domingo, 5 de diciembre de 2010

Austria: Patria de mi abuelo materno

Homenaje a mi abuelo materno: Carlos Guillermo Jaritz

(Wien, Österreich: Wein, Weib und Gesang)


Eine kleine Hommage an mein Grossfater Willi Jaritz. (Ich vermisse dich...)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Edad Media: El Romance tradicional


El Romance

Pintura de Daniel González

Díaz Viana, Luís. Ed Anaya.
Biblioteca Básica Literatura


No es un tipo de poesía perteneciente sólo a una época determinada si bien a partir del XV empieza a interesar a coleccionistas y poetas. Un recopilador de romances puede todavía recoger romances viejos transmitidos generación tras generación en ambiente de intimidad familiar. Algunos fueron pretexto para la danza. Romances piadosos, de bandidos buenos y de trágicos sucesos, romances cantados aún por niños en sus juegos.

Denominación: ¿A qué llamamos romance?

El M. de Santillana en la Carta-proemio al condestable de Portugal escrita a mediados del XV habla de aquellos “romances e cantares de que las gentes de baxa e servil condición se alegran”. En Crónicas medievalesse emplearon ambos términos -cantares y romances- para describir la actividad noticiera de los juglares verdaderos periódicos de la época. En las Partidas de Alfonso X se recomienda que en la corte “los juglares no dijesen otros cantares que los de gesta o que hablasen de hechos de armas”. De ahí se deduce la interpretación de distintos juglares dentro de la juglaría de diversos temas.

El arcipreste de Hita habla de “juglares cazurros” rango más ínfimo de la familia juglaresca. Los cedreros o tañedores de cedro eran los más distinguidos y apreciados.

El término “fabla” se utilizaría para designar narraciones no cantadas dentro de actuaciones del poeta. Hay una referencia en la Regula Monacharum de San Isidoro a “cantibus e fabulis” con que se distraían los trabajadores al realizar sus quehaceres. Existían diferentes tipos de juglares y diferentes tipos de repertorio.

En un principio, romances eran creaciones literarias no compuestas en latín sino en lengua vulgar o romance interpretadas por juglares. Pero parece que también la palabra “romanz” aludía a un poema narrativo de asunto heroico, de ahí la equívoca utilización de romance y cantar para denominar la misma creación poética. Al Poema del Mío Cid se le llama cantar en el propio texto pero en añadido posterior se dice:” El romanz es leído/ dat nos el vino”

Gran variedad del fenómeno juglaresco. El cometido del juglar era divertir e incluso sanar al doliente o aburrido, por medio del entretenimiento, así como diferentes tipos de juglar (zaharrones o zamarrones = payasos disparatados, locos, de los que provienen los zarrones o zaugarrones que con porras y utensilios parecidos persiguen a la gente. Existían diferentes formas en su repertorio: fablas, cantar o romance. Quizá entre cantar y romance existía diferencia de matiz: cantar sería la manera de comunicar el poema, el tipo de “perfomance” o actuación ante el público y romanz se referiría a aspectos compositivos (rima, métrica) y al contenido. Romance sería un cantar de fondo heroico y legendario con características no bien conocidas por nosotros pero que el juglar y el público sabían distinguir de otras clases de cantares.

Entre los cantos de juglaría abundan los asuntos de amor junto a épicos y poemas de burla y escarnio. Muchas composiciones se ajustaban a la estructura del zéjel, estrofa tomada de la lírica árabe (tres versos de igual rima con estribillo más un cuarto verso de rima igual a estribillo). Algunas formas de cantar juglaresco requerían un instrumento musical específico y no otro en su cantar. El canto estaba muy ligado al oficio de juglaresco. A lo largo de la Edad Media se irá desacreditando el término juglar aunque fueron los primitivos poetas. Algunos de ellos los segreres o segreles no solo tañían instrumentos con gran virtuosismo sino que sabían leer y escribir y probablemente crearon y difundieron los cantares de gesta y los primeros romance conocidos.

Definición de romance

Lo denominado Romancero dista mucho de ser un cuerpo homogéneo. Uno de los problemas fundamentales para su definición es la gran variedad de sus materiales

Al definir lo que es un romance se puede recurrir a dos enfoques distintos y caracterizarlos en cuanto a la forma compositiva o al género poético. No puede definirse solo por su temática ni por sus rasgos estilísticos ya que los distintos tipos de romances ofrecen entre sí poéticas bien diferenciadas.

Atendiendo al plano de composición romance es un poema no estrófico de métrica octosilábica y rima asonantada en los pares. Definición convencional. A las composiciones de iguales características pero de menor número de versos se les suele llamar romancillos.

Existen, sin embargo poemas de distintas épocas que se ajusta a esas normas y que por contenidos y por estilo difieren del modelo de romance prototípico. Sería el caso de algunos romancillos del siglo XVII de carácter lírico y asunto nimio, cuando no intrascendente .En ellos a menudo la declaración galante se carga de alusiones mitológicas.

De otra parte, algunas versiones orales de romances generalmente tenidos por tradicionales no son de versos de ocho sílabas sino de seis o siete presentando, además algún estribillo intercalado. También se llama romance a esos relatos con frecuencia inspirados en crímenes famosos- que los ciegos copleros cantaban y vendían. Estas creaciones escapan a la forma romancística antes expuesta ya que por lo común están compuestos en coplas asonantadas de cuatro versos con rima cambiante.

Existen clases y subclases de romances que precisan descripciones formales específicas. El rasgo común hay que buscarlo en el plano del romancero como género poético. Ya M.-Pidal llegó a la conclusión de que la marca más significativa del romance es su carácter épico-lírico. El romancero constituiría así el cuerpo central de la poesía épico-lírica hispana y nuestra balada más importante. Diferenciamos así el romance por su combinación de elementos narrativos con otros líricos, de lo objetivo con lo subjetivo.

Desde este enfoque la identificación del romancero con el género baladístico no resultaría del todo inadecuada siempre que maticemos algún aspecto. El romance no es nuestra única forma de composición épico-lírica, ni comprende toda nuestra baladística, aunque sí la articula y figura como su eje principal. De hecho las otras clases de baladas que hay en español tiene que ver en una u otra medida con el romance.

Orígenes del romancero

El romancero conectado con una baladística más amplia que afecta a toda Europa, nace en la península ibérica –según M.-Pidal- a partir de los relatos de epopeya castellana con la que está fuertemente emparentada en sus inicios. Desde el siglo pasado los estudiosos del romance se dividieron en dos grupos fundamentales


1- Agustín Durán Fernando J. Wolf, Carolina Michaelis y Julio Cejador creían que los romances habían precedido a los cantares de gesta que en el caso español provendrían de la combinación de aquellos.

2- Bello, M.-Pelayo, M.- Pidal y Milá y Fontanals consideraban que el romancero se había originado a partir de los cantares de gesta.

Pío Rajna y otros autores manifestaron sus dudas con un fenómeno que de haberse producido sería único – o al menos no comprobado en ningún otro país de la Romania- de transformación de los cantares de gesta en breves cantos épico-líricos.

