, afuera, los míos, los de a pie y los de a caballo,
pues de aquella torre mocha una vira me han tirado!,
no traía el asta hierro, el corazón me ha pasado;
¡ya ningún remedio siento, sino vivir más penado!

Anónimo

ROMANCE XV DEL CABALLERO LEAL
ZAMORANO Y DE VELLIDO
DOLFOS, QUE SE SALIÓ DE ZAMORA
PARA CON FALSEDAD HACERSE
VASALLO DEL REY DON SANCHO


Sobre el muro de Zamora; vide un caballero erguido;
al real de los castellanos da con grande grito:
—¡Guarte, guarte, rey don Sancho, no digas que no te aviso,
que del cerco de Zamora un traidor había salido;
Vellido Dolfos se llama, hijo de Dolfos Vellido,
si gran traidor fue su padre, mayor traidor es el hijo;
cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco!
Si te engaña, rey don Sancho, no digas que no te aviso.
Gritos dan en el real: ¡A don Sancho han mal herido!
¡Muerto le ha Vellido Dolfos; gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto, metióse por un postigo,
por las calle de Zamora va dando voces y gritos:
—¡Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido!

Anónimo

ROMANCE XVII CON EL RETO DE DIEGO ORDÓÑEZ

Ya cabalga Diego Ordóñez, ya del real había salido,
armado de piezas dobles, sobre un caballo morcillo;
va a retar a los zamoranos, por muerte del rey su primo.
Vido estar a Arias Gonzalo en el muro del castillo;
allí detuvo el caballo, levantóse en los estribos:
—¡Yo os reto, los zamoranos, por traidores fementidos!
¡Reto a mancebos y viejos, reto a mujeres y niños,
reto también a los muertos y a los que aún no son nacidos;
reto la tierra que moran, reto yerbas, panes, vinos,
desde las hojas del monte hasta las piedras del río,
pues fuisteis en la traición del alevoso Vellido!
Respondióle Arias Gonzalo, como viejo comedido:
—Si yo fuera cual tú dices, no debiera ser nacido.
Bien hablas como valiente, pero no como entendido.
¿Qué culpa tienen los muertos en lo que hacen los vivos?
Y en lo que los hombres hacen, ¿qué culpa tienen los niños?
Dejéis en paz a los muertos, sacad del reto a los niños,
y por todo lo demás yo habré de lidiar contigo.
Más bien sabes que en España antigua costumbre ha sido
que hombre que reta a concejo haya de lidiar con cinco,
y si uno de ellos le vence, el concejo queda quito.
Don Diego cuando esto oyera algo fuera arrepentido;
mas sin mostrar cobardía, dijo: —Afírmome a lo dicho.

Anónimo

ROMANCE XVIII CUENTA CÓMO ARIAS
GONZALO SE PREPARABA
PARA LIDIAR EL RETO


Tristes van los zamoranos metidos en gran quebranto;
retados son de traidores, de alevosos son llamados;
más quieren todos ser muertos que no traidores nombrados.
Día era de san Millán, ese día señalado,
todos duermen en Zamora, mas no duerme Arias Gonzalo;
aún no es bien amanecido que el cielo estaba estrellado,
castigando está a sus hijos, a todos cuatro está armando,
las palabras que les dice son de mancilla y quebranto:
—Yo he de lidiar el primero con don Diego el castellano:
si con mentira nos reta, vencerle he y hágoos salvos;
pero si cualquier traidor hay entre los zamoranos,
y él nos reta con verdad, muerto quedaré en el campo.
Morir quiero y no ver muerte de hijos que tanto amo.
Las armas pide el buen viejo, sus hijos le están armando,
las grebas le están poniendo; doña Urraca que allí ha entrado,
llorando de los sus ojos y el cabello destrenzado:
—¿Para qué tomas las armas? ¿Dónde vas, mi viejo amo:
pues sabéis, si vos morís, perdido es todo mi estado?
¡Acordaos que prometistes a mi padre don Fernando
de nunca desampararme ni dejar de vuestra mano!
Caballeros de la infanta a don Arias van rogando
que les deje la batalla, que la tomarán de grado;
mas él sólo da sus armas a su hijo don Fernando:
—¡Dios vaya contigo, hijo, la mi bendición te mando;
ve a salvar los de Zamora; como Cristo a los humanos!
Sin poner pie en el estribo don Fernando ha cabalgado.
Por aquel postigo viejo galopando se ha alejado
adonde estaban los jueces, que ya le están esperando;
partido les han el sol, dejado les han el campo.

