domingo, 27 de diciembre de 2009

El Cantar de Roldán




En siete años Carlomagno ha conquistado toda España, salvo Zaragoza, ciudad que rige el rey moro Marsil, quien, incapaz de ahuyentar a los franceses, acepta el consejo del anciano Blancandrin; ofrece, a Carlomagno riquezas y tesoros para que se vuelva a Francia, y prometerle, engañosamente, que poco después el propio Marsil lo seguirá para hacerse cristiano: ello garantizado con la entrega de mujeres e hijos de los principales sarracenos como rehenes.
Blancadrin, al frente de una embajada, va al campamento de Carlomagno, que está en Cordres, y ante el emperador y sus principales caballeros expone lo que Marsil ha decidido. Roldán, sobrino de Carlomagno, rechaza la propuesta porque Marsil es un traidor que hizo decapitar a unos emisarios que el emperador le envió en son de paz, y exige que Zaragoza sea sitiada hasta que se rinda. Pero Ganelón, padrastro de Roldán, expone que hay que acceder a la proposición de Marsil, a lo que se adhiere el viejo duque Naimón. Se decide enviar un mensajero a Marsil para que concrete los tratos, misión que se sabe peligrosa y para la que se ofrecen Naimón, Roldán, su compañero Oliveros y el arzobispo Turpín, todos rechazados por Carlomagno; hasta que Roldán propone que lleve el mensaje su padrastro Ganelón, lo que encoleriza a éste, pero acepta y hace disposiciones sobre su familia por si no regresa. Carlomagno entrega a Ganelón el bastón y el guante, símbolos de su investidura como embajador; pero el último se le cae al ir a cogerlo, lo que se interpreta como un mal presagio.
En el camino hacia Zaragoza Ganelón imbuye en el ánimo de Blancandrín que mientras Roldán esté al lado de Carlomagno éste no dejará de atacar a Marsil, y ambos se juramentan y traman la muerte de Roldán.
En Zaragoza Ganelón expone a Marsil que Carlomagno acepta que se haga cristiano y que incluso le ofrece media España como feudo, si lo hace; pero si no se aviene a ello, será llevado a Francia y ejecutado. Estos términos provocan una situación violenta, porque han sido expuestos ante los sarracenos principales que rodeaban a Marsil; pero Blancandrín aconseja a su rey que hable con Ganelón privadamente. Una vez solos, Ganelón le propone que envíe ricos presentes u Carlomagno y rehenes para garantizar su lealtad; y así se volverá a Francia con sus huestes, en cuya retaguardia pondrá a Roldán, a Oliveros y a los dore pares, con veinte mil francos. Cuando el emperador haya cruzado el puerto de Sicera, los moros podrán caer sobre a retaguardia, y Roldán perderá la vida. De esta suerte la fuerza militar de Culomagno quedará destrozada, y Marsil, tranquilo. Varios sarracenos y la reina Bramimonda, esposa de Marsil, hacen ricos presentes a Ganelón; el cual regresa al campamento de Carlos con mulos cargados con el tesoro que Marsil ofrece al emperador. Ganelón explica que Marsil antes de un año irá a Francia para recibir el bautismo; y los franceses emprenden el regreso a su tierra. Por la noche Carlomagno tiene dos sueños que le pronostican desastres; y al día siguiente, cuando llegan a las inmediaciones de las grandes montañas (los Pirineos), pregunta a los suyos quién se hará cargo del mando de la retaguardia, y Ganelón se precipita a designar a su hijastro Roldán, lo que es aceptado por éste con insolencia. Roldán recibe del emperador el arco que simboliza su mandato militar, y se le unen los doce pares, que eligen a veinte mil caballeros para formar la retaguardia.