En las ediciones de romances recogidos de la tradición oral se transcribían los romances en verso de 16 sílabas – repartidos en dos hemistiquios de ocho- resaltando así la conexión del romancero con la épica aunque a veces criterios estéticos o tipográficos han pesado más al elegir el modo de trascripción.

Los primeros recopiladores de romances, los del s. XVI imprimieron sin embargo sus cancioneros de romances en versos cortos, e igual hacían durante siglos los impresores de pliegos sueltos. Lo cierto es que a partir de esa época los romances se compondrán sobre la base métrica del octosílabo, aunque en el romancero de tradición oral -tal como señalaba M. Pidal – jamás el sentido se mantiene de manera completa después del octosílabo primero, lo que para él constituía una prueba clara de la persistencia del verso largo en el mismo.

La inestabilidad métrica de romances ya fue recogida por el M. de Santillana en su Carta-Prohemio. La fluctuación que aún encontramos en las versiones orales del romancero induce a pensar que esa inestabilidad ha sido una constante en el género a pesar de que cuando los romances se acogieron y prestigiaron por poetas cortesanos las composiciones romancísticas pasaron a regularizar su métrica. No obstante y según el propio M. Pidal, la tendencia octosilábica había existido ya en la métrica más antigua (…) p 22

Está poética estilizadota explicaría un proceso según el cual los cantares de gesta se habían fragmentado convirtiéndose en romances heroicos que después serán conocidos y admirados por todos como escribió M. Pidal “todas las gestas se hicieron romances; la epopeya se hizo romance.

Cabe preguntarse si no coexistían con aquellos cantares otros cantos más próximos al romancero que luego conoceremos y de los cuales no nos ha quedado noticias. Quizás es tan inexacta la norma de la fragmentación de los poemas amplios como la teoría contraria de estudios del XIX de que siempre cantos breves habían precedido a los largos. Se puede considerar que este tipo de proceso no es irreversible dentro de la tradición oral. En el propio romancero hallamos ejemplos en que un breve poema ha sido posteriormente ampliado o en los que distintos romances se cantan juntos como si compusieran una misma historia

Joseph Bedier Benedetto Croce o Leo Spitzer entre otros se opondrían a las tesis pidaliana o neotradicionalista por varias razones

1- la discutible dependencia del romancero en relación con el cantar de gesta.

2- las diferencias estilísticas entre ambos

3- Las coincidencias formales -como por ejemplo en lo referente a la métrica- del romancero con algunas composiciones líricas.

4- la imposibilidad de que de acuerdo con estos autores, el público llegara a la creación de una forma técnica tan sutil por selección automática y anónima de trozos de epopeya.

El desacuerdo entre individualistas y neotradicionalistas alcanza no sólo el origen del romancero sino que llega a la teoría sobre el nacimiento o historia de la épica y a las épocas más tempranas del romance.

Más allá de esta polémica nuevas investigaciones van iluminando los comienzos de la épica y la lírica en nuestra lengua. El peso de la lírica cobra poco a poco mayor importancia y su mejor conocimiento histórico puede aportar datos que ayuden a reconstruir los orígenes del romancero.

Aceptar la existencia oral durante un tiempo antes de ser recogidos por escrito, situar cronológicamente el inicio del género romancístico se hace muy difícil: Pero si de acuerdo con la teoría individualista el género nace con los primeros romances más o menos fechados, se retrasa en gran medida la parición del romancero. Una opinión moderada coloca los romances más antiguos como el que comienza “Valasme Nuestra Señora” a mediados del siglo XIV. En todo caso la hipotética fecha de origen del género ha ido adelantándonos, limitadamente a períodos más alejados de nosotros. Al estar la tradición oral en el origen del romancero no es de extrañar la aparición de nuestros descubrimientos más precisos y aclaradores al respecto.

El arabista James T.Monroe hizo notar coincidencias de forma y de contenido entre la jarcha “Alba dia este dia” y el romancero. La reconstrucción que el mismo autor realizó del poema en lengua romance que podía haber dado lugar a la jarcha resulta reveladora.

“Alba dia este dia” (fórmula reiterativa del 1º vers) dia de sanjuanada vestirei meu l-mudabbaj y romperemos las danzas

Se atribuye la muwasaha o moaxaja a poeta ciego de Tudela (Ahmad Ibn Hrayra) y puede datarse a principios del siglo XII

Existe también coincidencias entre motivos que aparecen en un romance de Ginés Pérez de Hita incluido en su Historia de los bandos de zegries y abencerrajes (1595) y otras semejanzas formales que apuntan hacia una afinidad de estilo y género.

Por los versos que conocemos de esta jarcha se puede conjeturar que el personaje que se dispone a participar en este torneo galante de la mañana de San Juan va a contar después una historia como sucede en tantas baladas españolas y extranjeras. Cabe la posibilidad de su procedencia de una balada desaparecida.

De acuerdo con J.T. Monroe que así como lingüista tuvieron que asumir la existencia de una lengua, el latín vulgar para explicar el origen de las lenguas romances, los estudiosos de la literatura para desentrañar los misterios de la poesía folklórica en lengua romance deberán contar igualmente con una literatura oral en latín vulgar de la que aquella podría proceder .

Negar la realidad de la épica y la lírica hasta la aparición de documentos escritos es como suponer que durante varias generaciones una comunidad no ha cantado historias ni ha expresado sus sentimientos.

Historia del Romancero

Los individualistas ha seguido el rastro escrito del romancero a partir de 1421, año que el estudiante mallorquín Jaume de Olesa, copia medio en catalán y medio en castellano “Gentil dona, gentil dona”

Entre 1547 y 1549 se fecha la publicación del cancionero de romances recopilada por Martín Nuncio impresa en Amberes. Contrasta fuentes escritas y orales tal como él mismo explica, método éste muy semejante al utilizado por recopiladores actuales.

En el siglo XVI consecuencia del éxito creciente del género romancístico se reedita en breve espacio de tiempo aquel Cancionero primero (1550-1555) y se publica la primera parte de la Silva de varios romances ( Zaragoza 1550)

En la frontera del XVI Romancero General (Madrid) 1600, reeditado en 1602-1604 y ampliado en una segunda parte (Valladolid) 1605

En 1621 y 1629 1ª y 2ª parte de la Primavera y flor de los mejores romances

Siglo XVI Romancero nuevo. El creado por poetas cultos. Se transforman algunos subgéneros del romancero viejo. a los fronterizos les sucederán los moriscos con su caballeresca y , a menudo, caprichosa visión del mundo árabe. Grandes poetas de siglo de oro rindieron también su tributo de ingenio al romancero, como Lope de Vega y Góngora.