Anónimo

ROMANCE XIX DEL ENTIERRO DE FERNAND ARIAS

Por aquel postigo viejo
que nunca fuera cerrado
vi venir seña bermeja
con trescientos de caballo;
un pendón traen sangriento,
de negro muy bien bordado,
y en medio de los trescientos
traen un cuerpo finado;
Fernand Arias ha por nombre,
hijo de Arias Gonzalo.
A la entrada de Zamora
un gran llanto es comenzado.
Llorábanle cien doncellas,
todas ciento hijasdalgo;
sobre todas lo lloraba
esa Infanta Urraca Hernando,
¡ y cuán triste la consuela
el buen viejo Arias Gonzalo!:
—¡Callad, mi ahijada, callad,
no hagades tan grande llanto;
por un hijo que me han muerto,
vivos me quedaban cuatro;
que no murió entre las damas,
ni menos tablas jugando,
mas murió sobre Zamora,
vuestra honra resguardando!
¡Ay de mí, viejo mezquino!
¡Quién no te hubiera criado,
para verte, Fernand Arias,
agora muerto en mis brazos!
Ya tocaban las campanas,
ya llevaban a enterrarlo
allá en la iglesia mayor,
junto al altar de Santiago,
en una tumba muy rica,
como requiere su estado.

Anónimo

ROMANCE XX ES EL DE
LA JURA DE SANTA GADEA


En Santa Gadea de Burgos
do juran los hijosdalgo,
allí toma juramento
el Cid al rey castellano,
sobre un cerrojo de hierro
y una ballesta de palo.
Las juras eran tan recias
que al buen rey ponen espanto.
—Villanos te maten, rey,
villanos, que no hidalgos;
abarcas traigan calzadas,
que no zapatos con lazo;
traigan capas aguaderas,
no capuces ni tabardos;
con camisones de estopa,
no de holanda ni labrados;
cabalguen en sendas burras,
que no en mulas ni en caballos,
las riendas traigan de cuerda,
no de cueros fogueados;
mátente por las aradas,
no en camino ni en poblado;
con cuchillos cachicuernos,
no con puñales dorados;
sáquente el corazón vivo,
por el derecho costado,
si no dices la verdad
de lo que te es preguntado:
si tú fuiste o consentiste
en la muerte de tu hermano.
Las juras eran tan fuertes
que el rey no las ha otorgado.
Allí habló un caballero
de los suyos más privado:
—Haced la jura, buen rey,
no tengáis de eso cuidado,
que nunca fue rey traidor,
ni Papa descomulgado.
Jura entonces el buen rey
que en tal nunca se ha hallado.
Después habla contra el Cid
malamente y enojado:
—Mucho me aprietas, Rodrigo,
Cid, muy mal me has conjurado,
mas si hoy me tomas la jura,
después besarás mi mano.
—Aqueso será, buen rey,
como fuer galardonado,
porque allá en cualquier tierra
dan sueldo a los hijosdalgo.
—¡Vete de mis tierras, Cid,
mal caballero probado,
y no me entres más en ellas,
desde este día en un año!
—Que me place —dijo el Cid—.
que me place de buen grado,
por ser la primera cosa
que mandas en tu reinado.
Tú me destierras por uno
yo me destierro por cuatro.
Ya se partía el buen Cid
sin al rey besar la mano;
ya se parte de sus tierras,
de Vivar y sus palacios:
las puertas deja cerradas,
los alamudes echados,
las cadenas deja llenas
de podencos y de galgos;
sólo lleva sus halcones,
los pollos y los mudados.
Con el iban los trescientos
caballeros hijosdalgo;
los unos iban a mula
y los otros a caballo;
todos llevan lanza en puño,
con el hierro acicalado,
y llevan sendas adargas
con borlas de colorado.
Por una ribera arriba
al Cid van acompañando;
acompañándolo iban
mientras él iba cazando.

Anónimo

ROMANCE DEL REY DON SANCHO

—¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido,
cuatro traiciones ha hecho, y con esta serán cinco.
Si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real: —¡A don Sancho han mal herido!
Muerto le ha Vellido Dolfos, ¡gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto, metiose por un postigo,
por las calle de Zamora va dando voces y gritos:
—Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido.