El grueso del ejército francés atraviesa los montes y llega hasta alcanzar Gascuña con la vista; y la retaguardia, mandada por Roldán, aún está en España, cuando Marsil reúne en Zaragoza un ejército de cuatrocientos mil hombres, mandado por doce pares sarracenos que proclaman sus bravatas contra Roldán y los franceses, a los que esperan atacar en Roncesvalles. Oliveros oye el estruendo, sube a una colina y ve a los sarracenos que se aproximan. Comprende que Ganelón los ha traicionado y pide a Roldán que haga sonar su olifante, o cuerno de guerra, para que lo oiga Carlomagno y acuda a socorrerlos. Roldán se niega u ello, porque sería una cobardía pedir socorro; y Oliveros, que insiste en la desproporción que hay entre sus fuerzas (veinte mil hombres) y las que se aprestan a atacarlos (cuatrocientos mil), no consigue convencerlo. Roldán prepara a los suyos para la batalla que se aproxima, los exhorta a resistir, y la retaguardia se interna en los angostos desfiladeros.
Ataca el primer escuadrón sarraceno, y en combates singulares los pares de Francia matan a los pares sarracenos, menos a uno (Margariz). El rey Marsil se acerca luego con veinte escuadrones, que producen gran mortandad entre los guerreros de Francia. Roldán, entonces, hace sonar el olifante, y al reprochárselo Oliveros, le dice que lo hace para que llegue Carlomagno cuando todos hayan muerto y pueda admirar su heroísmo. Éste, que ya estaba en Francia, oye el sonido del olifante de Roldán, comprende lo que está ocurriendo y se da cuenta de la traición de Ganelón. Lo hace prender y apalear, en espera de ser juzgado. Y toda la hueste francesa retrocede hacia Roncesvalles. Mientras tanto Roldán sigue combatiendo y mata a muchos sarracenos, lucha contra el rey Marsil, le corta la mano derecha y quita la vida a su hijo. Ataca un nuevo escuadrón sarraceno, mandado por el califa, tío de Marsil, llamado Marganices, el cual hiere mortalmente a Oliveros, que aún tiene ánimos para devolverle el golpe y matarlo y para seguir luchando, aunque pierde la vista y golpea a su amigo Roldán creyendo que es un enemigo. Roldán le habla afablemente; y poca después Oliveros muere, tras confesar sus pecados y pedir a Dios que bendiga a Cadomagno y a Roldán.
Roldán se ha desmayado de dolor por la muerte de Oliveros, y han muerto todos los franceses salvo el arzobispo Turpín y Gualter del Hura, que ha estado luchando separadamente en una posición elevada, donde ha perdido a todos sus hombres, y ahora acude a Roldán en demanda de socorro; y a pesar de estar gravemente herido lucha a su ludo y al del arzobispo. Los atacan ahora mil sarracenos, que matan a Gualter y hieren a Turpín, al que todavía quedan fueras para matar a más de cuatrocientos.
Roldán hace sonar de nuevo el olifante, y el esfuerzo le rompe las sienes. Cadomagno lo oye, se apresura y hace sonar los clarines de su hueste. Los sarracenos, al oírlo, dan un nuevo asalto a Roldán y a Turpín. y huyen precipitadamente por temor a la hueste francesa, que ya está muy cerca. Roldán acomoda al herido arzobispo sobre la hierba y va en busca de los cadáveres de los pares; los sitúa frente a Turpín, y éste les da su bendición y muere.
Viendo su muerte cercana, Roldán, ya ciego, intenta romper su espada Durendal para que no caiga en poder del enemigo, pero su hierro es tan fuerte que se hiende la dura piedra contra la que quiere quebrarla. Hace un elogio de ella, se echa de bruces y la esconde bajo su cuerpo; y tras hacer su confesión, con el rostro vuelto hacia España, ofrece su guante a Dios, que recoge San Gabriel, y muere.
Carlomagno llega a Roncesvalles, donde el terreno está cubierto de cadáveres, busca los de los doce pares y lamenta el gran desastre. Deja un destacamento que custodie a los muertos, y la hueste francesa emprende la persecución de los restos del ejército de Marsil. Como está u punto de anochecer, el emperador pide a Dios que el sol se pare para prolongar la claridad, y se obra el milagro. Los sarracenos, que huyen hacia Zaragoza, perseguidos muy de cerca, perecen muchos de ellos ahogados al vadear el Ebro y otros son alcanzados por las armas de los franceses. Carlomagno, al ver que los enemigos han muerto, da gracias a Dios y, como ya es muy tarde, acampa a orillas del Ebro; y por la noche tiene otros dos sueños premonitorios.