Después del siglo XVII empieza el declinar del romancero. Los romances vuelven al cauce de la tradición oral y literatura marginada en zonas rurales. Un romancero difundido por pliegos y ciegos copleros coexistirá en el ámbito cultural de las masas populares junto a los temas de antaño

En el siglo XVIII algunos poetas utilizarán el metro y la rima del romance para crear artificiosas composiciones de corte pastoril o galante, Mientras al margen de la historia convencional de la literatura el romancero prosigue y consolidad su difusión oral por todas las áreas de lengua española o portuguesa: De Baleares y Canarias a las Azores y Madeira, de extremo a extremo del continente americano, de Marruecos a la península balcánica.

El siglo XIX con su exaltación de lo popular promovida por el movimiento romántico, vuelve sus ojos al romancero. Durán recoge en su Romancero general diversas clases de romance conocidos en aquella época y, tras él, Fernando J. Wolf y Conrado Hoffmann publicarán la ahora clásica Primavera y flor de romances. El Duque de Rivas y Zorrilla recrearán ciertos materiales legendarios aunque será en el siglo XX cuando autores de primera calidad, como Antonio Machado (La tierra de Alvargonzález) y F. García Lorca se proponen la renovación del género. Durante la Guerra Civil estallará una verdadera explosión romancística. Se difundirá un nuevo romancero por medio de hojas volandera y gacetilla del frente por las trincheras de ambos bandos, haciéndose canto de combate

Criterios de clasificación del romancero

1. Clasificación común (Wolf, Hoffmann )

• Romances primitivos o tradicionales

• Romances primitivos refundidos por eruditos o poetas artísticos

• romances juglarescos de tradición oral pero creados por juglares

• romances artificios o artísticos compuestos del siglo XVI en adelante.

2. Otras clasificaciones

• Romancero viejo XIV-XV. Romancero nuevo

• Enfoque cronológico

• Enfoque estilístico

• Enfoque temático


3. Ensayo de clasificación global

• Nivel Cronológico: Romancero viejo. Romancero nuevo
• Nivel Temático:

- Históricos Ciclos de: Don Rodrigo; Bernardo Carpio; Fernán González,

Infantes de Lara; el Cid.

- Fronterizos - Legendarios - Moriscos - novelescos - Líricos: a) familiar b) amor-sexual c) Tema de ejemplaridad social

• Nivel estilístico

- Romances literarios o artísticos - Romances tradicionales - Romances vulgares

El fragmentarismo y la oralidad en el Romancero

Una clasificación común es la tripartita de Wolf, Hoffmann, derivada de la elaborada por Agustín Durán. Agruparon los romances en tres bloques

• Romances primitivos o tradicionales

• Romances primitivos refundidos por eruditos o poetas artísticos

• romances juglarescos de tradición oral pero creados por juglares

Añadiendo a estos los romances artificiosos o artísticos compuestos del siglo XVI en adelante tenemos el esquema básico de las clasificaciones.

La mayoría de las clasificaciones coinciden en la separación entre romancero viejo y romancero nuevo pero aplican criterios diferentes para definir esos dos grandes bloques o para la caracterización de otras subclases de romances

1. Enfoque cronológico: los romances viejos serían los compuestos antes del siglo XVI y durante el primer cuarto de siglo de éste; los romances nuevos los creados después de esta época. Algunos autores incluyen dentro del romancero viejo todas las composiciones que se propagan anónimamente por tradición oral sea cual sea su fecha de nacimiento.

2. Enfoque estilístico: en el caso del romance ha de considerar los distintos modos de transmisión. Suele atribuirse al romancero nuevo la condición de ser poesía escrita y personal, de autor conocido; al romancero viejo se le exigen las cualidades del anonimato y oralidad. de acuerdo con Durán se piensa que estos romances viejos tratan en gran parte, sobre sucesos de nuestra historia nacional y que son objetivos en su estilo, el poeta solo aparece como un simple narrador. Estos romances se dividen en históricos y fronterizos o se les da el nombre de los ciclos épicos que, supuestamente, constituyen su fuente.

Otras divisiones más generales según el carácter de los asuntos abordados separan los romances religiosos de los profanos, o según un criterio estético apartan del buen romancero ese otro llamado vulgar integrado por los romances de la “literatura de cordel”.

3. Un enfoque temático clarificador es el aplicado por William J. Entwistle que trata de clasificar el complejo panorama del romancero según los asuntos tratados.

• Romances históricos: serían los de base histórica conocida o probable

• Romances épicos y literarios se basarían en los cantares de gesta o en materia legendaria elaborada literariamente incluso si lo narrado tiene su origen en un suceso histórico.

• Romances de aventuras: Formarían un grupo heterogéneo con asuntos de todo tipo (amorosos, familiares, de misterio, etc.) a menudo extraídos de un fondo folclórico común a toda Europa.

4. Ensayo de clasificación global

Para configurar un sistema clasificatorio que recoja la variedad y riqueza de aspectos del romanceros. Se distinguen cuidadosamente los distintos planos sobre los que el género se estructura y sobre cada uno de estos niveles de análisis ensaya una clasificación muy detallada.

• Nivel Cronológico:

Romancero viejo: Formado por los romances compuestos antes del primer cuarto de siglo XVI (1525).Algunos autores los dividen en tradicional y juglarescos

Romancero nuevo, a veces llamado artístico no compuesto dentro de la tradición oral sino por autores más o menos conocidos en un nuevo estilo. Está constituido por las creaciones posteriores a 1525.

Algunos autores consideran que la diferencia entre ambos romanceros está basada más que en la cronología, en el origen y forma de propagación. El primero sería de tradición oral y de autor desconocido mientras que el segundo fue compuesto por escrito y debería su estilo a autores con plena consciencia de su responsabilidad literaria.

• Nivel Temático:

- Históricos: También llamados romances “nacionales”, que se agrupan en ciclos referidos a hechos y héroes de gran importancia en nuestra historia como nación. Los principales ciclos son:

Ciclo de Don Rodrigo, inspirados en una crónica de 1430 de Pedro del corral que tratan sobre el desgraciado fin del último rey godo.

Ciclo de Bernardo Carpio; romances que relatan enfrentamientos de este héroe legendario a Alfonso II cuando iba a convertirse en vasallo de Carlomagno. Cantan la victoria de Bernardo sobre los caballeros franceses de Roncesvalles.

Ciclo de Fernán González, recoge las hazañas de este héroe, también contenidas en el poema de clerecía que lleva su nombre y los conflictos entre el condado de Castilla y el reino de León cuando el primero pugnaba por su independencia.

Ciclo de los Infantes de Lara; Tratan de la época en que los castellanos se veían amenazados por las tropas árabes de Almanzor y los infantes resultaron muertos a manos de los moros en emboscada preparada por su tío Rodrigo Velásquez. Mudarra González hermanastro de los infantes e hijo de cristiano y mora vengará la traición dando muerte a Rodrigo Velásquez.

Ciclo del Cid. Agrupa todos los romances que cantan las gestas y conquistas del héroe castellano. Presentan un Cid altivo y casi fanfarrón, muy alejado del Cid mesurado y prudente del Cantar e inventan episodios que poco tienen que ver con los históricos

- Fronterizos: algunos se identifican con los históricos pues muy bien podrían ser los fronterizos las composiciones romancísticas más antiguas entre las que se ocupan de hechos de nuestra historia. Sin recurrir a gestas ni crónicas se compusieron durante la Reconquista y abordan los sucesos bélicos acaecidos en la frontera entre cristianos y moros.