Anónimo

ROMANCE DEL RETO A LOS ZAMORANOS

Ya cabalga Diego Ordóñez, del real se había salido
de dobles piezas armado y un caballo morcillo;
va a reptar los zamoranos por la muerte de su primo,
que mató Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido.
—Yo os riepto, los zamoranos, por traidores fementidos,
riepto a todos los muertos y con ellos a los vivos,
riepto hombres y mujeres, los por nacer y nacidos,
riepto a todos los grandes, a los grandes y a los chicos,
a las carnes y pescados y a las aguas de los ríos.
Allí habló Arias Gonzalo, bien oiréis lo que hubo dicho:
¿Qué culpa tienen los viejos? ¿qué culpa tienen los niños?
¿qué merecen las mujeres y los que no son nacidos?
¿por qué rieptas a los muertos, los ganados y los ríos?
Bien sabéis vos, Diego Ordóñez, muy bien lo tenéis sabido,
que aquel que riepta a concejo debe de lidiar con cinco.
Ordóñez le respondió: —Traidores heis todos sido.

Anónimo

ROMANCE DE FERNÁN D'ARIAS

Por aquel postigo viejo que nunca fuera cerrado,
vi venir pendón bermejo con trescientos de caballo;
en medio de los trescientos viene un monumento armado,
y dentro del monumento viene un ataúd de palo,
y dentro del ataúd venía un cuerpo finado.
Fernán d'Arias ha por nombre, hijo de Arias Gonzalo.
Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijasdalgo;
todas eran sus parientas en tercero y cuarto grado;
las unas le dicen primo, otras lo llaman hermano,
las otras decían tío, otras lo llaman cuñado.
Sobre todas lo lloraba aquesa Urraca Hernando,
¡y cuán bien que la consuela ese viejo Arias Gonzalo!
—¿Por qué lloráis, mis doncellas? ¿por qué hacéis tan grande llanto?
No lloréis así, señoras, que no es para llorarlo,
que si un hijo me han muerto, ahí me quedaban cuatro.
No murió por las tabernas, ni a las tablas jugando,
mas murió sobre Zamora, vuestra honra resguardando;
murió como un caballero con sus armas peleando.

Anónimo

ROMANCE DE FERNÁN D'ARIAS,
HIJO DE ARIAS GONZALO


Por aquel postigo viejo
que nunca fuera cerrado
vi venir pendón bermejo
con trescientos de caballo,
en medio de los trescientos
viene un monumento armado,
y dentro del monumento
viene un cuerpo de un finado
Fernán d'Arias ha por nombre,
fijo de Arias Gonzalo.
Llorábanle cien doncellas,
todas ciento hijasdalgo;
todas eran sus parientas
en tercero y cuarto grado,
las unas le dicen primo,
otras le llaman hermano,
las otras decían tío
otras lo llaman cuñado.
Sobre todas lo lloraba
aquesa Urraca Hernando,
¡y cuán bien que la consuela
ese viejo Arias Gonzalo!:
—Calledes, hija, calledes,
calledes, Urraca Hernando,
que si un hijo me han muerto,
ahí me quedaban cuatro.
No murió por las tabernas
ni a las tablas jugando,
mas murió sobre Zamora,
vuestra honra resguardando.

Anónimo

ROMANCE DEL JURAMENTO QUE
TOMÓ EL CID AL REY DON ALONSO


En santa Gadea de Burgos, do juran los hijosdalgo,
allí le toma la jura el Cid al rey castellano.
Las juras eran tan fuertes que al buen rey ponen espanto;
sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo:
—Villanos te maten, Alonso, villanos, que no hidalgos,
de las Asturias de Oviedo, que no sean Castellanos;
mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos;
con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados;
abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo;
capas traigan aguaderas, no de contray ni frisado;
con camisones de estopa, no de holanda ni labrados;
caballeros vengan en burras, que no en mulas ni en caballos;
frenos traigan de cordel, que no cueros fogueados.
Mátente por las aradas, que no en villas ni en poblado;
sáquente el corazón por el siniestro costado;
si no dijeres la verdad de lo que te fuere preguntando,
si fuiste ni consentiste en la muerte de tu hermano.—
Jurado había el rey que en tal nunca se ha hallado,
pero allí hablara el rey malamente y enojado:
—Muy mal me conjuras, Cid, Cid, muy mal me has conjurado;
mas hoy me tomas la jura, mañana me besarás la mano.
—Por besar mano de rey no me tengo por honrado,
porque la besó mi padre me tengo por afrentado.
—Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado,
y no vengas más a ellas dende este día en un año.
—Pláceme, dijo el buen Cid, pláceme, dijo, de grado,
tú me destierras por uno, yo me destierro por cuatro.—
Ya se parte el buen Cid, sin al rey besar la mano,
con trescientos caballeros, todos eran hijosdalgo,
todos son hombres mancebos, ninguno no había cano;
todos llevan lanza en puño y el hierro acicalado,
y llevan sendas adargas, con borlas de colorado;
mas no le faltó al buen Cid adonde asentar su campo.