El rey Marsil, con la mano derecha cercenada por Roldán, logra llegar a Zaragoza; y su mujer la reina Bramimonda se conduele y maldice a Carlomagno y a los franceses. Los sarracenos de la ciudad increpan a sus ídolos, Apolín, Mahoma y Tervagán, y los destrozan.
Ocurrió siete años antes, cuando Carlomagno invadió España, que el rey Marsil de Zaragoza pidió socorro a su señor, el emir Baligán de Babilonia (El Cairo); y éste reunió una inmensa hueste de todos sus exóticos reinos y partió con una escuadra hacia España. Las naves paganas remontaron el curso del Ebro y llegaron a Zaragoza el mismo día en que Carlomagno había derrotado a Marsil. Éste cantó a Baligán las batallas de Roncesvalles y del Ebro, le rindió el debido homenaje y le pidió ayuda. Baligán se dispuso a combatir a los franceses, que aún estaban en España.
Carlomagno ha vuelto a Roncesvalles; allí los franceses van identificando y recogiendo los cadáveres de los suyos, y el emperador profiere un sentido planto ante el cuerpo de Roldán. Entierran a los más en una fosa, y Carlomagno dispone que los cadáveres de Roldán, de Oliveros y de Turpín sean llevados a Francia. Entonces le anuncian que se acerca la gran hueste de Baligán, y se dispone a la lucha.
Se describen los escuadrones de los franceses, con indicación de sus jefes, y luego, muy prolijamente, los escuadrones de los paganos de Baligan, mientras se dan detalles de la gran batalla, que acaba con un combate singular entre el emir y el emperador, y éste, animado por la aparición de San Gabriel, mata a Baligán.
Derrotado y muerto Baligán, Cadomagno entra en Zaragoza, destruye las sinagogas y las mahomerias y los ídolos y ahorca a todos los sarracenos que no quieren recibir el bautismo. La reina Bramimonda es destinada a ser llevada a Francia para convertirse allí por mora.
La hueste francesa llega finalmente a Francia. En Burdeos depositan el olifante en el altar de San Severino, y en San Román de Blaya los cadáveres de Roldán, de Oliveros y del arzobispo Turpín. Llegan a Aix (Aquisgrán), y Carlomagno envía a buscar hombres sabios del Imperio para que juzguen a Ganelón.
En Aix la hermosa Alda, hermana de Oliveros, pregunta a Carlomagno dónde esta Roldán, su novio. Le contesta que está muerto, pero que en compensación se casará con Ludovico, su hijo. Alda cae muerta u los pies del emperador.
Los barones del Imperio interrogan a Canelón, quien se defiende afirmando que él no ha cometido traición alguna, sino que se ha vengado de las injurias de su hijastro Roldán. Y, tras deliberar, los barones deciden que Ganelón sea absuelto y puesto en libertad.
Terrin de se presenta ante Carlomagno y se brinda a combatir contra quien le desmienta que Ganelón es un traidor. Pinabel de Sorenza, pariente de Ganelón, se ofrece para luchar contra Terrin. El emperador exige rehenes en prenda, y en esta calidad se comprometen treinta parientes de Ganelón. En un prado de Aix se celebra el combate singular entre Terrín y Pinabel, y aquél mata a éste. Son ahorcados los treinta parientes de Ganelón que se ofrecieron como rehenes, y el traidor es descuartizado por cuatro caballos a los que atan sus pies y sus manos.
La reina Bramimonda, bien adoctrinada con sermones y ejemplos, pide el cristianismo, es bautizada y se le impone el nombre de Juliana. Cuando, acabado todo. Carlomagno dormía en su cámara de Aix, se le apareció el ángel Gabriel y le ordenó, en nombre de Dios, que reuniera su hueste para ir a la tierra de Bira a socorrer al rey Iván. en Infa, que está sitiado por los paganos. El emperador, que no quisiera ir, se exclama, llora y se mesa las barbas. Y aquí acaba la gesta.


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