- Legendarios: Son romances de temática no castellana, tratan de relatos del folclore europeo. Llegan a nuestra literatura a trabéis de la épica francesa, caso de romances del “ciclo carolingio”, basados en las leyendas de la corte de Carlomagno, y inspirados en las narraciones medievales sobre el rey Arturo y su mesa redonda, poemas del “ciclo bretón o artúrico”

- Moriscos: Divididos en dos grupos o épocas por algunos autores. Los romances viejos que muestran una visión amable o positiva del mundo árabe. Los del segundo grupo son composiciones escritas más tardíamente en momentos de verdadera moda del exotismo de lo arábigo. Lope de Vega y Góngora, entre otros, crearían esos nuevos y caprichosos romances moriscos.

- Novelescos: A veces tienen su origen en asuntos conectados con los de romances históricos y legendarios pero tratados más imaginativamente; estas composiciones reciben el nombre de “caballerescas”. En ocasiones los romances novelescos se centran en temas bíblicos, mitológicos, pastoriles y piadosos.

- Líricos: Incorporan materias y recursos de la canción lírica, sobre todo a finales de la edad media, o transforma y abrevian temas de los otros grupos

Atendiendo a los asuntos que sirven de motivo fundamental a los romances que, hoy en día se siguen transciendo por tradición oral, descubriremos que giran en torno a tres grandes temas: el familiar, el amoroso-sexual y el tema de la ejemplaridad social

• Nivel estilístico: Vías de creación y transmisión

- Romances literarios o artísticos: Creados dentro de los cauces convencionales de lo literario

- Romances tradicionales: Nacidos y propagados en el proceso de la tradición oral, sufriendo una estilización progresiva, el fragmentarismo y la contaminación de temas diferentes entre otros cambios

- Romances vulgares: A caballo entre la escritura y la oralidad, producen en su mayor parte de esa vertiente intermedia entre lo culto y lo popular que es la literatura de cordel

Estilo del romance

Arcaísmos y tiempos verbales

Sintaxis

Lenguajes

Paralelismo y repetición

Hablar de un solo estilo para todo el romancero es generalizar demasiado: Hay que distinguir entre los rasgos estilísticos que caracterizan a las distintas clases de romance, sin olvidar la larga vida del romancero, que abarca desde la edad media a la literatura contemporánea

Arcaísmos y tiempos verbales: En el romancero viejo tanto en las recopilaciones más antiguas como en algunas versiones de la tradición oral actual, aparecen arcaísmos que lo eran ya cuando los primeros cancioneros de romances fueron compilados. Así nos encontramos con rasgos como

Conservación de la f- inicial (“falcón”,” fabló”) o formas arcaizantes como “fontefrida” en vez de “fuente fría”

Uso del pronombre átono “vos”, más allá de la época en que era de uso corriente (“¿de qué vos reís?”)

También el uso de las desinencias en –ades o –edes (“los que comedes mi pan”) por –aís o –éis, que hoy serían las terminaciones ordinarias de esas formas verbales

Uso del artículo determinativo antepuesto, todavía en versiones actuales (“la mi”, “la su”)

Vocativo con artículo antepuesto (“¿Dónde vas, el caballero?”)

Los tiempos del verbo son utilizados de manera peculiar, combinándose el pasado con el presente e incluso con el futuro. Este recurso permite al narrador pasar de uno a otro plano temporal, cercando a la audiencia lo que cuenta e introduciendo a quienes le escuchan en el mundo de lo narrado.

La adjetivación es justa y escasa y el abundante uso de elipsis en virtud de la cual verbos y nombres quedan sobreentendidos.

Sintaxis

Empleo frecuente de la yuxtaposición. Son raros los versos de enlace en las versiones más apegadas a la tradición y los personajes intervienen en la acción a través de diálogos en estilo directo

Intercalación de interjecciones y exclamaciones de toda clase en las intervenciones de los personajes con el fin de intensificar la expresividad. En las partes dialogadas abundan vocativos y apostrofes que dramatizan aún más el contenido

Profusión de hipérbaton en el romancero viejo e importancia del mismo en la impresión de elegancia que dichas composiciones transmiten. Elegancia lejos tanto de lo vulgar como del rebuscamiento y afectación a que el abuso del hipérbaton puede conducir.

El lenguaje

El romancero oral está condicionado por una especie de compromiso entre el “patrón” o “modelo” de un determinado tema y el tipo de versión más extendido en cada demarcación. Por ello, conviven dentro de la misma versión formas vulgarizadas (“pa’” por “para” o “ca” por “casa”) con otras propias de léxico selecto y palaciego. Muchos vocablos has sufrido alteraciones pintorescas. “Mira Nero de Tarpeya” pasó a “Marinero de Tarpeya”

Otro aspecto interesante es la persistencia de la –e paragógica (“cantar-e”) que, cuando ya se había producido la caída de la –e final latina, siguió utilizándose por juglares como recurso de su arte que ampliaba las posibilidades de la rima.

Esta –e paragógica perdura de manera implícita al menos, en aquella versiones orales que alternan la rima en á- con la rima en á-e

Paralelismo y repetición

La repetición, ya sea anafórica o dentro del mismo verso es un recurso fundamental en el romancero de tradición oral que lo aproxima a los juegos reiterativos de la lírica medieval.

Con frecuencia, el comienzo de los romance “in media res” utiliza la repetición, como sucede en “Abenamar, Abenamar”, Rey don Sancho, rey don Sancho”, “Mañanita, mañanita”. Otras frases se repiten también regularmente tomando la forma de octosílabos perfectos que se colocan enana u otra parte del poema según la conveniencia.

Son muy importantes dentro del romance las fórmulas, que a menudo se apoyan en la hipérbole (“que en la corte no hay su par”, “que al cielo quiero llegar”, la antítesis (“noche y día”) y la personificación (“que las campanas plañían”,”puertas de alegría”)

Aparece repeticiones fonéticas, aliteraciones (“yo me era mora Moraima”); en el plano sintagmático (“Río verde, río verde”, “que por mayo era por mayo”). Este paralelismo puede afectar a palabras o frases (paralelismo verbal : “_Tú eres el diablo romero (…) “No soy el diablo romero”; “No me quites el honor (…) _ Te he de quitar el honor”); puede ser un paralelismo conceptual (“No temo yo a la muerte/ ni tampoco a quien la envía ,/que tengo yo en mi casa hacienda, para sostenerla de día”); o puede tener un sentido correlativo (“Póngale usted rica cena,/ póngale usted rico pan,/ póngale usted rica cama”.

El fragmentarismo y la oralidad en el Romancero

La economía expresiva propia del romancero viejo encontró en el fragmentarismo un medio importante con el que eliminar elementos y aumentar la emoción. En un principio pudo ser consecuencia –no buscada- de la desmembración de historias más largas, pero después llego a convertirse en verdadera voluntad de estilo. En el romancero se buscó la indefinición del final de poema, un “saber callar a tiempo” que actuó como un procedimiento más de reelaboración estética.