Anónimo

ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA

Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón,
¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador!
¡No reventaras, condesa, por medio del corazón,
que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!
Allí habló la más chiquita, en razones la mayor:
—No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo;
me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.
—Conoceránte en los pechos, que asoman bajo el jubón.
—Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón.
—Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón.
—Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol.
—Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son.
—Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.
Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor:
—¿Cómo me he de llamar, padre? —Don Martín el de Aragón.
—Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo?
—Besoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios.
Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció
si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó.
—Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo;
los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.
—Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar,
si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar.
Don Martín como discreto, a mirar las armas va:
—¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear!
—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar,
los ojos de Don Martín roban el alma al mirar.
—Llevarasla tú, hijo mío, a la huerta a solazar;
si Don Martín es mujer, a los almendros irá.
Don Martín deja las flores, un vara va a cortar:
—¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear!
—Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar:
si Don Martín es varón, las rodillas juntará;
pero si las separase, por mujer se mostrará.
Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar.
—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar;
los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.
—Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar.
Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está:
—Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar,
que se halla el Conde mi padre enfermo para finar.
Licencia le pido al rey para irle a visitar.
—Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar.
Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;
por unas vegas arriba corre como un gavilán:
—Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real;
que dos años te sirvió una doncella leal!.
Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar.
—Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar
hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar.
Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar;
puentecito, puentecito del río de mi lugar,
una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.
Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par.
Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar,
que las armas y el caballo bien los supe manejar.
Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.

Anónimo

ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA

En Sevilla a un sevillano
siete hijas le dio Dios,
todas siete fueron hembras
y ninguna fue varón.
A la más chiquita de ellas
le llevó la inclinación
de ir a servir a la guerra
vestidita de varón.
Al montar en el caballo
la espada se le cayó;
por decir, maldita sea,
dijo: maldita sea yo.
El Rey que la estaba oyendo,
de amores se cautivó,
—Madre los ojos de Marcos
son de hembra, no de varón.
—Convídala tú, hijo mío,
a los rios a nadar,
que si ella fuese hembra
no se querrá desnudar.
Toditos los caballeros
se empiezan a desnudar,
y el caballero Don Marcos
se ha retirado a llorar.
Por qué llora Vd. Don Marcos
por qué debo de llorar,
por un falso testimonio
que me quieren levantar.
No llores alma querida
no llores mi corazón,
que eso que tú tanto sientes,
eso lo deseo yo.

BUEN CONDE FERNÁN GONZÁLEZ

—Buen conde Fernán González, el rey envía por vos,
que vayades a las cortes que se hacen en León,
que si vos allá vais, conde, daros han buen galardón:
daros han a Palenzuela y a Palencia la mayor,
daros han las nueve villas, con ellas a Carrión;
daros han a Torquemada, la torre de Mormojón;
buen conde, si allá no ides, daros hían por traidor.
Allí respondiera el conde y dijera esta razón:
—Mensajero eres, amigo; no mereces culpa, no;
que yo no he miedo al rey, ni a cuantos con él son;
Villas y castillos tengo, todos a mi mandar son:
de ellos me dejó mi padre, de ellos me ganara yo;
las que me dejó el mi padre poblélas de ricos hombres,
las que me ganara yo poblélas de labradores;
quien no tenía más que un buey, dábale otro, que eran dos;
al que casaba su hija doile yo muy rico don;
cada día que amanece por mí hacen oración,
no la hacían por el rey, que no lo merece, no,
él les puso muchos pechos y quitáraselos yo.

Anónimo

I.F.D. Borges

I.F.D. Borges
En la Escuela Normal funciona el Borges