En el romancero de tradición oral se cumple esa ley de inversa proporcionalidad de A más paralelismos, menos metáforas. Contrasta la sobriedad metafórica del romancero tradicional con las atrevidas metáforas en romances de poetas cultos como Góngora y García Lorca. En este y otros aspectos la poética del romancero se encuentra profundamente marcada por la oralidad. Es una poesía para ser cantada, de ahí que abunden los recursos fónicos y las figuras de dicción sobre las de pensamiento.

La poética del romancero en una poética en tensión que resulta de difícil equilibrio entre objetividad y subjetividad, moderación y emoción, sobriedad y ornato. Una poética que juega con el contraste entre tempo solemne y otro de rápida andadura que avanza con repentina ligereza a lo largo de la acción. De estas oposiciones proviene la fuerza y capacidad que el género tiene para mantener el interés.


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Edad Media: Trovadores


Los Trovadores

César Cantú



Ornamento y vida de las fiestas de la edad media eran los poetas, a menudo confundidos con los bufones y juglares. Muy distintos eran los Trovadores, primeros poetas de la moderna civilización. En la Provenza se conservaban vestigios de la sociedad romana en los municipios, en la lengua, en el comercio; y durante la larga paz que ofreció el reinado de príncipes nacionales, pudo florecer la literatura, cultivada por apasionados cantores. Valiéndose de la lengua de oc, inspiráronse éstos en la gaya ciencia para cantar a las damas y a los caballeros, las armas, los amores, la cortesía y las audaces empresas. Sus poesías líricas son mejor apreciadas al canto que a la lectura. Introdujeron la rima, ya iniciada por los Latinos de la decadencia. No afectaban erudición, ni imitaban a los clásicos, que probablemente desconocían; expresaban sentimientos, disponiendo las palabras de manera que produjeren buen efecto al oído, y agradasen a caballeros y a damas ignorantes en punto a bellas letras. La mayor parte de sus composiciones son amorosas; de vez en cuando se complacen en versificar sobre cosas y personas sagradas, o ensalzan a los valientes y satirizan o hieren a los cobardes y a los tiranos; o bien cantan aventuras, cuyo protagonista es con frecuencia el mismo Trovador. Iban de castillo en castillo, celebrando a las bellas y a los paladines, y ganando así trajes y comida, y brillaban sobre todo en las cortes privadas y en los torneos. Algunos alcanzaron fama duradera, como Bertrand de Born, Princivalle de Oria, Pedro Cardenal, Bernardo de Ventadour, Rambaldo de Vaqueiras, Pedro Vidal, Sordello de Mantua, Maestro Ferrari de Ferrara.

La lengua y la literatura provenzales fueron trasladadas luego a Aragón, donde los Trovadores continuaron por mucho tiempo. Enrique, marqués de Villena, indujo a Juan I de Aragón a instituir en Barcelona una academia por el estilo de la de Tolosa; pero fue de breve duración. A mediados del siglo XV, compuso versos en aquella lengua Ausiàs March de Valencia, a quien se ha querido comparar con Petrarca, tanto por su mérito como por sus aventuras. Omitimos a otros de menos importancia.

Uno de sus méritos consistía en tener siempre dispuestas relaciones con que amenizar los banquetes y las tertulias. La viva imaginación de aquellos tiempos había mezclado con la verdadera historia, y mayormente con la sagrada, una infinidad de narraciones apócrifas, de aventuras extravagantes, que hasta mucho tiempo después sirvieron de asunto a las bellas artes. En aquellas leyendas tomaba gran parte el diablo, que personificaba la inclinación mala del hombre, y aparecía con frecuencia vencido y burlado. A veces las artes, por no haber expresado bien un pensamiento, o también los símbolos mal interpretados, daban origen a leyendas. Pintábase a San Nicolás de Mira teniendo al lado tres catecúmenos sumergidos en la fuente bautismal, y de figura más pequeña para indicar su inferioridad; el vulgo creyó que eran tres niños y que el santo les había resucitado y sacado de la caldera donde cocían para cumplir un impío voto. El cerdo, que a los pies de San Antonio debía significar la victoria de este santo sobre el enemigo infernal, dio lugar a extravagantes leyendas. Muchísimas eran los que tendían a excitar la devoción y a aumentar los sacrificios por los pobres muertos. A veces, estas leyendas toman la extensión de novelas como los Siete durmientes, el Barlaam y Josafat.

La devoción no era la única que inspiraba las narraciones de aquel tiempo; y el patriotismo, la fidelidad en amor y la execración de las guerras civiles formaban con frecuencia el asunto de las novelas. El amor patrio atribuía a cada ciudad orígenes troyanos o apostólicos, y la hacía teatro de los más extraordinarios acontecimientos. Las novelas que se inspiraban en la caballería, fabulaban la historia de Arturo, de Merlín, de Carlomagno, de Alejandro; y las que se inspiraban en la vanidad de familia, inventaban genealogías y las llenaban de héroes. Muchas fueron tomadas de los Orientales, como las Mil y una noches, El libro de los siete consejeros, del indio Sendebad, las fábulas de Kalila y Dimna; y fueron la fuente donde bebieron los poetas posteriores. Innumerables son las novelas que siguieron, y han adquirido celebridad Los reales de Francia, el Guerino Mezquino, el Orlando enamorado y el Furioso.

Muchas de aquellas historietas sobrevivieron y parecen superiores a cuanto se inventó después, como la de Imelda de Lambertazzi, de Julieta y Romeo, de Pía de Siena, de Francisca de Rímini, de Pedro Baliardo, de Guillermo Tell, de Ginebra de Almieri, de Don Juan y de Fausto.





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Edad Media: Caballeros


Caballería. Órdenes militares

César Cantú


El más valioso alimento de las Cruzadas fue la caballería, espléndido episodio de la historia europea, entre el planteamiento del cristianismo y la revolución de Francia. Era una exaltación de la generosidad, de la delicadeza, del pundonor, del desinterés, la que determinaba las acciones, consagraba las hazañas y purificaba los fines. La religión y la mujer eran los ídolos de los caballeros. Parte de estos sentimientos debían su origen a los Árabes, grandes mantenedores de la palabra, fidelísimos a la hospitalidad, y parte a los Germanos, entre los cuales la mujer era mucho más respetada que por los Romanos y los Griegos, y en cuyo país cada hombre tenía su importancia personal y su responsabilidad, y se dedicaba a las armas hasta en los juegos.

Los romances y novelas que de ella se nutrían, la hacen remontar hasta la tabla redonda del rey Arturo o a los paladines de Carlomagno. Sólo después del año mil, cuando hubieron cesado las guerras de invasión, la caballería adquirió desarrollo en toda Europa, siendo sobre todo galante en Francia, severa en la Germania, aristocrática en Inglaterra y menos refinada en Italia; no existió en Grecia ni en Rusia. En todas partes adquirió un carácter conforme a la índole de los pueblos. Al principio predominó en ella la guerra; luego la galantería, y por último el falso entusiasmo y las exageraciones que la hicieron ridícula.

Los símbolos expresivos que acompañaban a todos los actos de la Edad Media, se multiplicaron en la caballería. El joven hijo de Caballero, era educado en el castillo de manera que se acostumbrase al manejo de las armas, al celo de la nobleza adquirida, a la cortesanía, a los galanteos, a las visitas, a los viajes, a la montería y a la caza. A los catorce años, el mancebo era armado escudero por el sacerdote que le ceñía la espada bendecida y las espuelas de plata; y se ponía a las órdenes de algún paladín, hasta que por sus servicios y por sus empresas mereciese ser armado caballero. Esto se hacía en solemnísima ceremonia, precedida de baños y ayunos, de vigilias y oraciones; su paladín le daba tres golpes de plano con la espada y un abrazo, y se le ponían las espuelas de oro.

Deberes de todo caballero eran defender la religión, las iglesias, los bienes y los ministros de las mismas; sostener al débil, a los huérfanos y a las mujeres; mantener la palabra empeñada; no obrar nunca por interés ni por pasión, y guardar fidelidad a su señor. Contraían a menudo la mutua fraternidad de las armas, compartiendo las fatigas y la gloria. El que faltaba a sus deberes era degradado. La Iglesia, si no fue la inspiradora de tales sentimientos, los alimentó y depuró al menos. En parte verdaderas, pero en gran parte imaginarias, son las aventuras que a los caballeros se atribuyen en una infinidad de novelas; y si bien degeneró después la caballería por las exageraciones satirizadas en el Don Quijote, sobrevivió el caballero en el gentilhombre, orgulloso de su cuna, delicado en lo tocante a la reputación, independiente en presencia de sus superiores, cortés con el bello sexo, como se conservó hasta la invasión de la democracia.

La asociación de la Iglesia con la milicia se consumó por medio de las órdenes religioso-militares. Los Hospitalarios de san Juan fueron instituidos por los Amalfitanos, y comprendían eclesiásticos para el socorro de las almas, legos para los servicios corporales y caballeros de armas encargados de proteger a los peregrinos, presididos por un gran maestre.

Algunos franceses siguieron el ejemplo de estos, fundando la Orden de los Templarios, tutela de peregrinos también, y al mismo tiempo cruzada permanente contra los infieles. Uniéronse a ellos los caballeros Teutónicos, con hospitales y oratorios, quienes más tarde adquirieron en la Germania un poder soberano. A imitación de estos se instituyeron los caballeros de San Lázaro, consagrados principalmente a curar a los leprosos, y unidos después a la Orden de San Mauricio; los caballeros del Oso, los del Silencio, los de la Estrella Roja, los de San Miguel; la Orden de Calatrava, para rechazar a los Árabes de España; la de Santiago, la de Porta-Espadas, contra los Livonios, en Prusia; la del Toisón de Oro en la Borgoña; en Italia los Gaudentes, los caballeros del Lazo, y la Orden Constantina, a la cual pertenecieron los últimos Comnenos, y que heredaron los Farnesio, y la Orden saboyana de la Anunciata. La espuela de oro era conferida por los Pontífices. Estímulo al principio de noble celo, valor y caridad, todas estas órdenes fueron degenerando hasta trasformarse en títulos de simple vanidad.



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Edad Media: El Feudalismo


El feudalismo

César Cantú

El feudalismo es una estrecha conexión del vasallo con el señor, hasta el punto de identificarse con él; ningún vínculo lo enlaza con el príncipe ni con la nación; solo ve y conoce a su señor inmediato; a él presta sus servicios; de él reclama protección y justicia; únicamente recibe órdenes de su autoridad. No obtiene justicia de sus vecinos, súbditos de otro, sino porque es en cierto modo cosa de su señor, en provecho del cual redundan los honores y las ventajas del súbdito feudal; y el súbdito no es hombre, sino en cuanto se le considera miembro del feudo.

Esta forma no se encuentra entre los Eslavos, ni entre los Romanos, ni siquiera en la India ni en Escocia; es propia de los Germanos, pero no proviene de las instituciones primitivas, sino de la conquista.

El jefe de una banda guerrera que a él se había subordinado para realizar una empresa, conquistaba una provincia; las tierras eran consideradas comunes, y repartidas entre los principales, quienes las subdividían para repartirlas a sus compañeros de menor grado. Estos quedaban así agregados a la tierra y al señor de quien la recibían, adquiriendo estabilidad las relaciones con éste; la igualdad, tan querida de los Germanos, cedía el paso a una aristocracia. Otros se dedicaban al cultivo de terrenos abandonados, y para la protección de sus bienes y personas, se ponían bajo la supremacía de un vecino. A menudo hasta los propietarios libres se presentaban a algún jefe poderoso y le recomendaban su alodio a fin de que lo defendiese. De este y otros modos se formaba un feudo.

El jefe bárbaro tenía por principal obligación la de proveer de guerreros al ejército real; por lo mismo obligaba a sus vasallos a servir en persona o a proporcionar hombres, armándolos y manteniéndolos a sus expensas. Si la persona beneficiada moría a desmerecía, los señores revocaban el feudo, para concederlo a otro; pero los vasallos procuraban hacerlo hereditario, ayudados en esto por la naturaleza de los bienes raíces; de modo que las familias se injertaban en el feudo y concluyeron por identificarse con él.

A cada cambio, el poseedor renovaba el juramento y el homenaje, y recibía la investidura; lo que se hacía con aparato teatral. El heredero, con la cabeza descubierta, depuesto el bastón y la espada, se postraba ante el señor feudal, quien le entregaba una rama de árbol, un puñado de tierra u otro símbolo.

Así, no se consideraban miembros del Estado más que aquellos que poseían un terrazgo; y al fin no hubo tierra sin señor, ni señor sin tierra. Esta forma se fue extendiendo, y hubo ciudades y conventos que se sometieron a las obligaciones feudales para tener vasallos. Con el tiempo se hicieron hereditarios los cargos de senescal, palafrenero, copero, porta-estandarte, y hasta los altos mandos militares. Desde que se hizo hereditario el feudo, lo fue también la lealtad.

A la propiedad estaba aneja la soberanía, y pertenecían al poseedor del feudo, respecto de sus habitantes, los derechos soberanos reservados actualmente al poder público. Así, pues, los vínculos de parentesco se rompían, y la idea abstracta del Estado cesaba. Los barones quedaban interpuestos entre el rey y el pueblo, sin que estos últimos pudiesen ponerse en comunicación sino por medio de aquellos. De este modo el rey fue únicamente soberano de nombre. Y no tenía mayor realeza el emperador, salvo la poca que le daba su carácter religioso. Cesaron las asambleas. Los feudatarios estaban ligados entre sí dentro de un sistema jerárquico. La única fuente del poder era Dios, cuyo vicario era el Papa, el cual, reservándose el gobierno de las cosas eclesiásticas, confería el de las temporales al emperador; y uno y otro confiaban el ejercicio del gobierno a oficiales, investidos de una tierra, que éstos subdividían entre oficiales menores. Un mismo individuo podía ser señor y vasallo; y poseer feudos de naturaleza y países distintos. Muchos reyes se hicieron vasallos de la Santa Sede; los de Inglaterra prestaban homenaje a los de Francia por la Normandía. Los prelados hubieran estado sujetos a iguales obligaciones, pero como por respeto a los cánones, no podían verter sangre en guerra ni en juicio, se hacían suplir por vizcondes o abogados. Estos, en algunos puntos, se hicieron hereditarios, llegando a ser más ricos y poderosos que el prelado.

En esta cadena, nada le quedaba al rey, quien no podía hacer lejanas expediciones, puesto que los barones estaban únicamente obligados a militar por breve tiempo. Esto detuvo las emigraciones y las conquistas. Los señores de vez en cuando se reunían en cortes plenarias, no para dictar leyes, sino para combatir el lujo.



Derechos



Según las ideas germánicas, nadie estaba obligado a cumplir más que los pactos que hubiese contraído; de modo que la ley no era obligatoria para todo el país, sino únicamente para el territorio del señor que la hacía. Las regalías consistían en la jurisdicción, en la acuñación de moneda, en la explotación de minas y en exigir peajes; los grandes vasallos las usurpaban unas tras otras. La hacienda no constituía un arte, por cuanto al príncipe le bastaban las regalías y los bienes de familia; las Cortes eran sencillas y no costaban nada el ejército ni los empleos, que corrían a cargo de los feudatarios. Estos consiguieron sobreponer, en todas las relaciones sociales, la idea de territorio a la de nación y personalidad. Los códigos de raza fueron sustituidos por usos locales, y la justicia no fue ya una delegación superior, sitió una consecuencia del derecho de propiedad. Un feudatario no podía ser castigado por una injusticia, a no ser de la manera que hoy podría serlo un rey por otro rey; faltaba un tribunal supremo. Si alguna vez se elevaba un litigio o una causa, de tribunales inferiores al rey o al emperador, éste no revisaba la sentencia, sino la causa misma, y solo podía juzgarla diversamente cuando contaba con la fuerza. En suma, todo duque, conde, marqués o barón era un pequeño rey; él mandaba en su país; no pagaba tributos, y vengaba las injurias con la guerra privada (derecho del puño), que podía dirigir hasta contra su soberano.

Los señores feudales vivían fortificados en breñas y castillos, admirablemente dispuestos para la defensa, y que impidieron las incursiones de nuevos Bárbaros. Allí dentro acumulaban cuanto era necesario para la vida y la guerra. El feudatario concebía una elevada idea de sí mismo, siendo independiente, tirano para con sus súbditos, y altivo como superior al temor y a la opinión; era aficionado a los caballos, a las armas y a la caza; en vez de sueldo, daba a sus oficiales la libertad de la expoliación y el vejamen; y él mismo, desde su castillo, lanzábase sobre los valles para robar provisiones y mujeres. No había más juez que él, y no se oían más voces de censura que las de algunos frailes, que iban sumisamente a recordarles el decálogo.

El vasallo debía respetar a su señor, impedirle todo daño o deshonra, y rescatarlo si caía prisionero; además, tenía que prestarle el servicio de las armas por un tiempo fijo, reconocer su jurisdicción, y pagar cierta cantidad cuando el feudo cambiase de titular. A esto se añadían otras obligaciones particulares, como la de servirse del molino, de la prensa, del horno del amo, mediante el pago de una cantidad determinada; darle parte de los frutos o prestarle un número dado de jornales. En algunos puntos, el señor era tutor de todos los menores, o heredaba de todas las personas que morían intestadas, o podía ofrecer un marido a toda heredera de feudo. El señor heredaba de todo extranjero que moría en su territorio, y se apropiaba las naves y personas arrojadas por la tempestad, derecho que se abolió muy tarde. El privilegio de la caza resultaba gravosísimo para los súbditos, cuyos campos quedaban devastados después de las cacerías, y cuyas personas eran objeto de muy graves penas, si mataban o cogían a un animal silvestre. Estas eran las obligaciones más comunes, pero sería imposible enunciar todas las particulares impuestas por la arrogancia o el capricho, como regar las plazas, echar una medida de maíz a las aves del corral, dar saltos acompañados de un ruido ignoble, mover el cuerpo haciendo el borracho, tener que llevar ya un huevo, ya un nabo, en un carro tirado por cuatro pares de bueyes, y otras extravagancias indignas, que solían acompañar el acto de la investidura de un feudo. Resto de aquellas costumbres era el bofetón que el príncipe daba al armar a un caballero, y que hoy da todavía el obispo en el acto de la confirmación.

El derecho más solemne era el de la guerra privada o de los duelos, los cuales fueron sometidos a ciertas formalidades para hacerles menos frecuentes y menos homicidas.

El derecho feudal se escribió tarde, y tuvieron mucha autoridad los libros de Gerardo y Obesto, jurisconsultos milaneses (1170); libros comentados y ampliados por muchos, y editados definitivamente por Cuyacio.

El feudalismo se extendió por toda la Europa germánica, modificado según los países; pero principalmente en Francia, donde duró hasta la Revolución, y en Inglaterra donde en parte dura todavía. La España no tenía feudos, en el verdadero sentido de la palabra, pero la Castilla sacó su constitución de una nobleza feudal, poderosa por sus conquistas progresivas sobre los Árabes, donde no solo las tierras, sino aun ciudades enteras se daban en beneficio. Pueden considerarse como feudos eclesiásticos los beneficios que la Iglesia concedía, y es también feudo el patronato, trasmisible a los herederos.

En este nuevo estadio de la civilización, que tiene tanto de teocrático como de guerrero, se desmenuzaban los poderes públicos, no teniendo valimiento más que sobre los dependientes inmediatos, los cuales, inamovibles también en el territorio y el empleo, obedecían tan solo dentro de los límites precisos de lo pactado. La unidad imperial desapareció, y quedó en pie tan solo la de la Iglesia. La legislación no era ya personal, como bajo los Bárbaros, ni nacional como bajo los Romanos, sino que variaba según la naturaleza del proceso; no era la nación la que exigía la obediencia por medio de sus magistrados; la obediencia era una obligación personal.



Efectos del feudalismo



Entonces se pudo probar la nobleza con el título de propiedad de que tomaba su nombre. Los débiles quedaron abandonados al arbitrio de los fuertes, pues la gente que no poseía se hallaba supeditada a la que poseía; y mientras a ésta le estaba todo permitido, solo había padecimientos para la otra. Cuando cada propiedad era un Estado diferente, las comunicaciones tenían que ser difíciles; cada feudatario establecía un peaje, un impuesto a las personas y a las mercancías que atravesaban su territorio, lo que dificultaba los viajes y el tráfico. Sin embargo, la dependencia feudal tenía una ventaja sobre la esclavitud romana, por cuanto el siervo, el colono no perdía la dignidad de hombre; el señor tenía interés en conservarlo, y no podía venderlo ni cederlo sin consentimiento del monarca. La gente, en vez de afluir a las ciudades, dejando desiertos los campos, poblaba las campiñas que rodeaban a los castillos, y la vida privada prevalecía sobre la pública. El feudatario debía vivir en la familia, y rodear de cuidados al primogénito, destinado a sucederle; la mujer representaba al marido cuando este se hallaba ausente. De aquí el sentimiento de la dignidad personal, que dio origen a la caballería. Todo descansaba sobre pactos, sobre la palabra dada, sobre la lealtad. No podía imponerse nada fuera de lo convenido. Los vasallos velaban porque el rey no les usurpase poder alguno; esto originó la representación señorial, que más tarde sirvió de modelo a la popular. El derecho privado y el apego al señor no obedecían a una baja sumisión como en Asia.

Nada propendía a constituir un gobierno bien ordenado. El feudalismo hacía fondear en la tierra al bajel de las emigraciones; pero multitud de obstáculos impedían el desarrollo de la civilización. La idea de patria no nacía; las divisiones territoriales eran casi las mismas que existen aún en algunos puntos y que duraron en Francia hasta la Revolución.

Tampoco se formó una confederación de los Estados feudales; algunos de ellos predominaron y afirmaron un poder superior a los poderes locales; de suerte que hubo un corto número de ducados y principados, con los cuales surgió la necesidad de leyes más amplias, de juicios más regulares, de impuestos, de un ejército y todas las instituciones de los Estados modernos. En la sociedad imperaban los sentimientos del pundonor, la fidelidad a la palabra empeñada y el desprecio a todo acto de felonía.


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Barroco: Sinopsis

Barroco: Características Generales



1. ASPECTOS HISTÓRICO-SOCIALES:


1.1. Pérdida de la hegemonía española (1621-1665).

1.2. Expansionismo francés.

1.3. Aparición de los “validos” (duque de Lerma y conde-duque de Olivares).

1.4. Diferencias sociales, epidemias, emigración a las ciudades: aparición de mendigos, malhechores, pícaros.


2. ASPECTOS RELIGIOSOS:


2.1. Contrarreforma aplicada a la política. Estado subordinado a la Iglesia.

2.2. El arte debe: “instruir y confirmar al pueblo, recordándole los artículos de la fe” (Dogma Católico).


3. ASPECTOS CULTURALES E IDEOLÓGICOS: son contradictorios:


3.1. Decadencia de lo científico, universitario (desconfianza de la Contrarreforma por lo novedoso).

3.2. Esplendor artístico y literario: Pintura: expresó ideas de la Contrarreforma y el esplendor de reyes y nobles. Literatura: se cultivó poesía, novela, especialmente el Teatro: propaganda política del poder.

3.3. Sentimiento de desengaño y pesimismo.

3.4. Tópicos:

3.4.1. Apariencia engañosa del mundo (“la vida es sueño”).

3.4.2. Decadencia del hombre y las cosas.

3.4.3. El mundo es una contradicción, una lucha de contrarios (“el hombre, lobo del hombre”).

3.4.4. La vida es breve (nacemos para morir).

3.4.5. La vida depende de la Fortuna (azar).


4. LA POESÍA:


Intensifica los recursos renacentistas. Tiene tres centros geográficos (en España):


4.1. Andalucía: culteranismo.

4.2. Aragón: se opone al culteranismo. Es “clásica”.

4.3. Madrid: Góngora, Lope de Vega y Quevedo:


5. LOS POETAS:


5.1. Góngora: petrarquista. Intensifica los rasgos cultos (culteranismo).

5.2. Lope de Vega: recursos y elementos petrarquistas junto con elementos del cancionero y la lírica tradicional. Se caracteriza por la sencillez y naturalidad.

5.3. Quevedo: conceptista (juegos de significados). Amor cortés y petrarquismo. Irónico.


6. TEMAS:


6.1. El amor satírico. El desengañó trae la desilusión: la realidad se envilece. Se muestra lo ridículo o lo degradante de la realidad.

6.2. La muerte. Vivir es ir muriendo. Pesimismo barroco. La muerte está ligada al desengaño y pesimismo. Se vuelve al siglo XV (Manrique) en oposición al vitalismo renacentista.

6.3. El tiempo. Es el protagonista. Todo lo destruye. Sus imágenes son: las ruinas, el reloj, las flores (por ejemplo: la rosa, el clavel).

6.4. La existencia:

6.4.1. La vida es sufrimiento: el dolor conduce a la nada.

6.4.2. La brevedad de la vida: “cuna y sepultura”, “ayer y hoy”.

6.4.3. Inconsistencia de la vida: la vida es frágil, una sombra, un sueño, parece nada.

6.4.4. Vivir es ir muriendo: desde que nacemos comenzamos a morir. La muerte es acabar de morir.

6.5. Búsqueda de consuelo:

6.5.1. En la religión católica: Quevedo, Lope de Vega.

6.5.2. En el estoicismo.

6.5.3. En los ideales horacianos: “Vida retirada” (“Beatus ille”).

6.5.4. En el epicureismo: “Carpe diem”.

6.5.5. En la trascendencia por los actos: poesía elegíaca.

6.6. La Naturaleza:

6.6.1. Vista como objeto de arte. La naturaleza debe imitar al arte:

6.6.2. Finalidad del paisaje: es el protagonista único, un fin en sí mismo.

6.6.3. Descripciones minuciosas. Abandono a los tópicos renacentistas.

6.6.4. Imágenes arquitectónicas: se busca eliminar la diferencia entre campo-ciudad.


7. MÉTRICA:


7.1. Sigue la renacentista: Endecasílabos, heptasílabos (soneto, octava real, silva, etc.).

7.2. Se incorpora lo popular: octosílabos, hexasílabos (coplas, redondillas, cuartetas, letrillas, romances).


8. ESTILO:


8.1. Ruptura del equilibrio renacentista. Buscan provocar admiración. Tiene dos estilos:

8.1.1 Culteranismo: busca la belleza formal, riqueza de ornamentación, persigue la oscuridad por medio de latinismos léxicos y sintácticos (hipérbaton), de perífrasis, de hipérboles, de alusiones clásicas (mitológicas).

8.1.2 Conceptismo: preocupación por el contenido. Busca significados profundos. Palabras cargadas con el mayor número de significados: juegos de palabras, anfibologías (ambigüedades), calambures (equívocos), antítesis, hipérboles.

8.1.3 Las imágenes siguen siendo las estereotipadas del Renacimiento: mejillas = rosas; dientes = perlas; ojos verdes = esmeraldas, etc. Sin embargo las metáforas son complicadas e imprevistas: Gruta o cueva = bostezo inmenso de la tierra; la pasión = un volcán, un Etna hecho, etc. En el Barroco todo es dinámico, vertiginoso; o sea, abandona el estatismo Renacentista.



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I.F.D. Borges

I.F.D. Borges
En la Escuela Normal funciona el Borges